CAPÍTULO 1: El Circo de Santa Fe y el Silencio de las Lomas
El tráfico en el Segundo Piso del Periférico estaba imposible, como siempre a las ocho de la mañana en la Ciudad de México. Una serpiente interminable de luces rojas y cláxons desesperados que se extendía desde el sur hasta las torres de cristal de Santa Fe. Pero dentro de la camioneta blindada Mercedes-Benz Clase G de Ricardo Landa, el caos de la ciudad era solo una película muda que pasaba detrás de los vidrios polarizados.
Ricardo Landa, el “Rey del Data”, el hombre que había salido de una unidad habitacional en Iztapalapa para convertirse en el multimillonario más joven en la portada de la revista Expansión, se ajustó el nudo de su corbata de seda italiana. Se miró en el espejo retrovisor. Ni una arruga. Ni una ojera. Perfecto.
—¿Crees que haya mucha prensa? —preguntó Isa, rompiendo el silencio climatizado de la cabina.
Ricardo giró la cabeza para mirarla. Isa Monroe. Veintiséis años, ex becaria de Relaciones Públicas de su propia empresa, y actualmente, la mujer por la que estaba tirando por la borda quince años de matrimonio. Isa iba vestida con un traje sastre rojo fuego que costaba más de lo que ganaba un empleado promedio en un año. Se estaba retocando el labial mirando la cámara frontal de su iPhone 15 Pro Max.
—Pagué para que la hubiera, mi amor —respondió Ricardo con una sonrisa de suficiencia, tomando su mano—. Quiero que todos vean esto. Quiero que vean cómo se cierra un ciclo y empieza el verdadero imperio.
Isa sonrió, esa sonrisa ensayada que había perfeccionado para sus cincuenta mil seguidores en Instagram.
—Es que… me pone nerviosa ella. Camila. ¿Crees que haga un escándalo? Ya sabes cómo se ponen las ex cuando se dan cuenta de que perdieron.
Ricardo soltó una carcajada seca.
—¿Camila? ¿Hacer un escándalo? —negó con la cabeza—. No conoces a mi esposa… o bueno, a mi ex esposa. Camila es una mosca muerta. No tiene el carácter para pelear. Se va a sentar ahí, va a llorar un poco, va a firmar lo que le ponga enfrente y se va a ir a esconder a casa de sus papás en Coyoacán. Es predecible. Aburrida. Por eso estoy contigo.
La camioneta se detuvo frente a la entrada principal del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México. Como Ricardo había prometido, había un enjambre de fotógrafos y reporteros. No eran paparazzi de la farándula barata, no; eran periodistas financieros y de sociales. Ricardo Landa no era un actor, era una potencia económica. Su divorcio no era chisme, era noticia de mercado.
El chofer abrió la puerta y el flash de las cámaras estalló como una tormenta eléctrica.
—¡Ricardo! ¡Ricardo! ¿Es verdad que pediste la prueba de ADN?
—¡Señor Landa! ¿Qué pasará con las acciones de Lang Tech si se comprueba el adulterio?
—¡Isa! ¡Isa, una foto por aquí!
Ricardo avanzó con paso firme, ignorando las preguntas pero asegurándose de que su mejor perfil quedara registrado. Llevaba a Isa del brazo, exhibiéndola como un trofeo de caza. Entraron al vestíbulo del tribunal, un edificio imponente de mármol y ecos, donde el aire olía a cera para pisos, café barato y desesperación humana.
Subieron al elevador privado que su equipo legal había reservado. Mientras los números de los pisos subían, Ricardo sintió esa vieja adrenalina, la misma que sentía antes de cerrar un trato hostil o de hackear un servidor supuestamente impenetrable en sus días de juventud. Era la sensación de poder absoluto. Iba a destruir a Camila, no porque la odiara, sino porque ella era el último vestigio de su pasado mediocre. Ella recordaba al Ricardo que contaba los pesos para el metro, al Ricardo inseguro. Y para ser el Dios que él creía ser, tenía que borrar cualquier rastro de su humanidad anterior.
