Aunque Helen estaba en prisión, Etan no podía odiarla del todo. La vergüenza de sus acciones lo atormentaba. Pero Amara, con su recién nacida en brazos, parecía más tranquila.
“Aferrarse a la ira solo nos hace daño”, dijo en voz baja una mañana. “Como el té de tu madre: se envenena lentamente”.
Sus palabras se quedaron con él.
Cuando el juicio de Helen terminó meses después, Etan y Amara asistieron. Helen parecía frágil, con la mirada hundida. Mientras los guardias la observaban, Amara dio un paso al frente.
—Señora Carter —dijo con dulzura—, casi me lo quita todo. Pero no dejaré que el odio defina quién soy. La perdono, no por usted, sino por mí... y por nuestro hijo.
Los labios de Helen temblaron. Por primera vez, se le saltaron las lágrimas. «Lo siento», susurró.
Resurgiendo de las cenizas
Un año después, Etan y Amara se mudaron a una casa tranquila junto al mar. La risa de Liam llenaba cada rincón.
Una tarde, mientras contemplaban la puesta de sol, Amara se apoyó en su hombro.
«Ese día», murmuró Etan, «cuando vi tu barriga moverse, sentí que el universo me daba una última oportunidad».
Amara sonrió. "Y te lo llevaste".
Miró a su hijo jugando en la arena. «Resurgimos de las cenizas, Etan. De verdad».
La besó suavemente en la frente. "Y esta vez, dejaremos que solo el amor brille con fuerza".
El viento traía el aroma de la sal y de la paz, lejos del fuego que una vez casi se llevó todo.
Porque cuando el amor es real sobrevive incluso a las llamas.
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