—Qué cómodo… no necesitas copiar nada del pizarrón.
—Escuché las instrucciones. Con eso me basta.
Un alumno cerca de la ventana se volteó.
—Ya déjalo, Gael.
—Tú cállate —le soltó Gael, rojo de coraje.
Luego tiró una pluma al brazo de Miguel.
Miguel la recogió del suelo sin drama. Estiró el brazo hacia atrás sin siquiera voltear y la dejó sobre la mesa de Gael.
—Es tuya —dijo.
Eso lo volvió loco.
—¿Por qué haces eso? ¿Te crees superior?
Miguel respondió sin subir el tono:
—Solo intento poner atención.
A alguien se le escapó una risita.
—Ni te pela, Gael. Te estás humillando tú solo.
El maestro se detuvo.
—¿Todo bien ahí atrás?
Gael enderezó la espalda, fingiendo.
—Sí, profe.
Miguel hizo un pequeño gesto.
—Sí, señor.
La clase siguió, pero el veneno ya estaba plantado.
No era Miguel el que provocaba. Era Gael el que no soportaba no poder controlar la reacción de alguien.
En el comedor, el ruido era una ola: charolas chocando, risas, gritos, conversaciones.
Miguel encontró una mesa vacía en una esquina. Tocó el borde de la banca, se ubicó, acomodó su comida y empezó a comer lento, sin apuro.
Del otro lado, Gael golpeaba su lata de refresco sobre la mesa.
—Todavía con eso… —le dijo un amigo—. Ya, güey.
—Es que actúa como si nada le pegara —murmuró Gael, mirando a Miguel—. Como si fuera intocable.
—Pues no te está haciendo nada —repitió alguien.
Gael se inclinó.
—Ese es el problema. Voy a hacer que me note.
Varias mesas alrededor empezaron a mirar. Algunos ya conocían ese brillo en los ojos de Gael: el momento exacto en que dejaba de ser “broma” y se volvía peligro.
Miguel, en cambio, solo escuchó el arrastrar de una silla, el cambio de peso de pies acercándose, el silencio incómodo de los que presentían bronca.
—¿Alguien anda nervioso? —preguntó Miguel con calma, más para el aire que para nadie.
Un chico de una mesa cercana le respondió bajito:
—Relájate, compa… mejor ignóralo.
Miguel asintió.
—Eso hago.
Y ese “eso hago” fue gasolina para Gael.
La clase de música parecía un respiro del resto del día. Instrumentos regados, baquetas, cables. Algunos afinando guitarras, otros golpeando suave un tambor.
Miguel se sentó al fondo. Pasó los dedos por la orilla de un tambor, sintiendo la vibración como si leyera un idioma secreto.
Gael entró con pasos pesados, tiró la mochila a un lado de Miguel con un golpe seco.
Miguel hizo una pausa mínima, registrando el sonido nuevo.
—¿Seguro que estás en el salón correcto? —susurró Gael.
—Mi horario dice que sí.
Gael arrastró una silla con fuerza, el ruido raspando el piso a propósito.
—Te crees especial.
—No pienso eso —respondió Miguel—. Solo quiero estar calmado.
Gael se rió sin humor.
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