Esto no fue una invitación.
Fue una actuación y ella estaba destinada a ser el hazmerreír.
Esa noche, en su pequeño apartamento en Iztapalapa, su compañera de piso, Sofía, examinó la tarjeta bajo la luz de la cocina. Sofía trabajaba muchas horas como cocinera y había aprendido a reconocer los problemas rápidamente.
—Esto no tiene sentido —dijo ella rotundamente—. ¿Por qué te invitaría ?
Patricia se encogió de hombros, aunque sentía una opresión en el pecho. "Quizás solo está... siendo amable".
Sofía resopló, sin humor. «Sebastián Vargas no es muy bueno. Mi tía trabajaba para su madre. Trata al personal como si fueran adornos. Y cuando se aburre... le gusta romper cosas».
Patricia sintió un escalofrío en la espalda. "¿Y por qué haces esto?"
Sofía la miró a los ojos. «Porque quiere avergonzarte. Quiere que te presentes con algo que apenas te alcanza para pagar, para que la gente pueda mirarte, juzgarte, susurrar. Para que él pueda reír y sentirse poderoso».
El sobre yacía entre ellos como un desafío.
—Entonces no iré —dijo Patricia en voz baja.
Sofía extendió la mano por encima de la mesa y le apretó la suya. «O —dijo lentamente—, te vas y reescribes el final».
Patricia dejó escapar un suspiro tembloroso. "¿Con qué dinero? Le envío la mitad de mi sueldo a mi abuela. Apenas sobrevivo."
La mirada de Sofía se dirigió a la delicada cadena que colgaba del cuello de Patricia.
—Todavía tienes el colgante de tu madre, ¿no?
Los dedos de Patricia se cerraron instintivamente alrededor del pequeño corazón dorado. Era lo último que su madre le había regalado antes de morir. Un trocito de amor que llevaba consigo cada día.
“No puedo venderlo.”
—No dije que lo vendieras —respondió Sofía con suavidad—. Empéñalo. Temporalmente. Compra el vestido. Entra en esa habitación como si pertenecieras a ella. Cuando la vida cambie, y cambiará, lo recuperarás.
La idea dolió más de lo que Patricia esperaba. Fue como renunciar a una parte de sí misma. Pero bajo el dolor, algo más se agitó. Resolución. Desafío. Una rebelión silenciosa contra la insignificancia.
Ella volvió a mirar el sobre.
Por primera vez, no vio ninguna amenaza.
Ella vio una puerta.
Esa noche, despierta en la oscuridad, Patricia miró al techo, con el corazón acelerado por el miedo y la anticipación entrelazados. Lo que aguardara al otro lado de ese papel dorado no sería insignificante.
Podría destrozarla.
O podría cambiarlo todo.
