El millonario invitó a la señora de la limpieza para humillarla, pero ella llegó con aspecto de diosa.

Ella tenía esa voz que parecía adormecer y mandar al mismo tiempo.

—Hija mía… suenas rara. ¿Estás bien?

Patricia intentó restarle importancia, pero su abuela siempre supo interpretarla.

—Voy a un evento importante, abuela. Y estoy nerviosa.

Doña Guadalupe permaneció en silencio, como buscando algo en su memoria.

—Tu madre trabajó de criada toda su vida —dijo finalmente—, pero tenía más clase que muchas damas que llevan joyas. Y tú heredaste eso. ¿Sabes para quién trabajaba en la ciudad?

Patricia lo negó, pese a que su abuela no pudo verla.

—Para la familia Mendoza Reyes. Una familia importante. La señora de la casa… apreciaba mucho a tu madre. Decía que era inteligente. De buenos modales. Tu madre se fue orgullosa, como siempre… pero dejó huella.

Las palabras quedaron con Patricia como un talismán: “sangre de nobleza”, no por su apellido, sino por su carácter.

El día del baile llegó con cielos despejados. Patricia se bañó como si quisiera olvidar el pasado, se maquilló discretamente, se recogió el pelo en un moño bajo y se puso el vestido morado. Al mirarse al espejo, tragó saliva con dificultad. No fue magia. Fue una decisión.

Sofía la vio salir y se quedó sin palabras.

—Vas a hacer que se ahogue con su propio veneno.

En el club de campo, los coches de lujo despedían hombres con esmoquin y mujeres con vestidos extravagantes. Patricia bajó del vehículo y sintió miradas curiosas. Un guardia de seguridad revisó su invitación, sorprendido de no verla llegar con conductor.

—Bienvenida, señorita Salazar.

Dentro, los candelabros, las flores importadas, la porcelana… todo parecía diseñado para recordarles a algunos quiénes pertenecían y a otros quiénes no. Patricia caminaba despacio, sosteniendo su bolso prestado como si fuera una brújula.

Y entonces lo vio: Sebastián, riendo con un grupo de hombres. Cuando sus miradas se cruzaron, su sonrisa se apagó como una vela. Por primera vez, no vio a la señora de la limpieza. Vio a una mujer.

Patricia se acercó.

—Buenas noches, señor Vargas.

“¿Conseguiste… venir?”, balbuceó, intentando recomponerse.

—Me invitaste.

Uno de sus amigos, un hombre mayor de mirada penetrante, le extendió la mano.

—Javier Torres. ¿Patricia Salazar?

Patricia aceptó firmemente el saludo.

-Encantado de conocerlo.

“Es nueva en nuestro círculo”, comentó Javier, interesado.

Patricia sonrió, sin bajar la mirada.

—Digamos que el trabajo me mantiene ocupado.

¿En qué zona?, preguntó.

Patricia lo apostó todo.

—Administración. Estoy terminando la carrera. Me especializo en gestión de recursos humanos.

Sebastián se tensó, como si la verdad le provocara una reacción alérgica.

—Javier, quizá no sea el momento de hablar de negocios…

—Tonterías —interrumpió Javier—. Siempre es buen momento para descubrir talento.

Patricia sintió el vértigo de estar en una cornisa: si caía, se reirían; si caminaba, podría cambiar de vida.

Fue entonces cuando una elegante mujer, de unos cincuenta años, se acercó con una cálida sonrisa.

—Javier, estás monopolizando a la chica más guapa de la fiesta.

—Victoria —respondió.

Patricia se giró y se encontró con una mirada que no juzgaba, que realmente observaba.

—Qué collar tan bonito —dijo la mujer, señalando la cadena que llevaba al cuello—. ¿Dónde lo conseguiste?

Patricia tocó instintivamente el colgante.

—Era de mi mamá.

Victoria palideció, como si una puerta se hubiera abierto dentro de ella.

—¿Cómo se llamaba tu madre?

—Carmen Salazar.

La reacción fue inmediata: Victoria se llevó la mano al pecho y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Dios mío… ¿eres la hija de Carmen?

Patricia se quedó sin aliento.

—¿Conocías a mi madre?

—¡Claro! —rió Victoria emocionada—. Tu madre trabajaba para mi familia. Era una de las personas más especiales que he conocido.

Las palabras de la abuela volvieron, encajando como piezas. Mendoza Reyes. Victoria. Carmen. Y Patricia, en medio, como un puente inesperado.

En cuestión de minutos, la dinámica de la sala cambió. Donde antes había curiosidad, ahora había interés genuino. Donde antes había distancia, ahora se abría un espacio. Victoria tomó la mano de Patricia con una naturalidad casi dolorosa.

—¿Dónde trabajas, querida? ¿Cómo van tus estudios?

Patricia podría haber mentido. Pero algo en los ojos de Victoria le recordó a su madre.

—Trabajo como conserje mientras termino mi carrera.

El silencio fue breve. No de incomodidad. De respeto.

—Igual que tu madre—dijo Victoria orgullosa—. Ella trabajaba durante el día y estudiaba por la noche.

Sebastián aprovechó, desesperado.

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