PARTE 2: EL DERRUMBE
CAPÍTULO 3: El Juicio de la Opinión Pública y la Junta de los Lobos
La salida del Tribunal Superior de Justicia no fue una retirada; fue una carnicería mediática. Si Ricardo Landa pensó que la seguridad del edificio podría contener a la prensa, subestimó el hambre de escándalo de la Ciudad de México.
Apenas puso un pie en la escalinata exterior, el mundo se le vino encima. No eran solo reporteros; eran tiktokers, youtubers de chismes, y gente común que pasaba por ahí y se detenía al reconocer el caos. Los flashes no cesaban, cegándolo, desorientándolo.
—¡Ricardo! ¿Es cierto que el hijo es del instructor del gimnasio?
—¡Señor Landa! ¿Qué opina de los memes que lo comparan con Soraya Montenegro?
—¡Asesino de familias! —gritó una señora que vendía dulces en la banqueta, agitando una bolsa de papas fritas como si fuera un arma.
Ricardo intentó mantener la compostura. Se ajustó el saco, levantó la barbilla y buscó con la mirada su camioneta blindada. Pero la camioneta estaba bloqueada por un mar de gente. Su chofer, Beto, un ex militar leal, tocaba el claxon desesperadamente, pero nadie se movía.
—¡Muévanse, maldita sea! —gritó Ricardo, perdiendo por un segundo la máscara de frialdad—. ¡Beto, avanza!
—No puedo, jefe. Hay demasiada gente —se escuchó la voz de Beto por el auricular, tensa.
En ese momento, un vaso de café —probablemente un latte frío y pegajoso de alguna tienda de conveniencia— voló desde la multitud y aterrizó directamente en la solapa inmaculada de su traje Zegna de tres mil dólares. El líquido marrón manchó la seda gris y salpicó su camisa blanca.
El “Titán de la Tecnología” se quedó paralizado. Miró la mancha. Luego miró a la multitud. Se estaban riendo. No le temían. No lo admiraban. Se reían de él. En México, el poder te protege de la ley, pero nada te protege de la burla. Ser un corrupto es tolerable; ser un “cornudo” público que trató de humillar a una madre, es imperdonable.
Los guardaespaldas finalmente lograron abrir una brecha a empujones. Ricardo se metió en la camioneta como una rata huyendo de un naufragio. Cerró la puerta y el silencio hermético del vehículo blindado lo envolvió, pero el ruido en su cabeza era ensordecedor.
—A la oficina —ordenó, quitándose el saco manchado con asco y tirándolo al suelo—. Llévame a la torre en Reforma. Ahora.
Isa Monroe no subió a la camioneta. Ricardo ni siquiera se preocupó por ver dónde estaba. En su mente, ella ya no existía. Era un error de cálculo, un activo tóxico que había sido liquidado.
Mientras la camioneta de Ricardo luchaba por cruzar el tráfico de Avenida Juárez, en un ático de Lomas de Chapultepec, Camila entraba a su casa.
La casa estaba en silencio. Era una mansión moderna, de concreto y cristal, diseñada por un arquitecto de renombre que odiaba las cortinas. Siempre le había parecido fría, un museo más que un hogar. Pero hoy, al cerrar la puerta pesada de madera cumarú, sintió que el edificio exhalaba.
—¿Señora? —Era Magda, la ama de llaves, que llevaba con ellos diez años. Magda tenía los ojos rojos. Había estado llorando.
—Hola, Magda —dijo Camila, dejando su bolso en la entrada. Se sentía exhausta, como si hubiera corrido un maratón con tacones—. ¿Están los niños?
—Sí, señora. Llegaron del colegio hace una hora. El joven Diego está en su cuarto encerrado. La niña Sofi está en el jardín, con los perros.
Camila asintió.
—¿Vieron… vieron las noticias?
Magda bajó la mirada y se retorció el delantal.
—Señora, el joven Diego tiene iPad. En el colegio… bueno, usted sabe cómo son los chamacos. Parece que todo el mundo lo vio en el recreo.
El corazón de Camila se encogió. Esa era la parte que más temía. Podía lidiar con Ricardo, podía lidiar con los abogados, pero el dolor de sus hijos era un territorio minado.
