—¿Por qué él?
—Quería adoptarlo —respondió la Sra. Reynolds con simpleza—. Presentó los papeles preliminares y hizo muchas preguntas, pero nunca completó el proceso.
David bajó la mirada hacia sus manos, dándose cuenta de cuánto de la vida de su esposa había dejado de notar mientras estaba a su lado.
Esa noche, David llevó a Aaron a su casa, una gran casa moderna que de repente se sintió fría y desconocida. Aaron se detuvo en la puerta, los ojos muy abiertos, como si tuviera miedo de entrar.
—Puedes entrar —dijo David suavemente.
Aaron asintió y lo siguió, moviéndose con cuidado por las habitaciones, sin tocar nada. David preparó un cuarto de invitados, aunque le preocupaba que pudiera sentirse demasiado impersonal. Esa noche, David leyó los documentos que Lucinda había dejado, incluida una carta dirigida a él que nunca había abierto.
En ella, ella escribía sobre la soledad, sobre sentirse ignorada y sobre su esperanza de que Aaron algún día pudiera tener una familia. David se quedó despierto hasta el amanecer, entendiendo demasiado tarde lo que ella había tratado de darle.
Días después, un abogado contactó a David para discutir la transferencia de Aaron a otra familia lista para adoptarlo. David escuchó en silencio antes de terminar la llamada.
Esa noche, encontró a Aaron sentado en el suelo del pasillo.
—¿Por qué estás ahí? —preguntó David.
—El suelo se siente más seguro —respondió Aaron.
David se sentó a su lado.
—Tengo miedo —admitió—. No sé cómo hacer esto bien. Pero sí sé que no quiero que te sientas solo otra vez.
Aaron lo miró atentamente.
—¿Eso significa que puedo quedarme?
David asintió, con la voz cargada de emoción.
—Sí. Eso significa.
El proceso legal tomó meses, lleno de papeleo e inspecciones, pero el vínculo entre ellos se formó en momentos silenciosos durante comidas compartidas, tareas en la mesa de la cocina y risas tímidas que lentamente se hicieron reales. Cuando se firmaron los papeles finales, Aaron estuvo al lado de David, sosteniendo su mano sin miedo.
Más tarde, regresaron juntos al cementerio. David colocó flores en la tumba de Lucinda, y Aaron puso la fotografía cuidadosamente a su lado.
—Gracias —susurró David, sin saber si hablaba con su esposa o con la vida que ella había dejado atrás.
Aaron entrelazó su mano con la de David, y por primera vez en años, el silencio se sintió amable.
A veces, los comienzos no llegan con certeza o facilidad. A veces, comienzan con un niño durmiendo sobre piedra fría, esperando que alguien finalmente lo vea y decida quedarse.
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