EL MULTIMILLONARIO RICARDO LANDA PENSÓ QUE TENÍA EL DIVORCIO GANADO AL ENTRAR AL TRIBUNAL CON SU AMANTE Y UNA SONRISA BURLONA,

CAPÍTULO 3: El Crédito Denegado y el Renacimiento en La Roma

La mañana siguiente al juicio no amaneció; simplemente estalló. Para Ricardo Landa, el despertar fue una experiencia desorientadora. Abrió los ojos y no reconoció el techo. No era el estuco veneciano de su mansión en Las Lomas, ni el acabado industrial de su penthouse de soltero en Santa Fe. Era un techo blanco, genérico, con un detector de humo parpadeando una luz roja molesta.

Se incorporó de golpe, con la cabeza palpitando como si tuviera un taladro dentro. Estaba en una suite del Hotel St. Regis. Recordó vagamente haber llegado ahí la noche anterior, después de ser expulsado de su propia empresa, con una botella de whisky que había robado del minibar de la sala de juntas.

Buscó su teléfono en la mesa de noche. Estaba apagado. Al encenderlo, el dispositivo vibró ininterrumpidamente durante tres minutos completos. Cientos de notificaciones. WhatsApps de socios, correos de abogados, alertas de Google News.
Pero hubo una notificación que sobresalió entre todas. Una alerta de su aplicación bancaria: American Express Centurion: Tarjeta Bloqueada por orden judicial.

Ricardo sintió un frío en el estómago. “Debe ser un error”, pensó. “Benítez no es tan rápido”.

Se levantó, se duchó con agua helada para intentar quitarse el olor a fracaso y se vistió con la misma ropa del día anterior. No tenía equipaje. No tenía nada. Bajó al lobby con la intención de pedir un desayuno abundante antes de ir a gritarle a alguien.

El restaurante del hotel estaba lleno de ejecutivos desayunando. Ricardo notó cómo varias cabezas se giraban al verlo entrar. Ya no lo miraban con respeto o envidia. Lo miraban con esa curiosidad morbosa con la que se mira un accidente de tráfico en la carretera. Escuchó murmullos.
—Es él… el del ADN.
—Dicen que está en bancarrota.
—Qué vergüenza.

Ricardo apretó la mandíbula y se sentó en una mesa apartada. Pidió café negro y huevos benedictinos. Cuando terminó, pidió la cuenta.
—Cárguelo a la habitación 402 —dijo con su voz de mando habitual.

El mesero, un joven amable, regresó dos minutos después con una expresión de incomodidad profunda.
—Disculpe, Señor Landa. El sistema no nos permite cargar a la habitación. Al parecer, la tarjeta que dejó en garantía al hacer el check-in ha sido rechazada esta mañana.

—Imposible —Ricardo soltó una risa nerviosa—. Es una tarjeta sin límite. Inténtelo de nuevo.

—Ya lo intentamos tres veces, señor. Código 05: Denegar. Retener tarjeta.

Ricardo sintió que la sangre se le subía a la cara.
—Tenga —sacó su cartera de piel de cocodrilo y extrajo una Visa Platinum de otro banco—. Use esta.

El mesero se fue y regresó aún más rápido.
—Lo siento mucho, señor. También declinada. “Fondos congelados”.

El silencio en el restaurante se hizo más denso. La gente en las mesas cercanas había dejado de comer para observar el espectáculo. El gran Ricardo Landa, el hombre que salía en las portadas de revistas de negocios, no podía pagar unos huevos de trescientos pesos.

—Esto es ridículo —Ricardo se levantó, tirando la servilleta—. Es un error del banco. Voy a llamar ahora mismo.

—Señor —el gerente del restaurante apareció de la nada, bloqueándole el paso suavemente—. Entendemos que pueda haber un error administrativo, pero las políticas del hotel son estrictas. Necesitamos que liquide la cuenta del desayuno y la estancia de anoche antes de retirarse. Son dieciocho mil pesos.

