El abusador pateó a un niño negro ciego, sin saber que el niño era un guerrero peligroso.

—¿Calmado? ¿Después de estarme ignorando todo el día?

Miguel acomodó las manos sobre el tambor.

—No ignoro a nadie. Solo elijo no responder con agresividad.

Esa frase le cambió la cara a Gael.

El maestro entró y cortó la tensión.

—Vamos a calmarnos, jóvenes.

Pero Gael, al pasar junto a Miguel rumbo al frente, murmuró:

—Esto no se acaba aquí.

Miguel no respondió. No porque tuviera miedo. Porque sabía algo que los demás todavía no entendían: la violencia casi siempre busca espectáculo.

Y él no se lo iba a dar… hasta que fuera inevitable.

En el patio, al final de la jornada, había más gente de lo normal. Algo en el ambiente ya se había corrido: Gael trae bronca con el nuevo.

Miguel estaba sentado en una banca apartada. El bastón recargado. El rostro hacia el sol, como si lo sintiera en la piel aunque no lo viera.

Escuchó pasos.

No los pasos sueltos de alguien que pasa. Eran pasos alineados, con seguridad, como un grupo que viene a “hacer acto”.

Gael apareció con tres amigos detrás.

—¿Seguro? —preguntó uno, nervioso.

Gael sonrió.

—Nomás mira.

Se paró frente a Miguel y de una patada tiró el bastón al suelo. El golpe contra el cemento sonó como campana.

Miguel giró el rostro hacia la voz.

—Déjame en paz, Gael.

Gael soltó una risa corta.

—Estás en mi lugar. Hoy vas a aprender.

Tomó impulso. Echó la pierna atrás. Y entonces vino el chute, directo a las costillas.

Algunos sacaron el celular.

Otros se quedaron congelados.

Y justo ahí, en ese momento que parecía escrito para terminar mal…

Miguel se inclinó un poco.

Nada dramático. Nada exagerado.

El pie cortó el aire.

Golpeó vacío.

Y el silencio del patio fue como una bofetada colectiva.

Gael se quedó sin entender. Su cuerpo, por un segundo, dudó.

Miguel se levantó.

Sus movimientos fueron firmes, precisos, como alguien que conocía su propio cuerpo con disciplina. No se lanzó con rabia; se defendió con técnica.

Un golpe corto al torso. Gael se dobló.

Otro, controlado, para frenar el avance.

Gael intentó reaccionar, pero cada intento encontraba el lugar exacto donde Miguel ya estaba preparado.

En pocos segundos, Gael cayó al piso, jadeando, aturdido, sin la fuerza para seguir.

Sus amigos retrocedieron como si de pronto el “líder” ya no fuera un escudo, sino un problema.

—¡Vámonos! —dijo uno, asustado.

Y corrieron.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.