En el elegante restaurante “El Mirador Real”, en pleno centro de Madrid, sonaban las copas de cristal y la música clásica suave llenaba el aire. Los manteles blancos relucían bajo las lámparas, y las conversaciones eran bajas y educadas… hasta que las pesadas puertas de cristal se abrieron de golpe.
Dos chicos andaban descalzos casi, con la ropa sucia y rota. Sus caras estaban pálidas por el frío del invierno. Llevaban las zapatillas llenas de barro y los ojos, grandes y asustados, se movían de un lado a otro del salón. Las conversaciones se apagaron. Los camareros se quedaron inmóviles.
El mayor se acercó, con voz temblorosa, a una mesa donde una mujer de traje azul marino comía sola.
—Señora… —balbuceó—, ¿nos daría… lo que le sobre de la comida?
La mujer, Ana Morales, conocida empresaria y filántropa, levantó la vista. Al principio pensó que era otra petición de ayuda, una más entre tantas. Pero entonces, su corazón se detuvo.
Esa cara. Esos ojos verdes. Esa pequeña cicatriz sobre la ceja, la misma que su hijo se había hecho, a los seis años, al caerse de la bicicleta.
Ana se levantó de la silla, temblando.
—¿Diego? —susurró, casi sin voz.
El chico dio un paso atrás.
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