—Señora Adela… —balbuceó—. Yo… yo puedo explicarlo.
Bajó el fuego de la estufa con manos temblorosas. La niña dejó de reír. El pequeño se quedó inmóvil, como si entendiera que algo no iba bien. El aire se volvió espeso, cargado de una tensión que se podía cortar con cuchillo.
—¿Quiénes son estos niños? —preguntó Adela, sin poder apartar la mirada de ellos.
Mateo se quitó el delantal lentamente, como si cada movimiento le pesara.
—Son mis hijos —dijo al fin—. Lucía y Sebastián.
La palabra hijos cayó como una piedra en el centro de la cocina.
Durante ocho meses, Mateo había llegado puntual cada mañana. Nunca faltó. Nunca llegó tarde. Trabajaba hasta el anochecer y se iba en silencio. Jamás habló de familia. Jamás pidió vacaciones. Jamás mencionó a nadie esperándolo en casa.
—¿Tus hijos? —repitió Adela—. ¿Y por qué están aquí? ¿En mi casa? Sin decirme nada.
La dureza de su tono la sorprendió incluso a ella misma, pero estaba confundida. Descolocada. Aquella era su casa, su refugio silencioso, su único espacio seguro desde hacía años.
Mateo bajó la mirada. Sus manos apretaron el delantal con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Mi hermana tuvo un accidente anoche —dijo—. Ella los cuida cuando yo trabajo. Está en el hospital. No tenía con quién dejarlos. Pensé que si venía temprano, les daba desayuno y se iban conmigo… que usted no se daría cuenta.
Su voz se quebró en la última frase.
—Lo siento mucho —añadió—. Entiendo si quiere despedirme.
Adela se quedó inmóvil.
De pronto, su mente empezó a llenarse de recuerdos que nunca había conectado entre sí.
Las mañanas en las que despertaba y encontraba la casa impecable.
El café caliente servido siempre a la misma hora.
Las flores frescas en cada habitación, incluso cuando ella no había pedido nada.
La tubería del segundo piso reparada antes de que causara un desastre.
La cerca recién pintada, las hojas barridas, los pequeños detalles que convertían una mansión fría en un lugar habitable.
—¿Tu hermana está bien? —preguntó finalmente, casi sin darse cuenta de que estaba cambiando el rumbo de la conversación.
Mateo levantó la vista, sorprendido.

—No lo sé —respondió—. La operaron de urgencia por una fractura de cadera. Estará hospitalizada al menos dos semanas.
Adela asintió lentamente.
Caminó despacio hasta la barra donde estaban los niños. La niña, Lucía, la observaba con cautela, colocando un brazo protector delante de su hermanito, como si temiera que aquella mujer elegante pudiera hacerles daño.
—¿Les gustan los panqueques? —preguntó Adela, sentándose en un banquillo.
Lucía dudó unos segundos y luego asintió.
—Mi papi hace los mejores del mundo —dijo con un orgullo tan sincero que a Adela se le apretó el pecho.
Hacía tres años que la casa no escuchaba una risa infantil.
Tres años desde que su esposo murió de forma repentina, dejándola sola en aquella mansión enorme, rodeada de lujo inútil y silencio constante. Al principio, la casa había estado llena de visitas, de condolencias, de palabras vacías. Luego, poco a poco, todos se fueron. Y el silencio se quedó.
—Mateo —dijo de pronto, sorprendida incluso por su propia voz—. Sirve el desayuno.
Él levantó la cabeza, incrédulo.
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