EL MULTIMILLONARIO RICARDO LANDA PENSÓ QUE TENÍA EL DIVORCIO GANADO AL ENTRAR AL TRIBUNAL CON SU AMANTE Y UNA SONRISA BURLONA,

CAPÍTULO 4: El Reclusorio Norte y los Fantasmas de la Roma

La lluvia en la Ciudad de México tiene la capacidad de limpiar el smog, pero también de arrastrar toda la basura hacia las alcantarillas. Ricardo Landa, acurrucado en la banca de la Alameda Central, se sentía exactamente como eso: un desecho arrastrado por la corriente, atorado en una rejilla oxidada.

Habían pasado cuatro horas desde que Isa lo dejó. Cuatro horas de tiritar bajo su saco Zegna arruinado, cuatro horas de ver pasar patrullas con el miedo de un criminal novato. Ya no era el CEO. Era un vagabundo con ropa cara.

A las 2:00 AM, una luz cegadora le golpeó la cara.
—¡Oríllese, joven! —una voz distorsionada por un altavoz rompió su letargo.

Ricardo se cubrió los ojos. Una patrulla de la Secretaría de Seguridad Ciudadana se había detenido frente a él. Dos oficiales bajaron. Uno gordo, con el uniforme mal fajado, y otro más joven, con la mano en la macana.

—Aquí no se puede dormir, pareja —dijo el oficial mayor, alumbrándolo con una linterna—. Ándele, circule o nos lo llevamos por falta administrativa.

Ricardo intentó ponerse de pie, pero sus piernas estaban entumecidas.
—Oficial… oficial, soy Ricardo Landa —balbuceó, intentando sacar su cartera vacía para mostrar una identificación—. Soy empresario. Me robaron. Necesito ayuda.

El oficial joven se acercó y olió el aire.
—Huele a alcohol, mi comandante. Y trae el traje todo vomitado. Es un borrachito de oficina.

—¡No estoy borracho! —gritó Ricardo, y la desesperación hizo que su voz sonara agresiva—. ¡Soy Ricardo Landa! ¡Busquen mi nombre en Google, imbéciles!

El oficial mayor frunció el ceño. En la Ciudad de México, insultar a un policía es el camino más rápido al desastre.
—Ah, ¿muy salsa? ¿Nos está insultando a la autoridad? —El oficial lo agarró del brazo con fuerza innecesaria—. Vámonos al Cívico, por alterar el orden y faltas a la moral.

—¡Suélteme! ¡No saben con quién se meten! —Ricardo forcejeó. Fue un error.

En segundos, estaba con la cara contra el pavimento húmedo, con una rodilla en la espalda y las esposas cerrándose en sus muñecas con un clic metálico y doloroso.
—Tiene derecho a guardar silencio —se burló el oficial mientras lo levantaban a empujones—. Y a que se le baje la peda en la jaula.

Lo subieron a la parte trasera de la patrulla. El asiento era de plástico duro y olía a orines y desinfectante barato. Mientras la sirena aullaba y el auto arrancaba, Ricardo vio por la ventanilla enrejada cómo la Torre Latinoamericana se alejaba. La ciudad que él creía poseer ahora lo estaba masticando.

Pero el Juzgado Cívico fue solo la primera parada.
Al llegar a la delegación en Cuauhtémoc, mientras lo fichaban como “N.N.” (porque había perdido su INE en la carrera), el sistema arrojó una alerta roja en la pantalla de la computadora vieja del Ministerio Público.

El secretario, un hombre con cara de pocos amigos que comía una torta de tamal a las tres de la mañana, dejó de masticar.
—Oye, pareja —le dijo a los policías—. ¿Dijeron que este güey se llama Ricardo Landa?

—Eso dice el borracho.

