El hijo construyó una casa nueva, pero obligó a su anciana madre a vivir en la vieja hasta el día en que murió, y lo que encontró en una caja de madera cambió su vida para siempre.

En la serena ciudad de Batangas vivía Doña Teresa, una viuda devota cuyo mundo entero giraba en torno a su único hijo, Ramón.

Tras la muerte de su esposo, Teresa trabajó sola de sol a sol sembrando arroz, vendiendo verduras en el mercado y criando pollos, todo para que Ramón pudiera ir a la escuela. Sus sacrificios dieron sus frutos: Ramón se graduó de ingeniero civil.

Años después, se casó con Clarissa, una bella y sofisticada mujer de Manila. Al principio, su matrimonio parecía perfecto. Pero con el tiempo, Ramón empezó a distanciarse de la mujer que le había dado todo.

Cuando Clarissa cumplió treinta y cinco años, decidió que necesitaban una casa nueva y moderna construida en la tierra que Teresa había cultivado a mano. La vieja casa de madera, testigo silencioso de años de penurias y amor, fue descartada por Clarissa como "demasiado destartalada para recibir visitas".

Una noche, durante la cena, Clarissa me recomendó amablemente:

—Mamá, una vez terminada la casa nueva, ¿no sería mejor que te quedaras en la vieja de atrás? Allí es más tranquilo y tendremos más espacio para las visitas.

A Ramón le dolía el corazón, pero murmuró:

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