Diego entró en pánico. El ruido de los fotógrafos detrás de la verja, los flashes que se colaban por las rendijas, las voces que gritaban su nombre… Todo era demasiado.
—¡Nunca voy a poder ser normal! —gritó—. ¡No pertenezco a este lugar!
Agarró la mano de Mateo y corrió hacia la puerta.
—Nos vamos —dijo—. Volvemos a la calle. Allí por lo menos nadie mira.
Antes de que alcanzaran la salida, Ana los abrazó con fuerza por la espalda, rodeándolos con los brazos como si fueran pequeños todavía.
—Perteneces conmigo, Diego —susurró con una fuerza tranquila—. Nadie te va a arrancar de aquí otra vez. Ni cámaras, ni periodistas, ni nadie.
Por primera vez desde aquella noche en el restaurante, Diego no intentó soltarse. Se dejó caer contra su pecho y rompió a llorar, con un llanto profundo, viejo, que llevaba muchos años guardando.
Los meses pasaron. Ana buscó ayuda profesional: psicólogos, orientadores, profesores particulares que entendieran su situación. Diego volvió a la escuela, poco a poco, con miedo al principio. Mateo también empezó a estudiar con regularidad. Llegaban cartas del colegio, algunas con buenas noticias, otras con retos por delante, pero Ana estaba ahí en cada paso.
Diego dejó de mirar la puerta como si fuera a salir corriendo en cualquier momento. Empezó a dejar libros sobre la mesa, un cuaderno en el sofá, una sudadera en la silla. Era la señal silenciosa de que empezaba a sentir esa casa como suya.
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