—¿Señora?
—Para todos —añadió—. Yo también quiero panqueques.
Mateo obedeció en silencio, todavía sin creer lo que estaba pasando.
Durante el desayuno, Adela escuchó una historia que la dejó sin aliento.
Mateo era viudo desde hacía dos años. Su esposa había muerto de cáncer cuando Sebastián apenas tenía seis meses. Desde entonces, su vida se había convertido en una carrera constante contra el cansancio. Trabajaba de jardinero durante el día y como vigilante nocturno varias veces por semana. Dormía poco. Comía mal. Vivía para sus hijos.
—No quería que usted lo supiera —confesó, removiendo su café sin probarlo—. Tenía miedo de que pensara que no podía hacer bien mi trabajo si tenía tantas responsabilidades.
Adela bajó la mirada.
Ella tenía todo el dinero que alguien podía desear.
Él apenas tenía tiempo para respirar.
Y, sin embargo, era Mateo quien había logrado mantener una sonrisa, cuidar de dos niños y hacer de aquella casa un hogar sin pedir nada a cambio.
Cuando terminaron de desayunar, Adela se levantó.
—Los niños pueden quedarse hoy —dijo con naturalidad—. Yo me encargaré de que estén cómodos.
Mateo la miró como si acabara de decir algo imposible.
—Señora Adela, no quiero causar problemas…
—No los causas —respondió ella—. Los problemas ya existían antes.
Ese día, la mansión cambió.
Hubo juguetes improvisados, dibujos con lápices olvidados, risas que resonaban por los pasillos. Adela se descubrió sonriendo sin darse cuenta. Incluso durmió la siesta en el sofá, algo que no hacía desde hacía años.
Pero al caer la noche, cuando los niños dormían y la casa volvió a quedar en silencio, Adela sintió una inquietud nueva.
Porque sabía que aquello no podía ser solo un día.
Y porque, por primera vez en mucho tiempo, tenía miedo de volver a quedarse sola.
Desde la ventana de su habitación, observó a Mateo en el jardín, sentado en un banco, hablando por teléfono en voz baja. Su expresión era tensa. Preocupada.
Adela no pudo escuchar las palabras.
Pero sí vio cómo Mateo se llevaba una mano a la cara, derrotado.
Y entendió que la historia de esa familia estaba lejos de ser sencilla.
Lo que aún no sabía era que ayudar a Mateo y a sus hijos significaría enfrentarse a decisiones que pondrían en peligro su tranquilidad, su reputación… y la vida que había construido para protegerse del dolor.
Adela no durmió bien esa noche.
Desde su habitación, escuchaba el silencio de la mansión como si fuera algo vivo, expectante. Ya no era el silencio vacío de otros años, sino uno nuevo, cargado de una pregunta que no dejaba de repetirse en su mente: ¿y ahora qué?
Cuando el sol comenzó a filtrarse por las cortinas, se levantó despacio y salió al pasillo. Caminó hacia la habitación de invitados donde había instalado a los niños. La puerta estaba entreabierta. Lucía dormía abrazando una almohada demasiado grande para ella. Sebastián respiraba con la boca entreabierta, profundamente dormido.
Adela se apoyó en el marco de la puerta.
Nunca había tenido hijos. Durante años se lo había dicho a sí misma como si fuera una elección consciente, pero en realidad había sido una renuncia silenciosa. Primero por el trabajo de su esposo, luego por el miedo, después por la costumbre. Cuando él murió, pensó que esa etapa simplemente ya no existía para ella.
Y, sin embargo, allí estaban.
Dos niños que no le pertenecían y que, de alguna manera, habían llenado la casa de una vida que creía perdida para siempre.
En la cocina encontró a Mateo preparando café. Había ojeras profundas bajo sus ojos.
—Buenos días —dijo él con cautela—. Los niños todavía duermen.
—Lo sé —respondió Adela—. No quería despertarlos.
Se sentaron frente a frente. Durante unos segundos, ninguno habló.
—Mateo —dijo finalmente Adela—. ¿Qué vas a hacer cuando tu hermana salga del hospital?
Mateo suspiró.
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