—No lo sé. Tal vez dejar uno de los trabajos. O los dos. Buscar algo que me permita estar más con ellos… aunque gane menos.
Adela frunció el ceño.
—Eso no es una solución.
—Es la única que tengo.
Ella guardó silencio unos segundos, midiendo sus palabras.
—Quiero proponerte algo —dijo al fin.
Mateo levantó la mirada, alerta.
—Durante un tiempo, mientras tu hermana se recupera, quiero que los niños se queden aquí. Contigo.

Mateo abrió la boca, pero Adela levantó la mano.
—No como un favor. Como parte de tu trabajo. Necesito a alguien de confianza aquí, más horas. Alguien que cuide el jardín… y la casa.
—Señora Adela, yo no puedo aceptar eso —respondió él rápidamente—. No quiero aprovecharme.
—No te estás aprovechando —dijo ella con firmeza—. Me estás ayudando más de lo que imaginas.
Mateo dudó.
—¿Y si la gente habla?
Adela sonrió con una mezcla de ironía y cansancio.
—Han hablado de mí toda mi vida. Ya no me importa.
Los días siguientes fueron extraños y maravillosos a la vez.
Lucía empezó a dejar dibujos sobre la mesa del comedor. Sebastián aprendió a caminar por el pasillo largo, cayéndose y riendo. La casa se llenó de juguetes improvisados, de cuentos antes de dormir, de cenas menos silenciosas.
Adela empezó a cocinar de nuevo. Algo que no hacía desde hacía años.
Mateo seguía trabajando, pero ahora con una tranquilidad distinta. Ya no tenía que correr de un lado a otro. Por las noches, se sentaban los cuatro en la sala a ver películas infantiles que Adela fingía no disfrutar… aunque siempre se quedaba hasta el final.
Pero no todo era tan sencillo.
Una tarde, mientras Adela hablaba por teléfono con su abogado en el despacho, escuchó voces elevadas en el jardín. Se asomó por la ventana.
Mateo estaba discutiendo con una mujer.
Era elegante, bien vestida, con una expresión dura.
—¿Quién es? —preguntó Adela al bajar.
Mateo palideció.
—Es mi suegra —susurró—. La madre de mi esposa.
La mujer miró a Adela de arriba abajo.
—Así que usted es la señora de la casa —dijo con frialdad—. Vengo por mis nietos.
Lucía se escondió detrás de Mateo. Sebastián empezó a llorar.
—No puede llevárselos —dijo Mateo, alterado—. Usted nunca quiso saber nada de ellos.
—Porque no confiaba en ti —respondió ella—. Y ahora veo que tenía razón. Viviendo de la caridad de una mujer rica.
Adela sintió un fuego subirle por el pecho.
—Aquí nadie vive de caridad —dijo con calma—. Mateo trabaja para mí. Y los niños están bien cuidados.
La mujer la miró con desprecio.
—Esto no es normal —dijo—. Los niños no pertenecen a este lugar.
—Los niños pertenecen donde se los ama —respondió Adela—. Y aquí se los ama.
La amenaza quedó flotando en el aire.
Esa noche, Mateo no pudo dormir.
—Si ella va a los tribunales —dijo—, podría perderlos.
Adela lo miró fijamente.
—No voy a permitirlo.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
