La fiesta en la piscina debía ser tranquila y cálida: solo la familia, el sol y el sonido de los niños jugando.
Pasé la mañana limpiando el patio, colocando toallas y llenando una hielera de jugo. Cuando llegó mi hijo Ryan con su esposa Melissa y sus dos hijos, todo parecía normal al principio.
Pero Lily no corrió hacia la piscina como lo hizo su hermano mayor.
Salió del coche lentamente y se sentó en el borde de la terraza, jugueteando con el dobladillo de su vestido. Tenía los hombros hundidos y evitaba las miradas de todos. Me acerqué con su traje de baño y me arrodillé a su lado.
—Cariño —dije con dulzura—, ¿quieres ir a cambiarte? Hoy el agua está muy bien.
Ella negó con la cabeza sin levantar la vista. «Me duele la barriga», susurró.
Extendí la mano para acariciarle el pelo, pero se estremeció. Ese pequeño movimiento me sobresaltó. Lily solía ser cariñosa: siempre abrazando, siempre riendo. Esto no era propio de ella en absoluto.
Antes de que pudiera preguntar más, la voz de Ryan llegó bruscamente detrás de mí:
«Mamá, déjala en paz».
—Sólo estoy comprobando cómo está —respondí confundido.
Melissa intervino rápidamente, con una sonrisa tensa. «Es sensible», dijo. «Si le prestamos atención, se enoja más. Por favor, no interfieras».
