Anna abrió la puerta principal, el frío de la noche invernal golpeándola en la cara. La calle estaba desierta, las luces de la calle brillando débilmente en el aire brumoso. Respiró hondo y siguió corriendo, a través del césped, hacia la seguridad incierta de los vecinos.
Se volteó una última vez antes de cruzar la cerca. Mark estaba de pie en el porche, no persiguiéndola activamente, sino observándola. Y en su rostro, Anna vio la verdad final, más dura que cualquier droga o plan: él no sentía remordimiento. Solo molestia.
Y la mirada de sus ojos oscuros, vacíos y ajenos le prometía que la fase dos del plan acababa de comenzar. Y la fase dos era la cacería.
Ahora, Anna no solo tenía que salvar a su hija; tenía que descifrar la conspiración, descubrir quiénes eran los “socios” y qué querían de Lily antes de que Mark la alcanzara. La carrera por la vida de su hija acababa de comenzar en el frío y silencioso amanecer de un suburbio americano.
