El multimillonario quedó en shock al reconocer a la camarera como su hija desaparecida hacía 15 años, sacando a la luz el complot de su esposa.

—Toma todo lo que necesites. Pero déjame protegerte. Si Margarita hizo esto, es capaz de cosas peores.

“¡La estás envenenando contra mí!” gritó Margarita.

—Te maldijiste a ti mismo —gruñó Enrique.

Esa noche, Enrique contrató a un investigador. En cuarenta y ocho horas, la verdad salió a la luz: papeles de adopción, sobornos, documentos que demostraban que Margarita había introducido a Lily en el sistema bajo otra identidad, ocultándola.

Cuando la acusaron, Margarita gritó:

—¡Sí! ¡Lo hice! ¡Solo hablabas de ella! ¡Yo era tu esposa, me negué a ser inferior a un niño!

Enrique tembló de furia.

—No solo me traicionaste. Destruiste la vida de una chica.

Lily sollozaba cerca.

—Pensé que a nadie le importaba… ¿Mi padre estuvo vivo todo este tiempo?

Enrique se acercó.

—Te quise cada día. Creí que te había fallado. Pero no fui yo, fue ella.

Margarita vaciló.

—Podemos arreglar esto…

—Vete —ordenó Enrique.

-¿Qué?

—Sal de mi casa. Mis abogados te contactarán.

Las semanas siguientes fueron difíciles. A Lily le costó adaptarse. No estaba acostumbrada a guardias, chóferes ni ropa de cama de seda.

Una noche, Enrique la encontró mirando un plato intacto.

“¿Quieres algo diferente?” preguntó suavemente.

Ella negó con la cabeza.

—No es la comida. Simplemente… no siento que pertenezco.

Enrique se sentó a su lado.

—Esta casa no nos ata. Tú sí. Te amo, hija mía.

Sus ojos se suavizaron.

-¿En realidad?

Él asintió.

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