Ricardo se buscó en los bolsillos. Sacó un billete de quinientos pesos arrugado y unas monedas. Era todo el efectivo que tenía. Siempre vivía a crédito, confiando en el plástico mágico que abría todas las puertas.
—No traigo efectivo. Déjeme ir a mi oficina y le mando un cheque.

El gerente negó con la cabeza, manteniendo la sonrisa profesional pero firme.
—Me temo que no podemos hacer eso. Si no puede pagar, tendremos que llamar a seguridad… y a la policía.

La palabra “policía” golpeó a Ricardo como una bofetada. ¿A él? ¿Arrestarlo por no pagar un desayuno?
Miró a su alrededor, buscando una cara amiga. Vio a Luis, un antiguo socio de Lang Tech, sentado dos mesas atrás.
—¡Luis! —llamó Ricardo—. Luis, hermano. Tengo un problema con las tarjetas. ¿Me puedes cubrir? Te lo transfiero en una hora.

Luis bajó la mirada a su plato de fruta. No respondió. No se movió. Simplemente fingió que Ricardo no existía. Era la muerte social en directo.

Finalmente, Ricardo tuvo que hacer lo impensable. Se quitó el reloj de la muñeca. Un Patek Philippe Nautilus de oro rosa, valorado en más de cien mil dólares.
—Tome —se lo extendió al gerente—. Esto vale más que todo su miserable hotel. Quédese con él como garantía.

El gerente miró el reloj, luego miró a Ricardo con lástima.
—Señor, no somos una casa de empeño. Pero… aceptaré esto como depósito temporal hasta las 2:00 PM. Si no regresa con el dinero, llamaremos a las autoridades.

Ricardo salió del hotel corriendo, sin mirar atrás, sintiendo la muñeca desnuda y ligera. Sin reloj, sin dinero, sin dignidad. Salió a Paseo de la Reforma y el sol le quemó los ojos. Por primera vez en su vida adulta, tuvo que caminar. Caminar entre la gente común, entre los oficinistas que iban a sus trabajos, entre el ruido y el smog.
Se dirigió a su departamento de “soltero” en Polanco, el lugar donde se había refugiado con Isa tantas veces. Ahí tenía una caja fuerte con efectivo. Dólares, euros, centenarios. Su fondo de emergencia.

Llegó al edificio de lujo en la calle Tres Picos. El conserje, Don Beto, que siempre lo saludaba con una reverencia, esta vez se interpuso en la puerta de cristal.

—Buenos días, Don Beto. Ábrame —ordenó Ricardo, jadeando por la caminata.

—Lo siento, Ingeniero Landa. No puedo dejarlo pasar.

—¿De qué hablas? ¡Es mi departamento! ¡Soy el dueño del penthouse!

—Era, ingeniero —Don Beto señaló un papel pegado en el cristal de la puerta. Un sello oficial de la Fiscalía General de Justicia y del SAT—. Vinieron hoy a las seis de la mañana. Embargo precautorio. Cambiaron las cerraduras y pusieron sellos. Dijeron que nadie entra, ni usted. Especialmente usted.

Ricardo leyó el papel. “Aseguramiento de Inmueble. Causa Penal: Fraude Genérico y Administración Fraudulenta. Denunciante: Lang Tech Solutions y Fideicomiso Familiar Landa“.
Camila. Y Eugenio. Se habían aliado. Lo habían cazado como a un animal.

Ricardo golpeó el cristal con el puño.
—¡Mis cosas! ¡Mi ropa! ¡Mi dinero!

—Lo siento, ingeniero. Si sigue gritando, los vecinos se van a quejar y tendré que llamar a la patrulla.

