Él Invitó a Su Pobre Exesposa Para Humillarla en Su Boda

Daniel bajó las escaleras con Sophia pegada a su costado como un adorno rígido. A medida que se acercaba, la calidad de la ropa de Emma y de los niños se hacía innegable. No era alquiler. La tela tenía esa caída pesada y rica que no se puede fingir.

—Emma —dijo Daniel cuando estuvo a dos pasos de distancia. Intentó usar su tono condescendiente habitual, esa voz que usaba cuando ella le pedía dinero para la compra años atrás, pero le salió un poco más agudo de lo normal—. Me sorprende que hayas podido venir. Y veo que… has traído compañía.

Emma sonrió. Fue una sonrisa suave, profesional, la misma que usaba para cerrar tratos con clientes internacionales en su boutique.
—Hola, Daniel. Gracias por la invitación —su voz era melódica, tranquila—. Sí, la niñera tenía el día libre y, como la invitación decía “y familia”, asumí que no habría problema.

Daniel miró a los niños. Ahora que los tenía cerca, el parecido era un golpe físico. Los ojos. Tenían los ojos de Daniel. Ese tono avellana específico que él siempre había considerado su mejor rasgo.
—¿De quién son… estos niños? —preguntó Daniel, aunque una parte de su cerebro gritaba la respuesta.

—Míos —respondió Emma simplemente. Puso una mano protectora sobre el hombro de uno de los niños—. Leo, Max, Chloe, saluden. Estamos en la boda de un… antiguo conocido de mamá.

—Hola —dijeron los tres al unísono, con una educación exquisita, antes de volver a perder el interés en los adultos y mirar hacia la fuente del jardín.

Sophia, sintiendo que perdía el protagonismo en su propio gran día, intervino con una risa falsa y tintineante.
—Vaya, qué… multitud. Soy Sophia, la prometida. Daniel me dijo que trabajabas en servicio de limpieza o algo así. Debe ser difícil mantener a tres hijos con ese sueldo. Espero que no esperes que paguemos por cubiertos extra en el banquete, el catering es muy exclusivo.

El aire se congeló. Varios invitados cercanos, que habían estado escuchando disimuladamente, contuvieron el aliento. Fue un comentario cruel, diseñado para poner a Emma en su lugar, el lugar de la “exesposa pobre”.

Emma no parpadeó. En cambio, su sonrisa se ensanchó ligeramente, pero esta vez con un toque de lástima genuina hacia la novia. Metió la mano en un bolso de mano de cuero italiano y sacó un sobre grueso de color crema.

—Oh, no te preocupes por eso, Sophia —dijo Emma suavemente—. De hecho, no nos quedaremos al banquete. Tenemos un vuelo a Milán esta tarde; tengo una reunión con mis proveedores de seda para la nueva colección de otoño. Solo pasamos para dejar esto.

Extendió el sobre hacia Daniel. Él lo tomó mecánicamente.
—¿Proveedores? —balbuceó Daniel.

—Sí —continuó Emma, como si hablara del clima—. Mi marca, *E.V. Designs*, se está expandiendo a Europa. Ha sido un año muy ocupado.

En ese momento, una de las invitadas, una mujer mayor con muchas joyas y un aire de gran autoridad social, se abrió paso entre la multitud. Era la Sra. Van Der Hoven, la mujer más rica e influyente de la ciudad, alguien a quien Daniel había estado intentando impresionar durante meses sin éxito.

—¡Espera un momento! —exclamó la Sra. Van Der Hoven, ignorando completamente a Daniel y a Sophia—. ¿Tú eres Emma Vance? ¿La creadora del vestido *Saphira* que salió en la portada de Vogue el mes pasado?

Emma se giró y asintió con gracia.
—Así es, señora. Es un placer.

La Sra. Van Der Hoven parecía una adolescente fanática.
—¡Dios mío! He estado intentando conseguir una cita en tu atelier durante semanas, pero tu asistente me dice que tienes lista de espera de seis meses. ¡Tu trabajo es exquisito! Ese uso de las texturas orgánicas… —La mujer miró a Daniel con desdén—. Daniel, no me dijiste que conocías a una artista de este calibre.

