¿Qué quieres de mí?, preguntó con voz ronca. Nada, respondió Ernesto. Solo que decidas quién eres realmente. Si eres el nieto de Margarita Solís, que gastó sus últimos ahorros en viajes de fe, o si eres solo otro hombre con poder que olvidó de dónde vino. El líder bajó del autobús, caminó hacia sus hombres.
Todos lo miraban esperando órdenes. Se quedó allí en medio de la carretera bajo un cielo que empezaba a aclararse con el amanecer que se acercaba. Y entonces habló. Muévanse, dijo con voz firme. Abran paso. ¿Qué? El joven nervioso no entendía. Que muevan las camionetas ahora. Pero, jefe, las órdenes. El líder se volvió hacia él con una intensidad que hizo retroceder al muchacho.
Las órdenes cambian cuando yo lo digo. Este autobús pasa hoy, mañana, cada vez que venga sin preguntas, sin revisiones, sin problemas. Pero los de arriba van a diles que revisamos que no había nada, que solo era gente del pueblo yendo a rezar. Su voz se endureció. Y si tienen problema con eso, que hablen conmigo directamente. Los hombres dudaron solo un segundo.
Luego obedecieron. Las camionetas se movieron. La carretera quedó libre. El líder volvió al autobús. Ernesto lo esperaba en la puerta. Gracias, dijo el líder. Pero Ernesto negó con la cabeza. No me lo agradezcas a mí. Agrádécele a tu abuela. Ella sembró algo bueno en ti. Hoy solo recordaste que está ahí.
El líder extendió la mano. Ernesto la estrechó. ¿Cómo sabías que funcionaría? Preguntó el líder. ¿Cómo sabías que no que no haría lo que otros harían? Ernesto sonríó. una sonrisa cansada, pero genuina. No lo sabía, pero tenía fe, la misma fe que lleva a 62 personas a subirse a un autobús a las 3 de la mañana para ir a rezar.
A veces, muchacho, la fe es lo único que tenemos y a veces es suficiente. El autobús arrancó. Ernesto manejó despacio, alejándose del retén. En el espejo retrovisor vio como las camionetas se quedaban allí inmóviles mientras el cielo se pintaba de naranja y rosa. Detrás de él, los peregrinos empezaban a despertar. Doña Lupita se desperezó.
Ya llegamos, don Ernesto doña Lupita, todavía faltan 8 horas.Todo bien. Sentí que nos detuvimos. Todo bien. Solo una pequeña parada. Ernesto no contó lo que había pasado, no esa mañana, ni ese mes, ni ese año. Pero tres semanas después, cuando hizo la misma ruta con otro grupo de peregrinos, vio algo diferente en el kilómetro 47.
Las camionetas estaban ahí, pero esta vez cuando vieron el autobús acercándose, simplemente se hicieron a un lado, sin detenerlo, sin preguntas. Y en el parabrisas de una de las camionetas, alguien había pegado una estampita de la Virgen de Guadalupe. Pequeño detalle, pero Ernesto lo notó y sonríó. 6 meses después de esa madrugada, Ernesto recibió un sobre en su casa sin remitente, solo su nombre escrito a mano. Dentro había dos cosas.
Primero, un billete de 500 pesos con una nota para el fondo de mantenimiento del autobús. Anónimo. Segundo, una fotografía vieja. Era su abuela Margarita de pie junto al autobús de Ernesto, tomada en 2003. Ella sonreía. Detrás de ella se veía a un niño de unos 10 años. El niño miraba el autobús con asombro.
En el reverso de la foto, una frase escrita con letra temblorosa. Ella tenía razón. Su nieto protege a la gente, solo que de una forma que ella nunca imaginó. Gracias por recordármelo. El nieto de Margarita. Ernesto guardó la foto en su cuaderno, en la misma página donde estaba la firma de Margarita Solís de Navarro. Y cada vez que pasaba por el kilómetro 47, cada miércoles, cada viernes, cada domingo de peregrinación, recordaba que a veces las batallas más grandes no se pelean con fuerza, se pelean con memoria, con dignidad, con la capacidad de recordarle
a alguien quién era antes de olvidarse de sí mismo. Ernesto Villarreal manejó esa ruta 7 años más hasta que sus manos dijeron basta, hasta que sus ojos ya no podían ver con claridad la carretera nocturna. El día de su último viaje, en el kilómetro 47, había algo diferente. No había camionetas, había flores, cientos de flores a un lado de la carretera y una manta que decía, “Gracias por cuidar la fe del pueblo.
Los que nunca olvidamos.” Ernesto detuvo el autobús, bajó, tocó las flores. Los 60 peregrinos que iban con él ese día bajaron también. Rezaron un Padre Nuestro por todos los viajes, por todos los que habían pasado, por todos los que vendrían. Y cuando Ernesto volvió a subir al autobús para el último tramo, doña Lupita, ahora de 90 años, todavía haciendo sus peregrinaciones, le dijo, “Don Ernesto, ¿sabe que es un milagro de verdad?” ¿Qué, doña Lupita? No es que el enfermo se cure, ni que el pobre se haga rico.
El milagro de verdad es cuando alguien que estaba perdido se encuentra. Cuando alguien que había olvidado quién era, lo recuerda. Ernesto asintió. Tal vez tenga razón, doña Lupita. No es tal vez mijo, es seguro, porque yo he visto milagros en este autobús y el más grande de todos fue el que pasó hace 7 años en el kilómetro 47.
El día que usted le recordó a un hombre perdido que su abuela todavía creía en él. Ernesto no preguntó cómo sabía porque en 49 años de manejar esa ruta había aprendido que en los pueblos pequeños los secretos no existen. Existen solo las historias. Y las historias se cuentan, se pasan, se recuerdan y a veces cambian vidas.
Hoy ese autobús ya no existe. Se retiró. está en un pequeño museo del pueblo con una placa que dice, “En memoria de Ernesto Villarreal, chóer de fe, guardián de esperanzas.” Pero la ruta continúa. Otros chóeres la manejan ahora, otros peregrinos la recorren. Y cada vez que pasan por el kilómetro 47 hay una tradición.
El chóer toca el claxon tres veces, los peregrinos se persignan y todos guardan un minuto de silencio. Por el chóer que no tuvo miedo, por el líder que recordó quién era, por la abuela que sembró fe. Porque a veces en una carretera oscura, en medio de la nada, con todo en contra, la fe hace milagros y los milagros a veces tienen forma de un viejo autobús azul, un termo de café con canela y un cuaderno lleno de nombres de gente que nunca dejó de creer
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