Al llegar a la Sala 7C, su equipo de abogados ya estaba allí. Eran los mejores de México: el despacho “Castañeda & Asociados”. Cinco hombres en trajes grises impecables, con maletines de piel y miradas de tiburón.
—Todo está listo, licenciado Landa —dijo Castañeda, el socio principal, un hombre calvo con voz de barítono—. El juez Montiel es estricto, pero le gustan los hechos. Y los hechos que fabricamos… digo, que presentamos, son contundentes. La narrativa de la “esposa inestable” ya está sembrada en los medios.
—Excelente —dijo Ricardo, sentándose en la cabecera de la mesa del demandante. Isa se sentó a su lado, cruzando las piernas y sacando su celular para, discretamente, revisar los comentarios de su última foto.
Fue entonces cuando se abrió la puerta del otro lado.
El ruido de la sala se apagó un poco. Entró Camila.
Ricardo esperaba verla destrozada. Esperaba ver ojeras, ropa desaliñada, quizás ese suéter viejo que usaba cuando estaba deprimida. Esperaba ver a una víctima.
Lo que vio lo hizo parpadear dos veces.
Camila Landa entró caminando con una lentitud deliberada. Llevaba un vestido azul marino, corte recto, sin escote, mangas tres cuartos. Era sencillo, pero la tela caía con una elegancia que el vestido rojo de Isa jamás tendría. Llevaba el cabello recogido en un chongo bajo, pulcro, dejando ver su cuello largo y pálido. No llevaba maquillaje visible, salvo un poco de rímel que resaltaba sus ojos color miel. Esos ojos que, en ese momento, no miraban al suelo. Miraban al frente.
No venía sola, pero tampoco traía un ejército. A su lado caminaba un solo hombre. El Licenciado Horacio Benítez. Ricardo lo reconoció vagamente y tuvo que reprimir una risa. Benítez era un abogado de la vieja escuela, un tipo que tenía su despacho en un edificio viejo del Centro Histórico, arriba de una pastelería. Un abogado de “pleitos de vecindad”, pensó Ricardo. ¿Eso era todo lo que Camila podía pagar con la mensualidad que le había cortado?
Camila se sentó. No miró a Ricardo. No miró a Isa. Sacó una libreta Moleskine negra y una pluma fuente de su bolso. Se sentó con la espalda recta, las manos sobre la mesa, completamente inmóvil.
—Pobrecita —susurró Isa, inclinándose hacia Ricardo—. Mira su abogado. Tiene caspa en el saco.
Ricardo sonrió de lado.
—Esto va a ser más rápido de lo que pensé.
El secretario del tribunal anunció la entrada del juez.
—Todos de pie. Preside el Honorable Juez Arturo Montiel.
El juez Montiel entró con su toga negra, arrastrando los pies con cansancio. Era un hombre que había visto demasiados divorcios, demasiadas mentiras y demasiada gente rica peleando por quién se quedaba con la casa de Valle de Bravo. Se sentó, se puso los lentes y miró los expedientes frente a él como si fueran tarea escolar aburrida.
—Bien, sentados —druzñó el juez—. Expediente 4405/2025. Divorcio incausado y juicio de paternidad. Ricardo Landa contra Camila Landa.
Castañeda, el abogado de Ricardo, se puso de pie inmediatamente, proyectando su voz para que resonara en toda la sala.
—Su Señoría, estamos aquí no solo para disolver un vínculo matrimonial que ha perdido su propósito, sino para corregir un fraude. Mi cliente, el Señor Landa, ha sido víctima de un engaño continuado. Tenemos razones fundadas para creer que los menores, Diego y Sofía Landa, no son hijos biológicos de mi cliente. La señora Camila ha mantenido una conducta… cuestionable durante años. Solicitamos la prueba de ADN inmediata y la suspensión provisional de cualquier pensión alimenticia hasta que se aclare la paternidad.