El mundo de Daniel se inclinó sobre su eje. La mujer a la que quería humillar, la mujer a la que había invitado para que viera su “grandeza”, estaba siendo adulada por la persona más importante de la fiesta. Y lo peor no era eso. Lo peor era que Emma ni siquiera lo miraba a él. Ya no era el sol de su universo. Él era, simplemente, irrelevante.

—Bueno —dijo Emma, volviéndose hacia la pareja atónita—, no queremos robarles más tiempo. Es su día.

Miró a Daniel una última vez, y sus ojos se posaron brevemente en los gemelos de oro que él llevaba. Eran los que ella le había regalado con sus primeros ahorros, años atrás. Él los seguía usando. Ella, sin embargo, se había reconstruido completamente nueva.

—Dentro del sobre está mi regalo de bodas —dijo Emma. Bajó la voz para que solo Daniel pudiera oírla, y por primera vez, hubo un filo de acero en su tono—. Es el cheque por la cantidad exacta que “tomaste prestada” de mis ahorros antes de irte, ajustada a la inflación y con intereses. No quiero que nada de mi pasado manche mi futuro. Considérate pagado. Y Daniel…

Hizo una pausa, mirando a los trillizos que reían suavemente entre ellos.
—Nunca supiste lo que realmente dejaste atrás. Pero no te preocupes, ellos tampoco sabrán quién eres. No merecen esa carga.

Con eso, Emma se dio la vuelta.
—Vamos, niños. El avión espera.

—¡Mamá, quiero helado en Italia! —gritó el pequeño Max.
—Sí, sí, *gelato* para todos —rio ella, tomándolos de la mano.

Daniel se quedó allí, en medio de las escaleras, con el sobre quemándole en las manos y la voz de la Sra. Van Der Hoven pidiéndole la tarjeta de visita a Emma mientras se alejaban hacia el Rolls-Royce.

Sophia, roja de ira y humillación, le arrancó el sobre de las manos a Daniel y lo abrió. Dentro había un cheque bancario certificado. La cifra era considerable, lo suficiente como para demostrar que para la Emma actual, ese dinero era calderilla, pero para el Daniel del pasado, había sido una fortuna robada.

—¿Qué significa esto, Daniel? —gritó Sophia, atrayendo la atención de los pocos que aún no miraban el coche alejarse—. ¿Le robaste dinero? ¿Y quiénes son esos niños? ¡Se parecen a ti!

El murmullo de la boda se transformó en un estruendo de chismes. Las cámaras, que antes apuntaban a los novios, ahora revisaban las fotos que habían tomado de la misteriosa mujer del vestido esmeralda y los tres niños.

Daniel sentía que el cuello de su camisa le apretaba demasiado. El sudor frío le bajaba por la espalda. Había planeado este día durante meses. Iba a ser su coronación. Iba a ser el momento en que pisara su pasado para elevarse hacia su futuro. Pero el pasado había llegado en una limusina, le había pasado por encima con una elegancia aplastante y lo había dejado allí, expuesto.

—No son… no pueden ser… —murmuró Daniel, pero la matemática del tiempo era ineludible. Semanas después del divorcio. Tres niños de cinco años.

Eran suyos. Tenía tres hijos. Tres herederos que no llevaban su apellido, que no conocían su voz, y que estaban siendo criados por una mujer que acababa de demostrar ser infinitamente superior a él en todos los aspectos.

—¡Daniel! —gritó Sophia, zarandeándolo—. ¡Contéstame! ¿Tienes tres hijos bastardos con esa mujer?

La madre de Sophia, una mujer de aspecto severo que nunca había confiado del todo en Daniel, se acercó con paso firme.
—Creo que necesitamos una explicación inmediata —dijo la mujer, cruzándose de brazos—. Antes de que comience cualquier ceremonia. Si es que va a haber una.

Mientras el caos se desataba en las escaleras del hotel, el Rolls-Royce negro giraba suavemente en la esquina y desaparecía de la vista, llevándose consigo la única oportunidad de redención que Daniel jamás tendría.

Pero la historia no terminó ahí. De hecho, para Daniel, la pesadilla apenas comenzaba.

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