El grito de Adela rompió el silencio de la mansión a las seis en punto de la mañana.

No fue un grito elegante ni contenido, sino uno puro, instintivo, nacido del miedo más primitivo. Acababa de bajar las escaleras descalza, envuelta en su bata de seda color marfil, cuando vio una silueta masculina moviéndose en su cocina. Durante una fracción de segundo pensó que alguien había entrado a robar. Su corazón empezó a latir con tanta fuerza que sintió un zumbido en los oídos.

—¡¿Quién está ahí?! —alcanzó a decir, con la voz rota.

Pero al cruzar el umbral de la cocina, el mundo se detuvo.

No era un intruso.

Era Mateo.

Su jardinero.

Estaba de espaldas a ella, frente a la estufa, volteando panqueques con una espátula. Llevaba un delantal que claramente no era suyo y tarareaba algo en voz baja. En la barra de la cocina, una niña de unos siete años reía con la boca llena, mientras un niño pequeño, sentado en una silla alta, aplaudía cada vez que un panqueque caía perfecto sobre el plato.

La escena era tan absurda, tan doméstica, tan viva, que Adela olvidó por completo por qué había gritado.

Mateo se giró de golpe al escucharla.

El pánico en sus ojos fue inmediato y brutal.

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