La reacción fue inmediata.
Su madre estaba furiosa. Sus amigos se burlaban de él.
"¿Una criada?", decían. "¿Con tres hijos? Estás firmando una factura vitalicia".
Nathan se mantuvo firme. Se casaron en secreto.
En el altar, Emily lloró.
—¿Estás seguro? —preguntó—. Podrías arrepentirte.
—No lo haré —respondió Nathan—. Te quiero a ti y a los niños.
Esa noche, en el silencio de su suite nupcial, Emily temblaba. Nathan se acercó a ella con dulzura, dispuesto a ver las marcas del sacrificio: estrías, cicatrices, recordatorios de la maternidad. Para él, habrían sido símbolos de amor.
Emily se quitó la bata.
Nathan se quedó paralizado.
Su piel estaba suave. Intacta. Sin signos de embarazo. Sin ninguna marca
—Emily... —susurró—. Creí que tenías hijos.
Bajó la mirada, temblando. Luego cogió una bolsita y sacó un viejo álbum de fotos y un certificado de defunción.
—Nunca mentí —dijo en voz baja—. Simplemente nunca supe decir la verdad.
Las fotografías mostraban a una Emily más joven parada junto a tres niños delgados frente a una casa en ruinas.
“Son de mi hermana”, dijo.
Ella pasó la página.
Una cama de hospital. Una mujer moribunda. Emily sosteniéndole la mano.
“Mi hermana Rachel”, continuó. “Su esposo se fue. Ella trabajaba sin parar. Los hombres iban y venían, no por descuido, sino por desesperación”.
Rachel murió al dar a luz a su tercer hijo. El hospital estaba demasiado lejos. La ayuda llegó demasiado tarde.
“Murió agarrándome la mano”, dijo Emily. “Me rogó que no abandonara a sus hijos”.
Emily tenía dieciocho años.
Abandonó la escuela al día siguiente. Vendió todo lo que tenía. Se convirtió en madre de la noche a la mañana
—Entonces, ¿por qué todos pensaban que eran tuyos? —preguntó Nathan.
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