Mi esposa y yo intentamos durante años tener un hijo. Cuando por fin nos quedamos embarazados, perdimos al niño al final del embarazo. Mi esposa dejó de sonreír. Dejó de vivir. Una noche, me senté en una iglesia vacía y recé por una cosa: devolverle la alegría a mi mujer. Lo que oí de camino a casa me pareció una respuesta.
No pensaba rezar aquella noche.
Ni siquiera sé si creo en las señales o en la intervención divina o como quieras llamarlo. Pero después de perder al bebé que habíamos esperado durante años, me encontré sentada sola en el último banco de una pequeña iglesia, susurrando una petición entrecortada en el silencio.
"Por favor. Devuélvele la alegría a mi esposa".No pensaba rezar aquella noche.
No pedí un bebé. Ni un milagro. Sólo la sonrisa de Hannah. Su risa. La forma en que tarareaba mientras preparaba el café por la mañana.
Salí de la iglesia sin nada más que aire frío y el peso de mi propia desesperación.
Era tarde. La clase de noche en la que las farolas apenas atraviesan la oscuridad. Atravesé el callejón de detrás de una lavandería para llegar a mi coche, con las manos metidas en los bolsillos y la respiración visible en el aire helado.
Fue entonces cuando lo oí: el llanto de un bebé.
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