Ricardo retrocedió. Estaba acorralado en la calle más cara de México, sin un peso en la bolsa. Se sentó en la banqueta, junto a una jardinera perfectamente podada. Sacó su teléfono. Tenía que llamar a alguien. A quien fuera.
Marcó el número de Isa. Sabía que era patético, pero tal vez ella tenía algo de efectivo que él le había dado.

—El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio.

Isa había cambiado de número. Por supuesto. Las ratas son las primeras en abandonar el barco.

Mientras Ricardo vivía su descenso a los infiernos en Polanco, Camila caminaba por una calle arbolada de la colonia Roma Norte, a diez kilómetros de distancia, pero en una realidad completamente diferente.

El aire olía a café tostado y a pan recién horneado. Camila llevaba unos jeans, tenis blancos y una camisa de lino. Se sentía ligera. Había dormido ocho horas seguidas por primera vez en años.

Se detuvo frente a una casona antigua, de estilo afrancesado, con la pintura un poco desgastada pero con una estructura magnífica. Grandes ventanales, techos altos, balcones de herrería.
En la fachada había un letrero pequeño y discreto: “Se Renta”.

Camila sacó unas llaves de su bolso. No las había rentado ese día. Había rentado el lugar hacía tres meses, en secreto, usando el dinero que le había heredado su abuela y que Ricardo nunca pudo tocar porque estaba en una cuenta mancomunada con su madre.

Abrió la puerta de madera pesada y entró.
El espacio estaba vacío, lleno de polvo y luz. El sol entraba a raudales, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Olía a madera vieja y a trementina.

—Hola —dijo Camila a la nada. Su voz resonó en las paredes vacías.

Este iba a ser su refugio. No, no un refugio. Su trinchera.
“Galería Hartwell”. Usaría su apellido de soltera. Camila Hartwell. La experta en arte que había dejado su carrera prometedora para criar a los hijos de un hombre que no la merecía.

Sacó su teléfono y marcó un número.
—¿Javier? Hola, soy Camila… Sí, Camila Hartwell. Estoy lista. Sí, ya tengo el espacio. Quiero empezar la remodelación el lunes. No, nada lujoso. Quiero paredes blancas, luz perfecta y piso de madera pulida. Quiero que el arte hable, no la decoración.

Colgó y caminó por el espacio, imaginando los cuadros. No quería traer a los artistas de moda que Ricardo compraba solo para presumir precios. Quería traer artistas reales. Mujeres olvidadas, jóvenes talentos de Oaxaca, escultores que trabajaban con basura reciclada. Arte con dolor, con historia. Arte como su vida.

Su teléfono sonó de nuevo. Era Benítez.
—Camila, buenos días. ¿Cómo amaneciste?

—Muy bien, Horacio. ¿Novedades?

—Varias. Y muy efectivas —la voz de Benítez sonaba complacida—. El embargo se ejecutó a la perfección. Ricardo intentó pagar su desayuno con el reloj en el St. Regis. Me llamó el gerente para confirmar si el reloj también estaba embargado. Le dije que técnicamente es un bien mueble sujeto a la sociedad conyugal, así que lo retuvieron.

Camila soltó una pequeña risa. No de crueldad, sino de incredulidad.
—¿Está en la calle?

—Técnicamente, sí. Sus cuentas personales están en cero. Las de la empresa están bloqueadas para él. Y tengo noticias de la Fiscalía. La denuncia por administración fraudulenta que interpuso el Consejo de Lang Tech avanza rápido. Parece que Ricardo no era muy listo ocultando sus huellas. Usó la IP de su casa para hacer transferencias a las cuentas de Isa.

—Qué torpe —murmuró Camila.

—La arrogancia vuelve torpe a la gente inteligente, Camila. Creen que nadie se atreverá a revisarlos. En fin, te llamo para decirte que es probable que intenten contactarte. Él, o algún abogado de oficio si es que no consigue uno privado. Mi recomendación: no contestes. Todo a través de mí.

—No te preocupes, Horacio. No tengo nada que decirle.

