Las lágrimas empaparon los papeles.
Susurré con voz quebrada, aunque sabía que nadie respondería:
“¡Padre Ernesto… lo siento! ¡Me equivoqué! ¡Lo juzgué mal!”
Ese día, no le conté a nadie.
Solo encendí un incienso de copal para él y dejé el sobre y la llave sobre su altar.
Diego y yo no tuvimos necesidad de decir nada a los demás.
Desde ese momento dejé de sentir rencor, de pensar en la injusticia.
Comprendí que el verdadero legado de Don Ernesto no estaba en los bienes que se anuncian en público,
sino en la comprensión silenciosa, la confianza absoluta y el amor secreto que me había dejado.
Y cada mañana, al salir al patio lleno de bugambilias, con el viento soplando suavemente,
todavía creo escuchar su voz, en un dulce susurro que me dice:
“Ve en paz, hija mía. Tienes mi bendición.”
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