—¿Cómo sabe ese nombre? —preguntó, asustado.
La respiración de Ana se entrecortó. Todo el restaurante estaba en silencio absoluto. Con manos temblorosas, abrió su bolso y sacó una foto arrugada: un niño sonriente con gorra roja, abrazado a ella.
—Este eres tú, cariño —dijo, rompiéndosele la voz—. Eres mi hijo.
Diego negó con la cabeza, con tanta fuerza que su pelo se movió delante de los ojos.
—¡No! Mi mamá está muerta. Murió en el accidente de coche. ¡Eso me dijeron!
El niño pequeño que iba a su lado, de unos diez años, le agarró el brazo.
—Diego, quizá ella… —empezó.
—¡Cállate, Mateo! —gritó Diego, con los ojos abiertos de par en par—. ¡Está mintiendo!
Las lágrimas caían sin control por las mejillas de Ana.
—No, mi vida… —susurró—. A mí me dijeron que tú habías muerto. Me dijeron que no había nada que hacer. Pero yo nunca te olvidé. Cada año, cada día, te busqué. Nunca dejé de buscarte. Por favor, mírame.
Diego volvió a mirar la fotografía. El recuerdo que había intentado enterrar empezó a despertar: la luz de los faros, el ruido del cristal al romperse, el olor de hospital y un pasillo largo y frío.
Se dejó caer de rodillas, como si las piernas ya no pudieran sostenerlo.
—No entiendo nada —murmuró, con la voz rota.
Ana también cayó de rodillas frente a él y lo abrazó con fuerza, con miedo de que desapareciera si lo soltaba. El restaurante entero miraba, en silencio, sin saber qué decir.
—Eres tú —repetía ella una y otra vez, llorando—. Has vuelto conmigo.
Afuera, tras los ventanales, comenzaban a caer los primeros copos de nieve sobre la ciudad. Y en medio de aquel restaurante de lujo, una madre que se creía vacía abrazaba, por primera vez en siete años, al hijo que daba por muerto.
Esa misma noche, Ana llevó a Diego y a Mateo a su casa, una vivienda grande a las afueras de la ciudad. Los chicos iban en el asiento trasero del coche, muy quietos, todavía con el olor de la calle pegado a la piel y a la ropa.
Al entrar en la casa, ella los condujo a un comedor cálido, donde un cocinero ya había preparado la cena. Había pan caliente, sopa humeante y una fuente de pollo asado. Sin embargo, Diego no quiso probar bocado. Miraba las lámparas, el brillo del mármol en el suelo, los cuadros en la pared. Todo le parecía demasiado limpio, demasiado lejano a su vida.
—No puedo quedarme aquí —murmuró, bajito.
—Claro que puedes —respondió Ana, con voz suave—. Esta es tu casa.
Diego la miró con una mezcla de miedo y rabia.
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