CAPÍTULO 2: La Caída del Titán y la Anatomía de una Mentira
El silencio que siguió a la revelación del juez Montiel no fue un silencio de paz; fue el tipo de silencio que precede a la detonación de una bomba en un espacio cerrado. Fue un vacío físico, una succión de aire que dejó a todos sin aliento, hasta que la realidad golpeó con la fuerza de un tren de carga.
—¡Eso es mentira! —El grito de Isa Monroe rompió la atmósfera. No fue un grito elegante. Fue un alarido agudo, desesperado, de una mujer que ve cómo su boleto de lotería se quema frente a sus ojos.
Isa se puso de pie tan rápido que su silla de diseño ergonómico cayó hacia atrás con un estruendo seco. Se aferró al brazo de Ricardo, clavándole las uñas a través de la tela del traje.
—¡Ricardo, escúchame! ¡Ese papel es falso! ¡Ella lo falsificó! ¡Tú sabes que ella te odia! —Isa señalaba a Camila con un dedo tembloroso, con la manicura francesa perfecta ahora pareciendo garras ridículas—. ¡Es una trampa!
Pero Ricardo Landa no se movió. Estaba catatónico. Su mente, esa mente brillante que podía procesar terabytes de datos de seguridad bancaria en segundos, estaba experimentando un error crítico de sistema.
Cero por ciento.
La cifra parpadeaba en su cerebro como un anuncio de neón en un motel barato de Tlalpan.
Cero por ciento.
Lentamente, como si estuviera despertando de una anestesia general, Ricardo bajó la mirada hacia su brazo, donde Isa estaba aferrada. Vio la mano de ella, esa mano que tantas veces había besado en restaurantes de Polanco mientras le prometía el mundo, y sintió una repulsión física tan violenta que le dieron ganas de vomitar.
Con un movimiento brusco y cruel, Ricardo se sacudió. Empujó a Isa. No fue un empujón suave. Fue un golpe seco con el antebrazo que la hizo trastabillar. Isa, perdiendo el equilibrio en sus tacones de doce centímetros, chocó contra la mesa de los abogados y cayó al suelo, un desastre de tela roja y extremidades bronceadas.
—No me toques —gruñó Ricardo. Su voz sonó gutural, desconocida incluso para él mismo—. No me vuelvas a poner una mano encima.
La sala estalló.
Los periodistas, olvidando cualquier protocolo judicial, se abalanzaron contra la barandilla de madera que separaba al público.
—¡Señor Landa! ¿Va a demandar a la señorita Monroe?
—¡Isa! ¿Quién es el verdadero padre?
—¡Señor Landa! ¿Qué tiene que decir sobre sus hijos legítimos ahora?
El juez Montiel golpeaba su mazo una y otra vez, su rostro rojo de ira.
—¡Orden! ¡Orden en la sala o los mando arrestar a todos! ¡Alguaciles, despejen esa zona!
En medio del caos, del ruido ensordecedor, de Isa llorando en el suelo mientras los abogados de Ricardo intentaban levantarla (más por evitar una demanda que por caballerosidad), había un punto de quietud absoluta.
Camila.
Ella no se había movido. No había celebrado. No había sacado su celular para grabar. Simplemente observaba a Ricardo. Lo veía desmoronarse. Veía cómo el “hombre de hierro”, el visionario de la tecnología, se convertía en un niño berrinchudo y humillado. Y por primera vez en dos años, desde que empezó la pesadilla de la infidelidad, Camila sintió que podía respirar profundamente. El aire llenó sus pulmones, y no pesaba.
—Licenciado Benítez —dijo Camila en voz baja, sin mirar a su abogado—. Creo que ya terminamos aquí.
Benítez, que estaba guardando los documentos con una pequeña sonrisa de satisfacción debajo de su bigote, asintió.
—Todavía no, Señora Landa. El juez tiene que dictar las medidas. Disfrute esto. Se lo ganó.
El juez Montiel finalmente logró que los alguaciles empujaran a la prensa hacia atrás. Respiró hondo, se ajustó la toga y miró a Ricardo, quien seguía de pie, mirando a la nada, con el rostro pálido y sudoroso.
—Siéntese, Señor Landa —ordenó el juez.
Ricardo obedeció mecánicamente. Isa, sollozando, fue ayudada a sentarse en una silla en la esquina, lejos de él. Ricardo ni siquiera la miró. Sus ojos estaban fijos en el sobre amarillo sobre el escritorio del juez.
—Lo que ha ocurrido hoy en esta sala —empezó el juez Montiel, con un tono gélido— es una burla. Señor Landa, usted utilizó el sistema judicial de la Ciudad de México, recursos pagados por los contribuyentes, como un escenario para su venganza personal. Usted difamó la integridad de la madre de sus hijos basándose en… —el juez miró a Isa con desdén—… en las mentiras de una tercera parte y en su propia arrogancia.
Ricardo abrió la boca para hablar, para decir algo, cualquier cosa que salvara su imagen, pero no salió nada.
—En vista de los resultados irrefutables de las pruebas de ADN —continuó el juez—, dicto lo siguiente: Primero, se desestima la solicitud de impugnación de paternidad sobre los menores Diego y Sofía Landa. Usted es el padre, le guste o no, y asumirá todas las responsabilidades legales y económicas. Segundo, debido a la mala fe procesal evidente, condeno al Señor Ricardo Landa a pagar el 100% de los gastos legales de la Señora Camila Landa, así como una multa por desacato y obstrucción de la justicia al presentar pruebas falsas de conducta moral.
El abogado Castañeda se levantó, tratando de salvar los muebles del incendio.
—Su Señoría, mi cliente actuó bajo la creencia errónea de…
—¡Siéntese, abogado! —tronó el juez—. Su cliente actuó por vanidad. Y sobre la cuestión del divorcio… Señora Landa, ¿mantiene su solicitud de disolución del vínculo?
Camila se puso de pie. Su voz fue clara, suave, pero resonó en cada rincón de la sala.
—Sí, Su Señoría. Y solicito la custodia total de mis hijos, con visitas supervisadas para el padre. No quiero que mis hijos estén cerca de ese ambiente tóxico hasta que el Señor Landa demuestre estabilidad psicológica.
Ricardo levantó la cabeza de golpe.
—¿Supervisadas? —escupió—. ¡Son mis hijos! ¡Yo soy Ricardo Landa!
—Usted es un hombre que acaba de intentar negar a sus hijos en público para complacer a una amante que lo engañaba —respondió Camila, mirándolo directamente a los ojos. No había miedo en ella. Solo una verdad aplastante—. Usted no es una figura paterna, Ricardo. Es un riesgo emocional.
El juez asintió.
—Concedido. Custodia temporal completa para la madre. El régimen de visitas se definirá después de una evaluación psicológica del padre. Se levanta la sesión.
El golpe final del mazo sonó como un disparo.
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