El aire en la sala se puso denso. Era una acusación brutal. Decirle a una madre que sus hijos eran bastardos en una corte pública era la máxima ofensa.
Ricardo miró a Camila, esperando la reacción. Esperando el llanto, el grito, la indignación. “¡Mientes!”, debería estar gritando ella.
Pero Camila no se movió. Seguía mirando al juez, con esa expresión serena, casi aburrida, como si estuviera escuchando una clase de historia que ya se sabía de memoria.
El juez Montiel miró a Camila.
—Abogado de la defensa, ¿tiene algo que decir ante estas acusaciones?
El Licenciado Benítez se levantó. Era un hombre bajo, con un traje que le quedaba un poco grande y un bigote amarillo por el tabaco. Se ajustó los lentes y carraspeó. No tenía la voz potente de Castañeda. Hablaba bajito, como un abuelo contando un cuento.
—Su Señoría —dijo Benítez, ignorando completamente a Ricardo y a su equipo—. No nos oponemos a la prueba de ADN. De hecho, la señora Landa insiste en ella.
Ricardo arqueó una ceja. ¿Un bluff? ¿Estaba tratando de jugar al póker con él?
—Sin embargo —continuó Benítez, metiendo la mano en su viejo portafolios de cuero gastado—, para ahorrar tiempo valioso a este tribunal y al erario público, mi clienta se tomó la libertad de realizar pruebas certificadas por un laboratorio genético independiente de nivel 4, con cadena de custodia notariada.
Benítez sacó un sobre amarillo. Un sobre manila común y corriente, sellado con cinta roja de seguridad.
—Además —añadió el abogado, y por primera vez, su voz tuvo un filo metálico—, dentro de este sobre hay una segunda prueba de ADN. Una que el Señor Landa no solicitó, pero que es… crucial para entender el contexto de esta demanda.
Ricardo sintió que la sonrisa se le congelaba en la cara. ¿Segunda prueba? ¿De qué estaba hablando? Sus hijos eran Diego y Sofía. No había nadie más…
De repente, la mano de Isa sobre su brazo se tensó. Las uñas postizas de Isa se clavaron en la tela de su saco Zegna. Ricardo giró levemente la cabeza. Isa estaba pálida. El bronceado de Tulum parecía haberse evaporado, dejando una piel cerosa y sudorosa.
—Ricardo… —susurró ella, con un hilo de voz—. Dile que no. Dile que no pueden aceptar pruebas externas.
Ricardo frunció el ceño.
—¿De qué hablas? Es solo una táctica para retrasar.
—Licenciado Castañeda —intervino el juez Montiel, mirando el sobre que Benítez había depositado en su escritorio—. ¿Tiene objeción en que revise esta evidencia preliminar?
Castañeda titubeó. Miró a Ricardo. Ricardo asintió con arrogancia. “Déjalo que haga su show”, pensó. “No tienen nada”.
—Sin objeción, Su Señoría —dijo Castañeda—. Estamos seguros de que cualquier prueba científica validará nuestra postura.
El juez Montiel tomó el sobre. Buscó un abrecartas. El sonido del papel rasgándose fue agudo, violento en el silencio sepulcral de la sala.
Camila, por primera vez en toda la mañana, movió la cabeza. Giró lentamente hacia la izquierda, hacia la mesa de Ricardo. Sus ojos se encontraron. Y entonces, sonrió.
No fue una sonrisa de alegría. No fue la sonrisa dulce de la mujer que le preparaba café por las mañanas. Fue una sonrisa fría, clínica. La sonrisa de un cirujano antes de amputar una extremidad gangrenada.
Ricardo sintió un escalofrío que le bajó por la columna vertebral. En quince años, jamás la había visto así. Esa no era su esposa. Esa era una extraña. Y esa extraña le daba miedo.
