Extendió su termo de café hacia el líder y dijo cinco palabras que nadie esperaba. ¿Quieres un café? Está frío aquí afuera. El líder miró el termo como si fuera un objeto alienígena. Sus hombres detrás de él parecían igual de confundidos. ¿Me estás ofreciendo café? Está recién hecho. Mi esposa lo preparó a las 2 a.
Ella siempre se levanta hasta hacerme café antes de estos viajes. Dice que el café de la casa me protege en la carretera. Ernesto sonríó ligeramente. No sé si es cierto, pero llevo 42 años sin accidentes graves. Tal vez tenga razón. El hombre joven detrás del líder susurró, “Jefe, esto es raro, muy raro.” Pero el líder extendió la mano, tomó el termo, se sirvió un poco en la tapa extra que Ernesto sacó de su bolsa.
bebió un zorbo. El café estaba caliente con canela y piloncillo, exactamente como su abuela lo hacía cuando él era niño. Y en ese instante, solo un instante, dejó de ser el jefe de plaza del SNG en esa zona. Fue solo un hombre de 35 años recordando una cocina cálida de hace 20 años. ¿Por qué no tienes miedo?, preguntó en voz baja, casi para sí mismo.
Ernesto guardó silencio por un momento. Luego habló con una voz que llevaba el peso de cuatro décadas de caminos. Porque he visto morir a demasiada gente con miedo y he visto vivir a mucha gente con fe. Y aprendí que la fe, la verdadera, no se asusta. se enfrenta con respeto, pero sin miedo. El líder terminó el café, miró hacia el autobús, podía ver las siluetas de las personas durmiendo, ancianos, niños, familias y algo dentro de él, algo que había enterrado hace mucho tiempo, empezó a moverse.
“Tenemos órdenes”, dijo el líder. Pero su voz sonaba diferente ahora, menos segura. Lo sé, respondió Ernesto. Y tú tienes que cumplirlas. Yo lo entiendo, pero déjame preguntarte algo. ¿Qué? ¿Cuál es la orden exactamente? Detener el autobús. Ya lo hiciste. Revisar qué llevamos. ¿Puedes pasar? Revisa cada asiento, cada maleta.
No encontrarás nada más que ropa vieja, biblias y rosarios. Quedarte con el autobús es de una cooperativa de transportes del pueblo. Tiene 40 años. Vale menos que una de tus camionetas. El líder no respondió. O la orden es hacer algo con la gente. Silencio. Un silencio tan pesado que parecía físico. Ernesto se inclinó ligeramente hacia adelante.
Porque si es eso, entonces tú y yo tenemos un problema. Porque yo no me voy a mover de este asiento. Y ellos, señaló hacia atrás, no se van a bajar del autobús y vas a tener que tomar una decisión que tal vez no puedas destapar después. El joven nervioso intervino. Jefe, ya llevamos mucho tiempo aquí.
Los de Xlan nos van a estar esperando para el reporte de las 6. Pero el líder levantó la mano. Silencio. Caminó hacia la parte trasera del autobús. Sus botas resonabanen el pasillo. Los peregrinos dormían. Un niño abrazaba un oso de peluche. Una anciana tenía un rosario entre las manos. Un hombre roncaba suavemente. Gente normal, gente como su madre, como su tía, como la gente de su pueblo antes de que todo cambiara.
Y fue en ese momento mirando a ese niño con el oso de peluche, cuando el líder recordó algo que su abuelo le había dicho 25 años atrás, algo que había olvidado completamente hasta ahora. Su abuelo le había dicho, “Mi hijo, en esta vida vas a tener que elegir muchas veces entre el camino fácil y el camino correcto. Y te voy a decir un secreto, el camino fácil siempre te cobra después. Siempre.
El líder volvió hacia donde estaba Ernesto. Su rostro había cambiado. Ya no era la máscara dura de siempre. Mi abuela empezó a decir, luego se detuvo. Tu abuela qué? Preguntó Ernesto suavemente. Mi abuela hacía viajes como este a Talpa, a San Juan cada año. Decía que era lo único que le daba paz. Sigue viva. Murió hace 3 años.
Su voz se quebró apenas. Nunca pude llevarla a su último viaje. Estaba ocupado. Ernesto asintió sin juzgar, solo entendiendo. ¿Sabes qué es lo que más me pesa de esta ruta? Dijo Ernesto. No son los retenes, no son los caminos malos, no son las largas horas. Es cuando alguien me dice, “Ernesto, mi mamá quería hacer este viaje, pero ya no pudo. Se fue antes.
” El líder cerró los ojos. Cada persona en este autobús, continuó Ernesto, está usando tiempo que no sabe si tendrá después. Están gastando dinero que tal vez necesiten para comer. Están dejando trabajos, responsabilidades. ¿Por qué? Porque algo dentro de ellos les dice que necesitan estar allá, que necesitan cumplir esa promesa, que necesitan pedir ese milagro.
abrió la guantera del autobús, sacó un cuaderno viejo maltratado. ¿Ves? Esto son las firmas de cada peregrino que ha viajado conmigo en 42 años. Miles de nombres, miles de historias. Algunos ya no están, pero sus nombres siguen aquí porque su fe sigue aquí. Le extendió el cuaderno al líder y cuando el líder abrió ese cuaderno en una página al azar, se quedó completamente inmóvil.
Porque el nombre que vio allí era imposible, absolutamente imposible. Margarita Solís de Navarro. 15 de agosto de 2003. Viaje a Zapopan por la salud de mi nieto. El líder leyó el nombre tres veces. Sus manos empezaron a temblar. Esta es esta era mi abuela. Ernesto asintió lentamente. Lo sé.
La reconocí cuando subiste al autobús. Tienes sus ojos y su forma de pararte. Ella siempre decía que su nieto iba a ser alguien importante, que iba a proteger a la gente. Hizo una pausa significativa. Supongo que no imaginó que sería así. El líder cerró el cuaderno. Sus hombres afuera empezaban a impacientarse, los radios crepitaban, el tiempo corría.
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