—Gracias, Magda. Prepárales algo de comer, por favor. Unas milanesas con puré, lo que les gusta. Yo voy a hablar con ellos.
Camila subió las escaleras flotantes. Pasó por el cuarto principal, la habitación que había compartido con Ricardo. La puerta estaba abierta. Vio la cama king size, las mesas de noche minimalistas. Entró y, con una calma metódica, tomó las almohadas del lado de Ricardo y las tiró al suelo. Luego fue al vestidor. Vio las filas de trajes, los zapatos perfectamente alineados.
Mañana quemaría todo eso. O lo donaría. O simplemente dejaría que los abogados se lo enviaran en cajas. Pero hoy, necesitaba purgar el aire.
Fue primero al cuarto de Diego. Tocó suavemente.
—¿Diego? Soy mamá.
No hubo respuesta. Camila giró la perilla y entró.
La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por el resplandor de una pantalla de computadora gamer. Diego, de catorce años, estaba sentado en su silla, con los audífonos puestos alrededor del cuello, mirando la pantalla.
Camila se acercó. En el monitor no había un videojuego. Había Twitter.
El trending topic #ElHijoDelGym estaba en primer lugar. Había memes de Ricardo con cuernos de alce. Había fotos de Diego y Sofía con barras negras en los ojos, pero claramente reconocibles, bajo titulares sensacionalistas: “¿Herederos o Víctimas?”.
—Diego, apaga eso —dijo Camila con suavidad, pero con firmeza.
Diego se giró. Tenía la cara hinchada. La adolescencia ya era difícil de por sí, con las hormonas y la inseguridad, como para sumarle un escándalo nacional.
—¿Es verdad? —preguntó Diego. Su voz se quebró—. ¿Papá dijo que no éramos sus hijos?
Camila sintió que se le rompía el alma. Se sentó en el borde de la cama, junto a él.
—Tu papá… tu papá estaba enojado, mi amor. Y cuando la gente está enojada y tiene miedo, dice cosas estúpidas y crueles.
—No fue “enojado”, mamá —Diego señaló la pantalla—. ¡Pidió una prueba de ADN! ¡Dijo que yo no me parecía a él! ¡Mis amigos me mandaron el video donde el juez lo lee! Dicen que mi papá es un imbécil.
Camila tomó las manos de su hijo. Estaban frías.
—Escúchame bien, Diego. Tu papá cometió un error terrible. Un error que va a tener que pagar el resto de su vida. Pero la prueba salió positiva. Eres su hijo. Tienes su sangre, tienes su inteligencia… pero tienes mi corazón. Y eso es lo que importa. Tú no eres él. Tú eres tú.
—Lo odio —susurró Diego, con una rabia que asustó a Camila—. Ojalá no fuera mi papá. Ojalá fuera el del gimnasio, o quien sea. Me da vergüenza.
—No digas eso —Camila lo abrazó fuerte, dejando que él llorara contra su hombro—. Está bien estar enojado. Tienes derecho a estar furioso. Pero no dejes que la vergüenza de él se convierta en tuya. Él es el que falló. Nosotros no hicimos nada malo. Nosotros ganamos hoy, Diego. La verdad ganó.
Se quedaron así unos minutos, madre e hijo, en la penumbra de una habitación llena de posters de superhéroes, mientras afuera el mundo digital destrozaba a su familia.
Mientras tanto, en el piso 45 de la Torre Reforma, la atmósfera era gélida, a pesar de que el aire acondicionado estaba apagado por un fallo en el sistema inteligente del edificio.
Ricardo entró a la sala de juntas de Lang Tech. Esperaba encontrar a su equipo de crisis: abogados, publicistas, gente a la que él pagaba para limpiar sus desastres.
En su lugar, encontró al Consejo de Administración en pleno.
Sentado en la cabecera, en la silla que solía ocupar Ricardo, estaba Don Eugenio Garza, el inversionista principal, un regiomontano de setenta años con fama de ser tan duro como el acero de sus fundidoras. A su lado estaban los representantes de los fondos de inversión de Nueva York y Londres, conectados vía Zoom en la pantalla gigante de la pared.
—Ricardo —dijo Don Eugenio, sin levantarse. Su voz era grave, seca—. Llegas tarde. Y hueles a café barato.
