—Si de verdad soy tu hijo… —dijo, apretando los dientes—, ¿por qué no me encontraste antes?
La pregunta la atravesó como un cuchillo. Ana se sentó a su lado, con las manos temblorosas.
—Lo intenté, Diego —susurró—. Después del accidente, los médicos y la policía me dijeron que no habías sobrevivido. Que no había ninguna posibilidad. Me caí al suelo. Creí que la vida se había terminado para mí. Pero nunca dejé de pensar en ti. Creé fundaciones, visité hospitales, fui a centros de menores, contraté investigadores privados… —se le quebró la voz—. Pero nunca pensé en buscar entre los niños que vivían en la calle. Nunca imaginé que estuvieras ahí.
Diego apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Yo desperté en un hospital, solo —dijo—. Me dijeron que mi madre había muerto. Me mandaron a una casa de acogida. Pero allí… no nos trataban bien. A veces nos gritaban, a veces nos pegaban. Nadie se preocupaba de verdad. Un día, Mateo y yo decidimos escaparnos. Pensamos que en la calle, por lo menos, podríamos cuidarnos el uno al otro.
Mateo asintió despacio.
—Nosotros nos cuidamos —dijo en voz baja—. Nadie más lo hacía.
Las lágrimas volvieron a resbalar por el rostro de Ana. Alargó las manos y tomó las de ellos, una en cada mano.
—A partir de hoy no tendréis que huir nunca más —prometió—. Ni pasar frío, ni hambre, ni miedo. Lo juro.
Los días siguientes pasaron despacio, casi con timidez. Ana preparaba el desayuno ella misma, aunque no le hiciera falta. Dejó a un lado reuniones importantes para estar en casa cuando ellos despertaran. Se sentaba en el borde de la cama de Diego cuando él se despertaba sobresaltado por pesadillas con coches, sirenas y pasillos de hospital.
Mateo empezó a confiar antes. Le gustaba ayudar en la cocina, escuchar cómo Ana contaba historias de cuando Diego era pequeño, de la cicatriz en la ceja, de la bicicleta roja. Pero Diego vivía una lucha interna. A menudo se quedaba largo rato mirando las fotos de la casa: un niño más pequeño con la misma mirada, un cumpleaños con globos azules, una tarde en el parque. Era como mirar la vida de otro.
Algunas noches se encerraba en el cuarto y lloraba en silencio, sin saber si odiar esa nueva realidad, desearla o ambas cosas a la vez.
Una mañana, muy temprano, sonó el timbre de la entrada de la urbanización. Cuando Ana miró por la cámara, vio algo que le heló la sangre: un grupo de periodistas y fotógrafos con micrófonos y cámaras. Alguien había filtrado la historia.
Las noticias se llenaron de titulares: “Empresaria encuentra a su hijo entre niños sin hogar”. Las imágenes del restaurante se repitieron en programas y páginas web.
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