“¡Por favor… alguien, por favor, salve a mi hija!”
El grito desgarró el aire estéril del Hospital St. Mary como una cuchilla.
Una joven madre, con el abrigo roto y los zapatos gastados, cayó de rodillas frente al mostrador, sosteniendo en sus brazos a una niña frágil.
Un osito de peluche colgaba de la mano de la pequeña, mientras su pequeño pecho luchaba por respirar.
Las enfermeras desviaron la mirada.
Los pacientes observaban —algunos con compasión, otros con indiferencia—.
Pero nadie dio un paso al frente.
Hasta que él lo hizo.
Adrien Cross.
Billonario. Empresario implacable. Un hombre cuyo imperio se extendía por torres de vidrio y salas de juntas.
No debía estar allí —solo pasaba para una reunión sobre una nueva ala médica financiada por su empresa—.
Su mundo era de aviones privados y agendas apretadas, no de salas de espera ni de sufrimiento humano.
Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Marissa Lane, ardiendo con la desesperación de una madre, se detuvo.
—Por favor… ayude a mi hija… no puede respirar… —suplicó ella, con la voz quebrada.
La recepcionista respondió con frialdad:
—“Señora, no podemos comenzar el tratamiento sin el pago previo.”
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