El secretario tecleó algo rápido. Sus ojos se abrieron.
—No mames. Sí es. Hay una orden de aprehensión girada hace seis horas. Delitos financieros graves, fraude equiparado y administración fraudulenta. La Fiscalía de Delitos Financieros lo está buscando por cielo, mar y tierra.

Los policías se miraron entre ellos. Habían pescado un tiburón pensando que era un charal.
—¿Es el del chisme del ADN? —preguntó el joven.
—El mismo. El “Lord Cornudo”.

Ricardo, sentado en una banca de metal, escuchó todo. Sintió que el piso se abría.
—Quiero a mi abogado —dijo, con voz temblorosa—. Tengo derecho a una llamada.

El secretario se rió.
—Tiene derecho a guardar silencio, licenciado. Ahorita vienen los de la Policía de Investigación por usted. Se va directo al Reclusorio Norte. Vaya rezándole a su santo, porque ahí adentro no les caen bien los fresas que roban dinero.

EL RENACIMIENTO: COLONIA ROMA, 9:00 AM

Mientras Ricardo era trasladado en un convoy blindado hacia el norte de la ciudad, Camila Hartwell (ya no Landa) estaba parada en medio de una nube de polvo blanco.

—Señora Camila, la pared de carga está muy húmeda —dijo Don Chuy, el maestro albañil que estaba a cargo de la remodelación de la galería—. Vamos a tener que raspar todo y volver a enyesar. Eso nos va a retrasar dos días.

Camila se ajustó el cubrebocas y miró la pared.
—No importa, Don Chuy. Quiero que quede bien. Si tenemos que retrasar la inauguración, la retrasamos. No quiero parches. Quiero que los cimientos estén sanos.

“No quiero parches”. Esa era su nueva filosofía de vida. Durante años, había puesto parches en su matrimonio, sonriendo en las fotos, ignorando los mensajes, fingiendo que todo estaba bien. Ya no más. Ahora, si algo estaba podrido, se arrancaba de raíz.

Su teléfono sonó. Era Benítez.
Camila se sacudió el polvo de las manos y contestó.
—Dime, Horacio.

—Lo atraparon, Camila.

El mundo se detuvo por un segundo. El ruido de los taladros y los martillazos pareció desvanecerse.
—¿Dónde? —preguntó ella.

—En la Alameda. Dormía en una banca. Lo detuvieron por faltas administrativas, pero saltó la orden de aprehensión por el fraude a la empresa. Ya lo trasladaron al Reclusorio Norte. La audiencia inicial es a las 11:00 AM.

Camila cerró los ojos y exhaló. No sintió alegría. Sintió un peso enorme, como de plomo, cayendo de sus hombros. La amenaza física había desaparecido. Ricardo ya no podía ir a la casa a gritar. Ya no podía intentar llevarse a los niños. Estaba encerrado.

—¿Qué va a pasar ahora?

—El juez de control va a dictar prisión preventiva justificada. No tiene arraigo, no tiene domicilio (gracias al embargo), y tiene los medios (o los tenía) para fugarse. Se va a quedar adentro todo el juicio, Camila. Mínimo un año, tal vez dos, antes de la sentencia.

—¿Los niños tienen que saberlo?

—Se van a enterar, Camila. Ya está en las noticias: “Cae el Titán: Ricardo Landa arrestado como indigente en el centro”. Es mejor que se lo digas tú antes de que lo vean en TikTok.

—Gracias, Horacio. —Camila hizo una pausa—. ¿Él… preguntó por mí?

—Según el reporte del MP, gritó tu nombre cuando lo subían a la camioneta de traslado. Dijo que tú podías explicarlo todo.

Camila sintió una punzada de dolor antiguo, pero la aplastó rápido.
—No hay nada que explicar. Gracias, abogado.

Colgó. Miró la pared húmeda que Don Chuy estaba picando con un cincel.
—Don Chuy —dijo con voz firme—. Tírula. Tire toda la pared. Vamos a hacer un ventanal. Quiero que entre más luz.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.