Ricardo se detuvo en seco.
—Eugenio. ¿Qué hacen todos aquí? No convoqué a junta.
—Nosotros la convocamos —dijo una mujer de traje gris, Laura Méndez, representante del fondo BlackRock en México—. De acuerdo con los estatutos de la empresa, Artículo 45, inciso B: “El Consejo puede sesionar de emergencia si las acciones del CEO comprometen la viabilidad financiera o reputacional de la compañía”.
Ricardo soltó una risa nerviosa y caminó hacia una silla vacía.
—Por favor. ¿Viabilidad reputacional? Es un divorcio, señores. Un asunto personal. Mañana habrá otra noticia y esto se olvidará. Las acciones subirán en cuanto anuncie el nuevo software de ciberseguridad la próxima semana.
—Las acciones han caído un 18% en tres horas, Ricardo —interrumpió Don Eugenio, golpeando la mesa con un bolígrafo de oro—. ¡Dieciocho por ciento! Hemos perdido cuatrocientos millones de dólares de capitalización de mercado mientras tú jugabas a la telenovela en el tribunal.
—¡Es una corrección temporal! —gritó Ricardo, golpeando la mesa también—. ¡Yo soy esta empresa! ¡Yo escribí el código base! ¡Sin mí, Lang Tech no es nada!
Don Eugenio se puso de pie lentamente. Era un hombre alto, imponente.
—Tú escribiste el código hace diez años, Ricardo. Desde entonces, lo único que has hecho es gastar dinero corporativo en viajes, “asesorías de imagen” para tus amantes y escándalos. Hemos revisado los libros, Ricardo.
Esa frase congeló la sangre de Ricardo.
—¿Qué libros?
—Los que tu esposa, o su abogado, nos hicieron llegar hace una hora —dijo Laura Méndez, deslizando una carpeta negra por la mesa hacia él—. Parece que la Señora Camila no solo estaba investigando tu ADN. Estaba rastreando el dinero.
Ricardo abrió la carpeta. Sus manos temblaban tanto que casi se le caen los papeles.
Ahí estaba. Todo.
Las transferencias a las LLC fantasmas en Panamá.
Los pagos mensuales de $150,000 pesos a “Consultora Monroe S.A. de C.V.” por servicios inexistentes.
La compra del departamento en Miami a nombre de una sociedad donde Isa era la beneficiaria.
El desvío de fondos del proyecto “Ciberseguridad Nacional” para pagar sus deudas de juego en Las Vegas (un vicio que nadie conocía, excepto Camila).
—Esto… esto tiene explicación —balbuceó Ricardo.
—Sí, se llama desfalco. Se llama administración fraudulenta —dijo Don Eugenio con asco—. Y en Estados Unidos, donde cotizamos en bolsa, se llama delito federal.
Ricardo sintió que las piernas le fallaban. Se dejó caer en la silla.
—No pueden hacerme esto. Soy el fundador.
—Eras el fundador —corrigió Don Eugenio—. La Junta ha votado hace diez minutos. Hemos decidido activar la cláusula de moralidad de tu contrato. Estás despedido, Ricardo.
—¿Despedido? —Ricardo parpadeó, incapaz de procesar la palabra—. ¡No pueden despedirme! ¡Tengo el 40% de las acciones con voto!
—Teníamos un acuerdo con los accionistas minoritarios —dijo Laura—. Y tu esposa… bueno, tu futura ex esposa, controla una parte significativa de las acciones preferentes a través del fideicomiso familiar. Su abogado nos llamó. Ella votó a favor de tu remoción.
Camila. Otra vez Camila. Ella no solo le había quitado a sus hijos y su dignidad. Le estaba quitando su corona.
—Tienes una hora para sacar tus cosas de la oficina —dijo Don Eugenio, mirando su reloj Rolex—. Y te sugiero que contrates a un buen abogado penalista, Ricardo. Porque la auditoría forense empieza mañana, y si encontramos un peso más fuera de lugar, te vamos a demandar hasta que no tengas ni para el metro.
Ricardo se quedó sentado en la sala de juntas, solo, mientras los miembros del consejo salían uno por uno. Nadie le dio la mano. Nadie lo miró a los ojos. En la pantalla de Zoom, las conexiones se cortaron dejando la pantalla negra.
