Todo bien, Ernesto. Todo bien, padre, solo preparándome. El jueves, Ernesto llamó a cada uno de los 62 pasajeros registrados para el viaje. Uno por uno. ¿Está seguro de que quiere ir? Su familia sabe, lleva sus medicinas. Preguntas que nunca antes había hecho con tanta insistencia. Doña Lupita, de 84 años, que iba a cumplir una promesa por la salud de su nieto, le dijo, “Mi hijo, llevo esperando este viaje 6 meses.
Aunque el mundo se acabe, yo voy.” Y el viernes a las 2:45 a, cuando todos subieron al autobús con sus mochilas, sus termos de café, sus rosarios y sus esperanzas, Ernesto cerró las puertas, ajustó el espejo retrovisor, encendió el motor y arrancó hacia la noche, sabiendo exactamente lo que vendría, porque lo que nadie sabía, ni siquiera los que venían a detenerlo, era que Ernesto Villarreal había manejado esa ruta durante la época más oscura de México y había aprendido lecciones que ninguna academia podría enseñar. Las
luces se hicieron más brillantes en el retrovisor. Ernesto miró el odómetro. Kilmetro 46.3 Estaba cerca. Bajó la velocidad gradualmente, sin frenar bruscamente, sin despertar sospechas, como quien simplemente respeta los límites de velocidad en una carretera oscura. Kilómetro 46.8. Las camionetas se acercaron más.
Ahora podía ver que eran cuatro, no tres. Luces altas, velocidad intimidante. Kilómetro 47.0. Justo ahí, las camionetas aceleraron y se pusieron delante del autobús. Una maniobra coordinada profesional. Cerraron el paso en forma de abanico. Ernesto se detuvo. El autobús exhaló un suspiro de frenos neumáticos.
El motor al ralentí era el único. Sonido en esa madrugada fría. Miró por el espejo lateral. Los hombres bajaban de las camionetas. 6 8 10. Todos con radios, linternas. Ese caminar característico de quien está acostumbrado a que nadie se le oponga. Uno de ellos, parecía el líder, se acercó a la puerta del conductor.
Tocó el vidrio con los nudillos, dos golpes secos. Ernesto abrió la puerta y lo que dijo en ese momento dejó al hombre completamente desconcertado, porque no fue miedo lo que vio en los ojos de Ernesto. Fue reconocimiento. Llegas tarde, dijo Ernesto con voz tranquila. Te esperaba hace 20 minutos. El hombre se quedó congelado detrás de él.
Sus compañeros intercambiaron miradas confundidas. ¿Qué dijiste, viejo? Ernesto apagó el motor, tomó su termo de café, se sirvió un poco en la tapa que servía de taza. El vapor subía en espirales en el aire frío. “Que llegas tarde.” Me llamaron el domingo. Dijeron kilómetro 47, madrugada del viernes. Ya son las 4:52. En mi reloj. Eso es tarde.
El líder, un hombre de unos 35 años, complexión fuerte, mirada dura, subió el primer escalón del autobús. Su linterna iluminóel rostro de Ernesto. ¿Quién te llamó? No me dijeron su nombre. Solo me dijeron que habría un retén aquí, que querían hablar conmigo. Y aún así viniste. Ernesto tomó un sorbo de café. miró al hombre directamente a los ojos.
Llevo 42 años manejando esta ruta. He visto de todo. Retenes militares, retenes de ustedes, retenes de otros grupos, asaltos, secuestros, intentos de soborno. Hizo una pausa y aprendí algo muy simple. Si vas a pasar, pasas. Si no vas a pasar, no pasas. Pero esconderse, esconderse solo empeora las cosas. El líder estudió a Ernesto durante 10 segundos completos, buscando miedo, buscando debilidad, buscando el temblor en la voz que siempre encontraba en situaciones como esta, pero no encontró nada de eso y eso lo desconcertó
profundamente. ¿Sabes quiénes somos?, preguntó el líder. Sé que tienen el control de esta zona desde hace 8 meses. Sé que antes había otros y sé que dentro de unos años tal vez sean otros diferentes. Ernesto señaló con la cabeza hacia atrás, donde dormían los peregrinos. Pero ellos, ellos seguirán viniendo, porque la fe no negocia territorios.
Otro hombre subió al autobús más joven, nervioso, con el dedo cerca de la radio. “Jefe, ¿qué hacemos?” El líder no respondió. Seguía mirando a Ernesto. ¿Qué llevas en el autobús? 62 peregrinos, 17 niños, 28 mujeres, 17 hombres. Van a la basílica de Zapopan. Algunos a dar gracias, otros a pedir milagros.
Doña Lupita allá en el asiento 23 va a rezar por su nieto que tiene leucemia. Don Roberto a 115 va a cumplir una promesa porque su hija sobrevivió un accidente. La familia Hernández completa a 108 al 12 van porque perdieron su casa en el Milna de Sin Atlanta Mes Huracán y quieren pedir fuerza para empezar de nuevo. El líder parpadeó.
¿Te sabes la historia de cada uno? de cada uno”, confirmó Ernesto. “Es mi trabajo no solo manejar, conocer a quién llevo, saber por qué van, entender que mi autobús no es solo un autobús, es un templo móvil, un pedazo de esperanza con ruedas.” Y entonces Ernesto hizo algo extraordinario, algo que cambiaría completamente la dirección de esa madrugada.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
