EL MULTIMILLONARIO RICARDO LANDA PENSÓ QUE TENÍA EL DIVORCIO GANADO AL ENTRAR AL TRIBUNAL CON SU AMANTE Y UNA SONRISA BURLONA,

LA JAULA DE ORO (QUE AHORA ERA DE HIERRO)

El Reclusorio Preventivo Varonil Norte es un lugar donde la esperanza muere en la entrada, justo donde te quitan las agujetas de los zapatos.

Ricardo Landa, vestido con un uniforme beige desgastado que le quedaba dos tallas grande, caminaba por el pasillo de ingreso. El olor era una mezcla de creolina, sudor rancio y comida podrida. Hacía frío. Mucho frío.

Lo habían puesto en la zona de Ingreso, en una celda de 3×3 metros que compartía con otros cinco hombres. No había camas, solo planchas de cemento. No había baño, solo un agujero en el suelo.

—Miren quién llegó —dijo uno de los compañeros de celda, un hombre tatuado hasta el cuello con la mirada vacía—. El de la tele. El millonario.

Ricardo se pegó a la pared, abrazándose a sí mismo.
—No quiero problemas —susurró.

—Nadie quiere problemas aquí, “ñero” —dijo otro, riéndose—. Pero los problemas llegan solos. Oye, ¿es cierto que tu vieja te chingó con el ADN?

Ricardo no respondió.
—Te estoy hablando, cabrón —el hombre se levantó y le dio un empujón.

—¡Déjame en paz! —gritó Ricardo, intentando mantener un gramo de dignidad—. ¡Mi abogado va a venir y me va a sacar de aquí en unas horas! ¡Y cuando salga, voy a hacer que los trasladen a un penal de máxima seguridad!

Los cinco hombres estallaron en carcajadas.
—Uy, qué miedo. El patrón se enojó. —El tatuado se acercó y le escupió en la cara—. Aquí no eres nadie, güerito. Aquí tu dinero no sirve si no lo tienes en la mano. Y por lo que dicen las noticias, estás más quebrado que nosotros.

Ricardo se limpió el escupitajo, temblando. Se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo sucio. Cerró los ojos y trató de imaginar que estaba en su oficina, que el olor era su café espresso y que el ruido eran las impresoras. Pero la realidad era ineludible.
Estaba en el infierno. Y él mismo había comprado el boleto de entrada.

A las 11:00 AM, lo sacaron para la audiencia. Lo llevaron a una sala de juicios orales a través de un túnel subterráneo. Lo pusieron detrás de un cristal blindado.
Del otro lado, vio a la fiscalía: tres abogados jóvenes y agresivos.
Vio a la parte acusadora: el abogado de Lang Tech.
Y vio a su defensor. No era Castañeda. No era ningún abogado famoso. Era un defensor de oficio, un hombre con cara de cansancio que revisaba el expediente cinco minutos antes de empezar.

—¿Dónde está mi equipo legal? —preguntó Ricardo por el micrófono.

El defensor de oficio ni lo miró.
—Renunciaron, señor Landa. Falta de pago. Y conflicto de intereses. Soy el Licenciado Gómez. Voy a llevar su caso. Le recomiendo que no hable a menos que yo se lo diga.

La audiencia fue una masacre.
El juez escuchó los cargos: desvío de 45 millones de pesos, evasión fiscal, falsificación de documentos. La evidencia era abrumadora. Las pruebas que Camila había recopilado (los recibos de las “consultorías” de Isa, los vuelos privados disfrazados de logística) eran irrefutables.

—Su Señoría —dijo Gómez, el defensor, sin mucha convicción—, solicitamos que mi cliente lleve el proceso en libertad. No tiene antecedentes penales.

—Objeción —dijo el fiscal—. El imputado no tiene domicilio fijo, sus cuentas están congeladas, y tiene doble nacionalidad (americana) lo que lo hace un riesgo de fuga inminente. Además, intentó sobornar a los oficiales que lo detuvieron.

El juez asintió.
—Se dicta auto de vinculación a proceso. Medida cautelar: Prisión preventiva justificada. Se otorgan tres meses para el cierre de la investigación complementaria. Llévenselo.

Ricardo golpeó el cristal.
—¡No! ¡No pueden dejarme aquí! ¡Soy inocente! ¡Fue ella! ¡Fue mi esposa! ¡Es una venganza!

Nadie le hizo caso. Los custodios lo arrastraron de vuelta al túnel. De vuelta a la oscuridad.

LA CONVERSACIÓN DIFÍCIL

Esa tarde, Camila recogió a Diego y Sofía del colegio.
El ambiente en el auto era tenso. Diego venía con la cabeza baja.

—Mamá —dijo Sofía—. En el recreo, unas niñas dijeron que mi papá está en la cárcel. ¿Es verdad?

Camila detuvo el auto en una calle tranquila de las Lomas, antes de llegar a la casa. Apagó el motor y se giró para verlos.
No iba a mentirles. Nunca más.

—Sí, amores. Es verdad.

Diego golpeó el asiento delantero con furia.
—¡Maldita sea! ¡Qué vergüenza! ¡Ahora somos los hijos del presidiario!

—Diego, mírame —dijo Camila, con voz autoritaria—. Ustedes no son hijos de un presidiario. Ustedes son hijos de Ricardo y de Camila. Lo que su papá hizo son decisiones de él. Errores de él. No de ustedes.

—¡Pero llevamos su apellido! —gritó Diego, llorando de rabia—. ¡Todos van a pensar que somos iguales!

