Él Invitó a Su Pobre Exesposa Para Humillarla en Su Boda

La boda se celebró, pero fue un evento lúgubre. Sophia estaba furiosa y distraída, pasando la mayor parte de la recepción interrogando a Daniel o llorando en el baño con sus damas de honor. Los invitados, en lugar de hablar de la belleza de la novia o la generosidad del novio, no hacían más que buscar en Google “E.V. Designs” y susurrar sobre el parecido de los trillizos con el novio. La Sra. Van Der Hoven se marchó temprano, alegando un dolor de cabeza, pero todos sabían que simplemente había perdido el interés en una pareja que ahora le parecía vulgar en comparación con la fugaz aparición de Emma.

En las semanas siguientes, la vida de Daniel, que parecía tan sólida y ascendente, comenzó a mostrar grietas.

La primera grieta fue financiera. Sophia, instigada por su madre, exigió un acuerdo prenupcial post-boda mucho más estricto, protegiendo los activos de su familia de cualquier posible reclamación de “hijos ilegítimos”. Esto limitó el acceso de Daniel al capital que esperaba usar para sus propias inversiones.

La segunda grieta fue profesional. En su arrogancia, Daniel había asumido que su matrimonio cimentaría su estatus social. Pero en el círculo de la élite, la reputación lo es todo. Y el rumor de que había abandonado a una mujer embarazada (aunque él alegaba ignorancia, nadie le creía del todo dada su actitud) y que le había robado sus ahorros (el cheque devuelto era prueba suficiente para los chismosos), lo convirtió en un paria. Los socios comerciales empezaron a excusarse de las reuniones. Las invitaciones a galas disminuyeron.

Daniel se obsesionó.

No podía dejarlo estar. Pasaba las noches en su oficina, con una botella de whisky, mirando las fotos de las revistas de moda donde aparecía Emma. La veía en galas en París, en desfiles en Nueva York. Y siempre, en las fotos de los reportajes de estilo de vida, estaban ellos. Leo, Max y Chloe. Creciendo. Sonriendo. Viviendo una vida de privilegios que él no les daba.

—Son míos —murmuraba Daniel a la pantalla del ordenador, con los ojos inyectados en sangre—. Tienen mi sangre. Tengo derechos.

Aproximadamente seis meses después de la boda, Daniel tomó una decisión impulsiva y desastrosa. Ignorando los consejos de su abogado, decidió presentarse en la boutique principal de Emma en la ciudad.

El edificio era impresionante, una estructura moderna de vidrio y acero en el distrito más caro. Daniel entró, exigiendo ver a la dueña. La recepcionista, una joven imperturbable, le informó que la Sra. Vance estaba en una reunión.

—Soy el padre de sus hijos —bramó Daniel, atrayendo las miradas de los clientes—. ¡Tengo derecho a verla!

La seguridad apareció en segundos, pero antes de que pudieran sacarlo, Emma apareció en la parte superior de las escaleras de caracol del local. Llevaba una cinta métrica alrededor del cuello y un lápiz en la mano. Su expresión no era de miedo, sino de profundo fastidio.

—Déjenlo subir —dijo Emma a los guardias—. Vamos a terminar con esto de una vez por todas.

Daniel subió las escaleras, arreglándose la chaqueta, tratando de recuperar esa sensación de superioridad que solía tener sobre ella. Pero en este entorno, rodeado de su éxito, él se sentía pequeño.

Entraron en su oficina privada. Una pared entera era de cristal, con vistas a la ciudad. Fotos de los trillizos adornaban su escritorio.

—¿Qué quieres, Daniel? —preguntó ella, sin ofrecerle asiento.

—Quiero mis derechos —dijo él—. Sé que son míos. No puedes ocultármelos. Soy su padre.

Emma soltó una risa seca, sin humor.
—¿Padre? —caminó hacia su escritorio y tomó un marco de fotos, acariciando el vidrio—. Un padre es el que está ahí cuando tienen fiebre a las tres de la mañana. Un padre es el que trabaja doble turno para comprar pañales. Un padre es el que no abandona a su esposa porque “lo frena” en su camino al éxito. Tú no eres un padre, Daniel. Eres un donante de ADN.

—La ley dirá lo contrario —amenazó Daniel, dando un paso adelante—. Tengo dinero ahora. Puedo contratar a los mejores abogados. Puedo pedir pruebas de paternidad. Puedo exigirte visitas.

Emma lo miró con una calma que a Daniel le heló la sangre.
—Adelante. Hazlo. Pide la prueba. Confirmará que eres el padre biológico. ¿Y luego qué? ¿Crees que un juez te dará la custodia o incluso visitas, sabiendo que me dejaste en la calle sin un centavo? ¿Crees que no guardé los mensajes de texto donde me llamabas “carga”? ¿Crees que no tengo registros de cómo vaciaste nuestra cuenta conjunta?

Ella se acercó a él, invadiendo su espacio personal por primera vez. Olía a jazmín y a éxito.
—Y hablemos de dinero, Daniel. Sé que las cosas no van bien con la familia de Sophia. Sé que tu “imperio” se basa en el capital de tu suegro. Si me demandas, haré que mi equipo legal, que por cierto es mucho mejor que el tuyo, investigue cada centavo de tus finanzas. Sacaré a la luz cada trapo sucio. Y te aseguro, por la vida de mis hijos, que te dejaré con menos de lo que tú me dejaste a mí.

Daniel retrocedió. La amenaza no era vacía. Podía ver la fuerza en sus ojos, la determinación de una leona protegiendo a sus cachorros. Se dio cuenta, con un horror tardío, de que Emma ya no era la víctima. Ella era el depredador en esta jungla de hormigón, y él era una presa herida.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó Daniel, su voz quebrándose, cambiando de la agresión a una súplica patética—. Si hubiera sabido que estabas embarazada…

—¿Qué? —interrumpió Emma—. ¿Te habrías quedado? ¿Por lástima? ¿O me habrías presionado para no tenerlos porque interferían con tus planes? —Negó con la cabeza—. No, Daniel. El hecho de que no lo supieras fue mi salvación. Y la de ellos. Crecieron rodeados de amor, no de resentimiento.

Emma caminó hacia la puerta y la abrió.
—Vete a casa con tu esposa rica, Daniel. Vive la vida que tanto querías. Pero olvida que existimos. Si te acercas a Leo, Max o Chloe una vez más, te destruiré. Y no será solo socialmente como en tu boda. Será total.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.