El hijo del multimillonario vivió en constante agonía hasta que la niñera descubrió algo oculto en lo más profundo de su cuero cabelludo. En la áspera y brutalista mansión de Pedregal, la calma matutina fue interrumpida por un grito que sonaba de todo menos humano.

Una tarde, mientras cambiaba las sábanas, el sombrero se le resbaló un momento. María vislumbró la piel irritada cerca de la línea del cabello de Leo: roja, inflamada y claramente dolorida. Lorena apareció rápidamente y le colocó el sombrero de un tirón, con una sonrisa forzada. «No lo toques», le advirtió con severidad.

María no dijo nada, pero sus instintos se agudizaron.

Días después, mientras Roberto estaba en una reunión y Lorena en un evento benéfico, Leo se desplomó de nuevo en agonía, arañándose el sombrero. Sin médicos cerca ni madrastra que interviniera, María supo que era el momento de actuar.

Cerró la puerta con cuidado, se arrodilló junto a la niña y le susurró: «Estoy aquí, cariño. No te haré daño».

Ignorando la regla de no tocarlo, se quitó los guantes y puso su mano cálida sobre su hombro tembloroso. Luego, con mucho cuidado, le aflojó el gorro de lana.

Lo que encontró no fue un secreto monstruoso, ni conspiración ni crueldad, solo un simple y devastador descuido.

El sombrero estaba mal hecho. Un trozo de plástico rígido de la costura interior se había roto y presionaba directamente contra el cuero cabelludo de Leo. Cada vez que se movía, el plástico se hundía más, irritando el mismo punto sensible una y otra vez. La presión y el dolor simulaban síntomas neurológicos, lo que hizo que los médicos supusieran que se trataba de un trastorno psicológico.

María limpió la piel irritada con una infusión tibia de hierbas que trajo de casa, algo que su abuela había usado para calmar a sus propios hijos. Leo dejó escapar un suave gemido de alivio.

En ese momento, Roberto irrumpió en la habitación, con el pánico desfigurando su rostro. Pero al ver a Leo tranquilo en los brazos de María y el trozo de plástico roto en su mano, su expresión pasó del miedo a la estupefacción.

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