—El apellido no hace a la persona, Diego. Tus acciones te hacen. —Camila respiró hondo—. Su papá cometió delitos. Tomó dinero que no era suyo. Y la ley es igual para todos, aunque tengas dinero. Él tiene que pagar por lo que hizo.

—¿Lo vamos a ir a ver? —preguntó Sofía, con voz chiquita.

Camila lo pensó un momento.
—No por ahora, Sofi. La cárcel no es un lugar para niños. Y creo que su papá necesita tiempo para pensar en lo que hizo sin público. Pero si él llama, y ustedes quieren hablar, pueden hacerlo. No se los voy a prohibir.

—Yo no quiero hablar con él —dijo Diego, cruzándose de brazos—. Nunca. Para mí está muerto.

—Es tu decisión, hijo. Y la respeto.

Camila volvió a arrancar el auto. Sabía que el camino de sanación de Diego sería largo. El ídolo había caído del pedestal y se había roto en mil pedazos, y esos pedazos cortaban.

VISITA CONYUGAL (SIN CÓNYUGE)

Dos semanas después.
Ricardo había perdido diez kilos. Tenía ojeras moradas y una barba descuidada. Había aprendido rápido las reglas de la cárcel: no mirar a nadie a los ojos, pagar por protección (con el poco dinero que su madre le depositaba) y mantener la boca cerrada.

Era día de visita.
Ricardo estaba sentado en el área común, mirando la puerta. Tenía la esperanza absurda, infantil, de que Camila entrara. Que entrara con su vestido azul, lo regañara, pero luego lo sacara de ahí. Ella siempre arreglaba sus problemas. Ella siempre encontraba las llaves cuando él las perdía.

La puerta se abrió.
Entró el Licenciado Benítez.

Ricardo sintió una decepción tan aguda que le dolió el pecho.
Benítez se sentó frente a él. No traía una sonrisa burlona. Traía una expresión seria, profesional.

—Hola, Ricardo.

—¿Dónde está ella? —preguntó Ricardo, con voz rasposa.

—Ella no va a venir, Ricardo. Ni hoy, ni nunca.

—Tiene que venir. Tenemos que hablar. Dile que lo siento. Dile que… que me equivoqué. Dile que Isa fue un error. Que la extraño.

Benítez sacó una carpeta.
—Ricardo, escúchame bien. Eso ya no importa. El daño está hecho. Y no hablo del daño emocional, que es irreparable. Hablo del daño legal.

Benítez abrió la carpeta.
—Vengo a traerte el convenio final de divorcio.

—No voy a firmar nada —dijo Ricardo—. Si no firmo, seguimos casados. Y ella tiene que ayudarme.

—Si no firmas —dijo Benítez con calma—, el juicio de divorcio incausado sigue su curso y el juez dictará sentencia en un mes de todos modos. Pero si no firmas este acuerdo de liquidación de sociedad conyugal, Camila no retirará los cargos particulares que tiene contra ti por el fraude al fideicomiso de los niños.

Ricardo palideció.
—¿Tiene cargos aparte?

—El fraude a la empresa es federal. Eso ya no está en nuestras manos. Pero el robo de los tres millones de pesos del fondo universitario de Diego y Sofía… eso es una demanda civil y penal privada. Si firmas esto, cediendo la patria potestad completa y renunciando a cualquier reclamo sobre la casa y los bienes remanentes, Camila retirará esa demanda específica. Te ahorras cinco años de cárcel extra.

Ricardo miró los papeles. Era su rendición total. Renunciaba a sus hijos. Renunciaba a su casa. Renunciaba a su vida.

—Ella me odia —susurró Ricardo.

—No, Ricardo —dijo Benítez, guardando su pluma—. Lo peor es que no te odia. Si te odiara, vendría a verte para escupirte. Camila ya no siente nada por ti. Eres indiferente para ella. Eres un extraño con el que comparte recuerdos, nada más. Ella ya te soltó. Ahora te toca a ti soltar.

Ricardo tomó la pluma. Sus manos temblaban.
Miró su firma. Esa firma que había valido millones de dólares en contratos internacionales. Ahora solo valía su libertad condicional (en un futuro lejano).

Firmó.
Lentamente, empujó los papeles hacia Benítez.

—Dile a mis hijos… —Ricardo se detuvo. Se le quebró la voz. Lloró. Lloró por primera vez en años, un llanto feo, ruidoso, sin glamour—. Dile a mis hijos que lo siento. Que papá se perdió.

Benítez asintió, guardando los documentos.
—Se los diré. Pero te sugiero que, cuando salgas de aquí, en unos años, intentes ser un hombre del que ellos no se avergüencen. Empieza de cero, Ricardo. Como cuando vivías en Iztapalapa. Quizás ahí encuentres al hombre que Camila amó alguna vez.

Benítez se levantó y se fue.
Ricardo se quedó solo en la mesa de metal.
Miró hacia el patio. El sol brillaba, pero no calentaba.
“Empezar de cero”.
No tenía dinero. No tenía familia. No tenía nombre.
Pero, curiosamente, al haber firmado ese papel, sintió un alivio minúsculo. Ya no tenía que fingir ser el Titán. El Titán estaba muerto.
Ahora solo era Ricardo, el recluso 4055. Y por primera vez en mucho tiempo, esa era la única verdad que tenía.

EPÍLOGO DEL CAPÍTULO: LA INAUGURACIÓN

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