A partir de hoy, mis padres viven aquí. Ya no tienes cabida en esta casa.

Sentí un cuchillo atravesándome el pecho. Miré hacia el garaje y vi varias cajas apiladas con rotulador negro. Cem, mis iniciales, mis recuerdos, la vida que Andrés y yo habíamos construido, tirada afuera como basura. Esta es mi casa. Dejé lágrimas y sudor en cada pared.
“No tienes ningún derecho”, me quejé con voz quebrada.
Alicia se acercó y respondió con sarcasmo. «Nos encargaremos de todo. Tus cosas están ahí fuera. No nos molestes más».
Busqué un destello de humanidad en Daniel.
Nada, solo silencio, ningún gesto de cariño.
Cuando intenté abrazar a mi nieta, Valeria la empujó y cerró la puerta de golpe.
El choque fue como un martillazo en mi corazón. Me quedé atónito. En la cera, con la luz del atardecer cayendo sobre las cajas. Dentro, encontré mi ropa enredada con fotografías rotas y un cuenco de porcelana, un regalo de mi madre, partido en dos. Entonces la puerta se abrió de nuevo. Daniel tiró un fajo de papeles al suelo.
Este es el poder notarial. Lo firmaste tú mismo. Todo es legal.
Recogí los documentos con manos temblorosas. Mi firma estaba allí. Recordé que Valeria me los había dado en el hospital con una dulce sonrisa.
—Son formularios de seguro, suegra. Firma aquí. Yo me encargo de todo.
Pero no eran formularios; era mi decreto. El papel decía que entregaba la casa y todas mis finanzas a Daniel y Valeria.
Todo lo que Andrés y yo habíamos construido no era sólo una traición; era un robo disfrazado de legalidad.
Me senté en el taburete con las cajas de cartón, sintiendo como si me hubieran arrancado el alma.
El dolor de la cirugía aún me atormentaba, pero nada comparado con ver a mi propio hijo cerrarme la puerta en las narices. Con las pocas fuerzas que me quedaban, pedí un taxi y pedí que me llevaran a un hotel barato en el centro de Querétaro. Abracé una caja como si fuera lo único que me quedaba de vida.
La habitación era pequeña, con paredes beige y olor a desinfectante. Abrí la caja y encontré una foto de mi boda con Andrés sonriéndome. Sentí que las lágrimas me nublaban la vista.