Miró por el ventanal de piso a techo. La Ciudad de México se extendía a sus pies, gris, inmensa, indiferente. Hace unas horas, él sentía que la ciudad era suya. Ahora, la ciudad parecía un monstruo listo para devorarlo.
Lejos de los rascacielos, en un hotel boutique en la colonia Roma que solía ser “chic” y ahora le parecía una prisión, Isa Monroe intentaba salvar su vida.
Estaba sentada en la cama, con el maquillaje corrido y el vestido rojo arrugado. Su teléfono tenía 3% de batería. Había intentado llamar a Ricardo veinte veces. Todas directo a buzón.
Había intentado usar sus tarjetas de crédito para pedir servicio a la habitación (una botella de vodka, necesitaba olvidar). Rechazada. Rechazada. Rechazada.
Ricardo le había cancelado las extensiones de la American Express antes incluso de salir del tribunal.
—Maldito tacaño —sollozó Isa, tirando el teléfono a la cama.
Su única opción era Javi. El padre del bebé.
Javi no tenía dinero, pero al menos tenía un departamento en la colonia Del Valle. Podía esconderse ahí hasta que pasara la tormenta. Podía vender la exclusiva de su historia a alguna revista barata, decir que fue víctima de Ricardo, y empezar de nuevo.
Conectó el teléfono al cargador y marcó el número de Javi.
Un tono. Dos tonos.
—¿Bueno? —La voz de Javi sonaba lejana, y había ruido de gimnasio de fondo. Música electrónica y pesas golpeando el suelo.
—¡Javi! Soy yo, Isa. Bebé, tienes que ayudarme. Todo salió mal. Ricardo… esa vieja loca tenía pruebas. Saben lo del bebé.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Ya sé, Isa. Todo el mundo lo sabe. Eres trending topic. Te dicen “Lady Cuernos”.
—No me importa lo que digan esos nacos. Escúchame, necesito ir a tu depa. Ricardo me bloqueó las tarjetas. No tengo a dónde ir. Y… bueno, al final es tu hijo, ¿no? Vamos a ser una familia, como dijimos una vez.
Javi soltó una risa cruel.
—¿Familia? Isa, no mames. Tú me dijiste que te ibas a quedar con el millonario y que yo solo era un “desliz”. Me dijiste que si el bebé nacía güerito, nadie se iba a dar cuenta.
—¡Estaba confundida! Javi, por favor. Estoy sola.
—Pues quédate sola. No vengas a mi casa. Mi novia vio las noticias y si te ve, te mata. Y otra cosa, Isa… —El tono de Javi se volvió serio—. Si intentas pedirme pensión alimenticia, voy a pedir una prueba de ADN yo también. Capaz y tampoco es mío. Con lo “sociable” que eres.
Javi colgó.
Isa miró el teléfono como si fuera un objeto alienígena.
Estaba sola.
Tenía un vestido de diseñador, un bolso Prada y un embarazo de cuatro meses. Y cero pesos en la cuenta.
Entró a Instagram. Su cuenta, su preciada cuenta con 50 mil seguidores, estaba inundada de comentarios de odio. Emojis de serpientes, de payasos, de vómito.
“Destruye hogares”
“Interesada”
“Karma”
Isa sintió un ataque de pánico. No podía respirar. Corrió al baño del hotel y se miró al espejo. La mujer que le devolvía la mirada ya no era la reina de Polanco. Era una niña asustada que había jugado a ser grande y se había quemado con el fuego.
De vuelta en la mansión de Las Lomas, la noche había caído.
Sofía, la hija menor de doce años, estaba sentada en la isla de la cocina, comiendo cereal en silencio. Camila entró, ya con ropa cómoda: unos pants de yoga y una camiseta de algodón.
—¿Está rica la cena? —preguntó Camila, intentando sonar normal.
Sofía asintió, pero no levantó la vista del tazón.
—Mamá…
—Dime, cielo.
—¿Papá va a ir a la cárcel?
Camila se detuvo mientras se servía un vaso de agua. La pregunta fue tan directa, tan inocente, que le dolió físicamente.
