Dos alumnos junto a los lockers cuchichearon:
—Es nuevo.
—Sí, pero camina como si ya conociera todo.
Miguel no reaccionó. Solo siguió su ruta, guiándose por ecos, por voces, por el chirrido particular de ciertos casilleros. Su manera de andar parecía decir: no me pierdo, solo me muevo distinto.
Más adelante, recargado contra un locker metálico, estaba Gael Mendoza.
Catorce años, sonrisa peligrosa, corte de cabello perfecto y esa mirada de quien vive convencido de que el mundo se organiza para no decirle “no”. No era el más grande, ni el más fuerte, pero tenía algo peor: un grupo que lo seguía y una reputación de “intocable”.
Cuando vio a Miguel acercarse, el gesto de Gael cambió.
—¿Qué te pasa? —le preguntó uno de sus amigos.
Gael apretó la mandíbula.
—No me gusta cómo camina… como si todo fuera fácil.
—Estás exagerando, güey —dijo otro—. Déjalo.
Miguel llegó al tramo donde estaba el grupo. Iba a pasar de largo cuando Gael dio un paso al frente y chocó con él a propósito. No fue un empujón fuerte. Solo lo suficiente para buscar el desequilibrio.
Miguel se sostuvo.
Ni se tambaleó.
—¿Todo bien? —preguntó con tranquilidad.
La voz no temblaba. No pedía permiso. No suplicaba. Era calma pura.
Esa calma fue lo que le ardió a Gael.
—¿Sabes al menos para dónde vas? —lo provocó, acercándose.
Miguel giró apenas el rostro hacia el sonido.
—Sigo lo que escucho.
Un amigo de Gael murmuró:
—No te está haciendo nada.
Gael lo ignoró.
—Pues ponte trucha, ¿no? No vaya a ser que te… pierdas.
Miguel asintió con educación.
—Yo nomás estoy en lo mío.
Y siguió caminando.
Gael se quedó mirándolo, con el orgullo apretado en el pecho, como si el silencio del otro fuera una burla. No lo era. Pero Gael necesitaba creer que sí, porque eso le daba una excusa.
En la primera clase, el salón se llenó del ruido de siempre: sillas arrastrándose, mochilas abiertas, hojas pegándose a las mesas.
Miguel se sentó adelante. Puso el bastón a un lado. Dejó las manos sobre el pupitre y se quedó… escuchando. Como si armara el mapa de la clase con sonidos: la voz del maestro, el lápiz del chico de la ventana, el aire acondicionado flojo.
Gael se dejó caer en la silla justo detrás de él.
—¿Sigues clavado con lo del pasillo? —le susurró un amigo.
Gael apretó un pedacito de papel y lo lanzó al hombro de Miguel.
—Se cree mejor que todos.
Miguel sintió el golpecito, tomó el papel sin prisa y lo dejó a un lado, como si fuera polvo.
—No hablas mucho, ¿verdad? —insistió Gael.
—Prefiero escuchar —respondió Miguel—. Ayuda a aprender.
Gael sonrió de lado.
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