El juez sacó los documentos. Había dos sets de papeles engrapados.
Tomó el primero. Leyó en silencio. Asintió levemente.
—Mmm. Ya veo —murmuró el juez.
Luego tomó el segundo set de documentos.
El juez se detuvo. Sus ojos se abrieron un poco más detrás de los cristales gruesos. Frunció el ceño, como si no pudiera creer lo que leía. Levantó la vista y miró directamente a Isa Monroe.
Isa bajó la cabeza, escondiéndose detrás de su cabello rubio.
El juez volvió a mirar el papel. Luego miró a Ricardo. Hubo un cambio en su expresión. La indiferencia burocrática desapareció, reemplazada por una mezcla de incredulidad y desprecio.
—Señor Landa —dijo el juez, con una voz que resonó como un trueno distante.
—Dígame, Su Señoría —respondió Ricardo, aunque su voz salió más aguda de lo que hubiera querido.
—Usted basó toda su demanda de divorcio en la premisa de la “verdad biológica”. Dijo en su declaración jurada que, y cito: “Un hombre no debe criar hijos que no llevan su sangre, ni pagar por los pecados de una mujer deshonesta”. ¿Es correcto?
—Es correcto —dijo Ricardo, sintiendo que el suelo se movía.
—Bien —el juez se quitó los lentes y los dejó sobre los papeles—. Porque la verdad biológica que tengo aquí es ciertamente… iluminadora.
El juez tomó el primer documento.
—Prueba de Paternidad 1 y 2. Sujetos: Diego Landa y Sofía Landa. Presunto padre: Ricardo Landa. Probabilidad de paternidad: 99.999%.
Ricardo soltó el aire. ¡Lo sabía! Bueno, al menos eso estaba claro. Camila no lo había engañado. Pero entonces, ¿por qué el teatro? ¿Por qué la sonrisa?
—Sin embargo —continuó el juez, levantando el segundo documento con dos dedos, como si fuera algo sucio—, aquí tengo la prueba que la defensa ha etiquetado como “Prueba de Prenatal No Invasiva”, realizada a partir de muestras recolectadas del feto que gesta la señorita Isa Monroe.
El corazón de Ricardo se detuvo. Literalmente sintió cómo el músculo cardíaco fallaba un latido.
Isa soltó un sollozo ahogado.
—Muestra comparativa: Señor Ricardo Landa —leyó el juez, implacable—. Resultado de paternidad… 0.0%. Exclusión total.
El silencio que siguió duró tres segundos, pero para Ricardo duró una vida entera.
Cero por ciento.
Exclusión total.
El hijo. El “hijo varón que se parecería a él”. El heredero por el que había destruido su familia.
Ricardo giró la cabeza lentamente hacia Isa. Ella estaba llorando ahora, lágrimas negras de rímel corriendo por sus mejillas perfectas.
—Ric, déjame explicarte… es que… estábamos en un tiempo raro y… mi ex novio apareció y…
—¡Señorita Monroe, silencio! —ordenó el juez golpeando el mazo.
Pero Ricardo no escuchaba al juez. Solo escuchaba un zumbido agudo en sus oídos. Miró a los periodistas al fondo de la sala. Estaban escribiendo frenéticamente en sus celulares. Los flashes empezaron a dispararse de nuevo, pero esta vez no eran de admiración. Eran los destellos de los buitres viendo la carroña.
Y luego miró a Camila.
Ella seguía ahí, inmóvil. Ya no sonreía. Solo lo observaba con esa calma aterradora. Había sabido todo. Todo el tiempo. Había dejado que él hiciera el ridículo, que convocara a la prensa, que insultara a sus hijos, solo para dejarlo caer desde la altura máxima de su propio ego.
Ricardo Landa, el genio, el titán, el hombre que todo lo controlaba, se dio cuenta en ese instante de que no era el jugador de ajedrez.
Era el peón.
Y la reina acababa de hacer jaque mate.
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