—Sí, mamá. Te arreglaré la vieja casa. Estarás cómoda allí.
Doña Teresa sonrió levemente. No discutió. Nunca lo hacía. Lo único que siempre había deseado era ver a su hijo feliz.
Así que se mudó a la humilde y vieja casa detrás del jardín, la misma casa donde una vez meció a su bebé para que se durmiera. Ramón reparó el techo, pero dejó el suelo intacto, aún cubierto por el polvo de los recuerdos.
La vida se hizo más lenta para Teresa. Regaba las buganvillas, cuidaba las gallinas y cocinaba los platos favoritos de su hijo para las raras ocasiones en que lo visitaba. Pero esas visitas eran cada vez menos frecuentes. Ramón siempre estaba "ocupado", y la sonrisa de Clarissa se enfrió.
Entonces, una mañana, Teresa se destrozó mientras barría el jardín. Los vecinos la llevaron rápidamente al centro de salud, pero para cuando llegó Ramón, ya era demasiado tarde.
Arrodillado junto a su cuerpo inmóvil, Ramón lloró. No recordaba la última vez que le había tomado la mano mientras estaba caliente.
Después del funeral, regresó a su casita para revisar sus pertenencias. Debajo de su cama, envuelta en una manta vieja, encontró una caja de madera atada con una cuerda deshilachada. Dentro había una libreta de ahorros: ₱350,000 a su nombre y una nota manuscrita temblorosa:
Mi querido Ramón,
este dinero es para ti y Clarissa, quizás para un negocio o para la educación de tu hijo.
Soy feliz aquí en la vieja casa. Guarda todos nuestros recuerdos.
No necesito consuelo. Solo necesito saber que eres feliz.
Dondequiera que vayas, siempre tendrás un hogar en el corazón de tu madre.
—Teresa
Junto a la carta había una pulsera de plata, su único adorno, un regalo de su difunto marido.
Cuando Clarissa vio lo que había encontrado, las lágrimas corrieron por su rostro.
Ramón… No lo sabía. No me había dado cuenta de cuánto nos quería.
La abrazó fuerte. «No podemos deshacer lo que hicimos, pero podemos arreglarlo».
Con los ahorros de Teresa, construyeron un pequeño centro comunitario junto a la vieja casa y lo llamaron "El Hogar de Teresa". Se convirtió en una biblioteca y un espacio de aprendizaje para niños pobres, un lugar donde la risa sustituía a la soledad.
Todas las noches, Ramón visitaba el jardín, escuchando el viento susurrar entre las buganvillas que su madre había plantado. A veces juraba que aún la oía susurrar: «Hijo, ¿ya has comido?».
A partir de ese día, cada Día de la Madre, llevaba flores al altar del Hogar Teresa.
Veinte años después, el Hogar de Teresa se había convertido en el alma de Batangas: un lugar donde los niños aprendían y los ancianos compartían sus historias.
El hijo de Ramón, Miguel Villanueva, arquitecto de veinticinco años, conocía la propiedad al detalle. Sin embargo, algo lo desconcertaba: un pequeño almacén detrás de la casa, siempre cerrado. Cada vez que preguntaba, su padre solo respondía: «Solo las cosas viejas de tu abuela».
Una noche de tormenta, la rama caída de un árbol rompió el candado. A la mañana siguiente, Miguel entró.

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