Colgó. Se quedó un momento mirando el teléfono.
Una parte de ella, la parte que lo había amado durante quince años, sentía una punzada de lástima. Recordaba al Ricardo joven, al que tenía miedo de fracasar. Ahora ese miedo se había hecho realidad.
Pero luego recordó a Bella preguntando si ella seguía siendo la favorita de papá. Recordó a Ricardo entrando al tribunal con Isa, riéndose.
La lástima se evaporó.

Camila salió de la casona y cerró la puerta con doble llave. Caminó hacia una cafetería cercana, se sentó en una mesa al exterior y pidió un capuchino. Sacó su libreta y empezó a dibujar el plano de la galería.
“Exposición Inaugural: Lo que queda después del fuego“.
Sería un éxito. Lo sabía.

Mientras tanto, la situación de Ricardo pasaba de desesperada a humillante.
Después de ser rechazado en su edificio, intentó ir a casa de su madre, en la colonia Del Valle. Su madre, Doña Tere, era una mujer sencilla que nunca había entendido del todo el mundo de su hijo, pero que lo adoraba.

Llegó en taxi (había conseguido que un taxista lo llevara prometiéndole pagarle al llegar, una mentira más). Al llegar a la casa pequeña y acogedora donde creció, vio un auto estacionado afuera.
La camioneta de Camila.

Ricardo se congeló. ¿Qué hacía ella ahí?
Se acercó sigilosamente a la ventana de la sala.
Ahí estaba Camila, sentada en el sofá con Doña Tere. Ambas tomaban café. Doña Tere estaba llorando, y Camila le sostenía la mano con ternura.

Ricardo aguzó el oído.
—…lo siento mucho, Tere. Yo no quería que te enteraras por la televisión —decía Camila.

—Ay, mija —sollozaba su madre—. Yo siempre supe que ese dinero lo estaba cambiando. Se volvió duro. Se olvidó de dónde venía. Pero negar a sus hijos… eso no tiene perdón de Dios. Esos niños son mis nietos.

—Y siempre lo serán, Tere. Usted siempre será su abuela. Ricardo puede dejar de ser mi esposo, pero usted nunca dejará de ser mi familia. Le prometo que no le va a faltar nada. Yo me voy a encargar de sus medicinas y de la casa.

—Gracias, hija. Eres un ángel. No sé qué bicho le picó a mi hijo.

Ricardo sintió una puñalada en el pecho más dolorosa que el embargo. Su madre. Su propia madre estaba del lado de Camila. Ni siquiera lo defendía.
Quiso entrar, quiso gritar, decirles que era un malentendido. Pero se vio reflejado en el vidrio de la ventana.
Vio a un hombre sudoroso, despeinado, con el traje manchado de café, con los ojos desorbitados. Parecía un vagabundo. Parecía su padre cuando llegaba borracho hace treinta años.

El terror lo paralizó. Se había convertido en lo que más odiaba.
No tuvo el valor de tocar el timbre.
Se dio la vuelta y corrió. Corrió hasta que le faltó el aire.

ESCENA FINAL DEL CAPÍTULO: EL ENCUENTRO INESPERADO

La noche cayó sobre la Ciudad de México. Ricardo terminó sentado en una banca de la Alameda Central, en el centro de la ciudad. Era un lugar democrático, donde se mezclaban turistas, enamorados y gente sin hogar. Ricardo encajaba peligrosamente bien en la última categoría.

Tenía hambre. Mucha hambre. No había comido nada desde el desayuno fallido.
Vio un puesto de esquites. El olor a elote, epazote y mayonesa le revolvió el estómago de antojo. Se acercó.
—¿Cuánto cuesta un vaso? —preguntó.
—Treinta pesos, joven —dijo la señora.

Ricardo buscó en sus bolsillos. Tenía veinticinco pesos en monedas.
—Solo tengo veinticinco. ¿Me lo das así?
La señora lo miró. Vio el traje caro pero sucio. Vio la desesperación.
—Ándele pues. Pero sin queso.

