El millonario invitó a la señora de la limpieza para humillarla, pero ella llegó con aspecto de diosa.

La casa de empeños olía a desesperación: gente aferrada a sus bolsas, rostros cansados, manos temblorosas entregando pedazos de sus vidas. Cuando el tasador tomó la cadena, Patricia sintió una punzada en el pecho.

—Oro de buena calidad —dijo sin emoción—. Puedo dar quinientos pesos.

Quinientos. Ridículo para la alta sociedad. Enorme para ella. Patricia, conteniendo las lágrimas, dijo en señas. Al salir, no miró atrás, porque sabía que si lo hacía, se derrumbaría.

Con el dinero, fue a una zona donde mujeres adineradas vendían vestidos de segunda mano como si fueran caprichos desechables. En la tercera tienda, lo encontró: un vestido morado, con lentejuelas discretas, elegante sin ser ostentoso, como una noche estrellada sin excesos. La vendedora, una mujer con acento porteño, la miró con una mezcla de ternura y experiencia.

—Primera gala, ¿no? —adivinó.

Patricia asintió nerviosamente.

—Este te queda perfecto. Talla treinta y ocho. Era de la esposa de un hombre de negocios. Lo usó una vez.

Cuando Patricia se lo probó, se quedó quieta frente al espejo. No vio a la señora de la limpieza. Vio a una mujer con aplomo, de ojos vivaces, con una belleza que siempre había estado ahí, oculta bajo los uniformes y el cansancio. El morado hacía brillar su mirada.

“¿Cuánto cuesta?” preguntó, casi temiendo la respuesta.

—Normalmente ochocientos —dijo la vendedora... y luego bajó la voz—. Pero se lo doy por cuatrocientos cincuenta. Algo me dice que lo necesita más.

Patricia se fue con el vestido puesto como si llevara un secreto. Se compró unas sandalias sencillas, se peinó en una peluquería local, practicó sus modales viendo videos y ensayó sus sonrisas para no temblar. En el trabajo, Sebastián notó su distracción.

—Pensando en el baile, Patricia —murmuró con sarcasmo—. Espero que no malgastes tus ahorros en tonterías.

Ella respiró profundamente.

—No se preocupe, señor Vargas. Allí estaré.

La sorpresa se dibujó en su rostro, leve pero real. Patricia comprendió algo en ese momento: los hombres como él se alimentaban del miedo ajeno. Y ella acababa de negarle el plato.

La noche anterior, su abuela Guadalupe llamó desde Oaxaca.

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