Pero una noche, todo cambió.
Al principio, el bebé empezó a gemir suavemente. Después de unas horas, el llanto se hizo más fuerte y, al anochecer, se había convertido en un grito continuo. No se calmaba, ni en brazos ni en la cuna. Tenía el cuerpo tenso, la cara enrojecida y la respiración entrecortada.
El padre llevaba al niño por la habitación, intentando mecerlo. La madre intentó todo lo que se le ocurrió. Le dieron de comer, le cambiaron el pañal y lo abrigaron bien. El apartamento estaba cálido, pero el llanto no cesaba.
Al anochecer, los padres acudieron a urgencias. Los médicos examinaron al niño, le tomaron las constantes vitales y diagnosticaron un cólico común, común en bebés. Recomendaron masajes y gotas para los ojos, y lo enviaron a casa.
Los padres creyeron a los médicos.
Durante los dos días siguientes, el niño apenas durmió. El llanto continuaba día y noche. Los padres se intercambiaban de posición, lo cargaban en brazos y paseaban por el apartamento, pero fue en vano. La fatiga aumentaba y la ansiedad, cada vez más.
La tercera noche, el padre mandó a su esposa a descansar y se quedó solo con el bebé. Se sujetó el portabebés al pecho y caminó lentamente de una habitación a otra, intentando no detenerse. Con el tiempo, el llanto del bebé se fue apagando y se convirtió en una respiración agitada.
Cuando el bebé se calmó un poco, el padre se incorporó y lo observó atentamente. Notó que una pierna de su hijo se movía con normalidad, pero la otra apenas se movía y permanecía doblada. Esto le pareció extraño.
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