—No lo sé, Sofi. Tal vez. Hizo cosas… con el dinero de su trabajo que no debió hacer.
—¿Porque nos compró cosas a nosotros?
—No, mi amor. Porque se compró cosas para él y para… otras personas. —Camila se acercó y le acarició el pelo—. Pero escúchame bien. Pase lo que pase con papá, nosotros vamos a estar bien. Esta casa es nuestra. Tu escuela no va a cambiar. Yo tengo mis ahorros y voy a volver a trabajar en la galería. No nos va a faltar nada.
—Pero él ya no va a vivir aquí nunca más, ¿verdad?
Camila negó con la cabeza.
—No. Ya no.
Sofía dejó la cuchara en el tazón.
—Qué bueno —dijo en voz baja—. Porque ya no me gustaba cómo nos gritaba cuando perdía sus llaves. O cómo te hablaba a ti. Prefiero que estemos solos.
Camila besó la frente de su hija, conteniendo las lágrimas. Había temido que sus hijos estuvieran devastados por la ausencia de Ricardo, pero se daba cuenta de que, en realidad, llevaban años viviendo su ausencia emocional. Su partida física era solo un trámite.
El timbre de la puerta sonó. Eran las diez de la noche.
Camila se tensó. ¿Ricardo? No, los guardias de la caseta no lo dejarían pasar.
Fue a la puerta y miró por la cámara de seguridad.
Era el Licenciado Benítez. Y traía una caja de pizza.
Camila abrió.
—¿Licenciado? ¿A esta hora?
Benítez sonrió, pareciendo más un tío amable que el tiburón legal que había destrozado a Ricardo horas antes.
—Perdone la hora, Camila. Pero pensé que no habrían tenido tiempo de cocinar con todo el alboroto. Y además… —Benítez sacó un folder azul de debajo de la caja de pizza—. Necesitaba que firmara esto antes de medianoche.
—¿Qué es? —preguntó Camila, dejándolo pasar.
Se sentaron en la sala. Benítez abrió el folder.
—Es la solicitud de embargo precautorio de los bienes personales de Ricardo. Casas, autos, colección de arte. Si no lo presentamos hoy, mañana a primera hora sus acreedores se le van a echar encima. El banco, la empresa, Hacienda… todos van a querer un pedazo de él. Si firmamos esto, aseguramos el patrimonio de Diego y Sofía primero. Nos ponemos al frente de la fila.
Camila miró el documento. Era el golpe final. Si firmaba eso, Ricardo se quedaría, literalmente, en la calle. Sin casa, sin autos, sin nada.
Recordó a Ricardo cuando eran novios, comiendo tacos en la calle, llenos de sueños. Recordó al Ricardo que lloró cuando nació Diego.
Y luego recordó al Ricardo que entró al tribunal con Isa, riéndose, dispuesto a declarar bastardos a sus hijos.
—¿Dónde firmo? —preguntó Camila.
Benítez le señaló la línea punteada.
Camila firmó con pulso firme.
—Perfecto —dijo Benítez, cerrando la carpeta—. Con esto, bloqueamos sus cuentas personales mañana a las 9:00 AM. Cuando intente pagar su desayuno, no va a poder.
—Gracias, Horacio. De verdad.
—No me agradezca. Usted hizo el trabajo difícil. Usted aguantó. —Benítez se levantó—. Bueno, me voy. La pizza es de pepperoni, espero que les guste a los niños.
Cuando Benítez se fue, Camila subió las escaleras con la caja de pizza.
Entró al cuarto de Diego. Sofía ya estaba ahí, viendo una película en la tele con su hermano.
—Chicos —dijo Camila—. Pizza nocturna.
Los ojos de Diego se iluminaron por primera vez en el día. Sofía saltó de la cama.
Se sentaron los tres en el suelo, comiendo pizza directamente de la caja, riéndose de una comedia tonta en la televisión.
Afuera, la tormenta rugía. Ricardo estaba solo, Isa estaba arruinada, y el imperio Landa ardía en llamas.
Pero adentro de esa habitación, por primera vez en años, había paz.
Y Camila supo, mientras veía a sus hijos reír con la boca llena de queso, que la verdadera victoria no era el dinero, ni la venganza.
La verdadera victoria era que ellos tres seguían de pie.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
