Ya lo sé todo. Pero no te culpo. Solo quiero cambiar lo que viene después.
Ramón lo miró con ojos brillantes. «Hijo… por primera vez, me siento libre».
Juntos, convirtieron el antiguo almacén en La Sala de la Memoria, un pequeño museo para los niños de la ciudad, lleno de cartas, fotografías y recuerdos de Teresa de un amor que nunca se desvaneció.
Y a menudo, bajo la misma buganvilla, se veía a Miguel mirando al cielo, murmurando:
Abuela, papá… Lo logré. No solo encontré su secreto, sino también su esperanza.
Una tarde dorada, un niño le preguntó: “Señor, ¿es cierto que hay ángeles en el Hogar Teresa?”
Miguel sonrió con dulzura. «Sí, querida. Viven en cada carta, en cada acto de amor y en cada corazón que aprende a perdonar».
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