Ricardo tomó el vaso caliente. El primer bocado le supo a gloria. Se sentó en la banca de nuevo, comiendo con ansiedad.
De repente, sintió una presencia frente a él. Alguien estaba parado, bloqueándole la vista de la Torre Latinoamericana.

Levantó la vista.
Era Isa.

Pero no era la Isa glamurosa del tribunal. Llevaba unos jeans rotos (no de diseño), una sudadera gris enorme y el cabello recogido en una coleta mal hecha. No llevaba maquillaje y se le veían ojeras profundas.
Se miraron en silencio. Dos náufragos en la misma isla desierta.

—Te ves de la mierda, Ricardo —dijo Isa, con voz ronca.

—Tú tampoco te ves muy bien, Isa —respondió él, limpiándose un grano de elote de la comisura de los labios.

Isa se sentó en el otro extremo de la banca, manteniendo distancia.
—Javi no me dejó entrar a su casa. Me dijo que si el bebé no era suyo, me mataba. Y si era suyo, no tenía con qué mantenerlo. Estoy durmiendo en un hostal de mala muerte aquí cerca.

—Me embargaron todo —dijo Ricardo, mirando su vaso vacío—. No tengo ni para un taxi.

—Lo sé. Lo vi en Twitter. Eres el hazmerreír nacional.

Se quedaron callados unos minutos, viendo pasar a la gente. La ironía era brutal. Hacía 48 horas estaban planeando viajes a Europa y compras en Chanel. Ahora compartían una banca en la Alameda.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Isa de repente, con lágrimas en los ojos—. Que Camila tenía razón.

Ricardo giró la cabeza.
—¿De qué hablas?

—Ella me lo advirtió una vez. Hace un año, en una fiesta. Me la encontré en el baño. Yo pensé que me iba a gritar. Pero solo me miró y me dijo: “Ten cuidado con lo que deseas, niña. Ricardo es un hombre que ama el brillo, pero cuando el brillo se apaga, no sabe qué hacer con la oscuridad”.

Isa se limpió una lágrima.
—Yo quería tu brillo, Ricardo. Quería tu dinero, tus viajes, tu poder. Pero ahora que estás apagado… eres un hombre muy pequeño. Y yo soy una estúpida por haber creído que eras un premio.

Ricardo sintió la ira subir de nuevo.
—Yo te hice, Isa. Tú no eras nadie antes de mí.

—Y no soy nadie ahora —replicó ella—. Pero al menos yo sé que soy una interesada. Tú… tú te creías un dios. Y mira dónde estás. Comiendo esquites fiados.

Isa se levantó.
—Me voy. Voy a ir a casa de mis papás en Toluca. Voy a decirles la verdad. Que la cagué. Que estoy embarazada de un instructor de gym y que perdí dos años de mi vida con un viejo ridículo. Prefiero su regaño que tu compañía.

—¡Espera! —Ricardo se levantó—. ¿Te vas? ¿Me vas a dejar aquí? ¡Tengo frío! ¡No tengo a dónde ir!

Isa lo miró con una frialdad que le recordó dolorosamente a Camila.
—Pues llama a tu esposa, Ricardo. Ah, no, espera… ella ya no es tu esposa. Suerte con eso.

Isa se dio la media vuelta y caminó hacia la estación del metro Bellas Artes, perdiéndose entre la multitud.
Ricardo se quedó solo de nuevo.
Empezó a llover. Una lluvia fría, típica de la Ciudad de México, que calaba hasta los huesos.
Ricardo Landa se cubrió con su saco manchado de café, se acurrucó en la banca y cerró los ojos, deseando con todas sus fuerzas despertar en su cama de Las Lomas.
Pero sabía que ese despertar nunca llegaría. La pesadilla era real. Y apenas estaba comenzando

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