Pero te prometo que esto no terminará aquí. Y quiero que sepas que lo siento muchísimo. Más de lo que las palabras pueden expresar. No solo por el embarazo, sino por cómo te traté, por cómo dejé que mi ambición me cegara. Y por esta carta. Haré que Sterling se arrepienta de haber cruzado esa línea.
En ese momento, la puerta principal se abrió y una pequeña voz canturreó: "¡Mamá, ya estoy en casa!"
Daniel entró corriendo, con una mochila de dinosaurio al hombro y sus ojos azules brillando de alegría. Se detuvo en seco al ver a Alex. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una cautelosa curiosidad.
—Hola, campeón —dijo Sofía, agachándose para abrazarlo—. Mira, cariño, este es un amigo de mamá. Se llama Alex.
Alex también se agachó, intentando que su mirada fuera amigable, no intimidante. "Hola, Daniel", dijo con una voz sorprendentemente suave.
Daniel, con la inocencia de un niño, lo miró de arriba abajo. "¿Eres astronauta? ¿Conoces a mi papá?"
La pregunta le atravesó el corazón a Alex. Miró a Sofía, quien le dirigió una mirada de advertencia. "No, cariño", dijo Sofía con dulzura. "Alex no es astronauta. Solo es un amigo".
Alex sintió una oleada de vergüenza y una voluntad de hierro. No podía ser el astronauta imaginario, pero sí el verdadero padre.
Durante las siguientes semanas, Alex se dedicó a corregir sus errores con una intensidad que rivalizaba con la dedicación que había demostrado al construir su imperio. Su primera medida fue despedir a Richard Sterling y a todo su equipo legal, iniciando una investigación interna que reveló varias prácticas cuestionables que Sterling había llevado a cabo en su nombre. Alex se disculpó personalmente con Miguel, el hermano de Sofía, y lo indemnizó por el acoso legal.
Pero lo más importante fue su acercamiento a Daniel. Comenzó con visitas breves, bajo la atenta mirada de Sofía. Le leía cuentos, jugaban con carritos en el suelo de la sala de Sofía, y poco a poco, Daniel empezó a verlo como un "amigo especial" de su madre. Alex no intentó de inmediato usurpar la historia del astronauta. Quería ganarse la confianza de su hijo, no imponer su voluntad.
Sofía, aunque aún cautelosa, empezó a ver un cambio genuino en Alex. Ya no era el adicto al trabajo que la había abandonado. Era un hombre en busca de redención, que se inclinaba para atarle los cordones a Daniel, que escuchaba pacientemente sus historias de la guardería, que incluso la ayudaba a limpiar la cocina después de cenar.
Un día, después de un mes de visitas constantes, Alex le pidió a Sofía que le dejara contarle la verdad a Daniel.
No quiero que crezca con una mentira, Sofía. Y no quiero que descubra la verdad por accidente. Quiero ser yo quien se la diga, contigo a mi lado.
Sofía dudó, pero vio la sinceridad en sus ojos. "De acuerdo, Alex. Pero si le vuelves a hacer daño... no hay vuelta atrás".
Esa tarde, los tres sentados en el sofá, Alex tomó la mano de Daniel. "Campeón", empezó con voz temblorosa, "¿recuerdas cuando mamá te dijo que tu papá era astronauta en una misión muy larga?". Daniel asintió, con los ojos muy abiertos y expectantes. "Bueno, la verdad es que... tu papá no es astronauta. Tu papá soy yo".
Los ojos de Daniel se abrieron aún más y, con la lógica de un niño, preguntó: «Entonces, ¿por qué no estabas conmigo? ¿Por qué no viniste a mi fiesta de cumpleaños?».
Alex sintió un nudo en la garganta. «Tu papá cometió un gran error, Daniel. Estaba tan confundido y asustado cuando eras un bebé, y no sabía cómo ser el padre que necesitabas. Me fui, y eso fue lo peor que pude haber hecho. Pero he vuelto y quiero ser el mejor padre del mundo para ti. Si me das una oportunidad».
Daniel miró a Sofía, quien le sonrió con lágrimas en los ojos. Luego miró a Alex y, con una inocencia cautivadora, se arrojó a sus brazos. "¡Eres mi papá!", exclamó, el final de la historia del astronauta y el comienzo de una nueva realidad.
La vida de Alex cambió radicalmente. Su imperio multimillonario ya no era el centro de su universo. Ahora, el tiempo con Daniel y Sofía era su verdadera riqueza. Invirtió en proyectos que beneficiaban a la comunidad, creando fundaciones para madres solteras y niños en situación de riesgo. Compró una casa más grande para Sofía y Daniel, pero se aseguró de que ella fuera la dueña de la propiedad, no como un regalo, sino como compensación por la injusticia. Se mudó a una casa cercana para estar presente en la vida de su hijo.
Alex y Sofía no retomaron su relación romántica, pero forjaron una amistad inquebrantable y un vínculo de crianza compartida. La "deuda millonaria" de Alex no se pagó con dinero, sino con tiempo, remordimiento y amor incondicional. Aprendió que el verdadero valor de un hombre no reside en el tamaño de su cuenta bancaria ni en su imperio, sino en la profundidad de sus lazos familiares y su capacidad de amar y enmendar los errores. La sonrisa de Daniel y la paz en la mirada de Sofía eran ahora su tesoro más preciado.
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