Desde esa noche, Don Fernando y Doña Isabel vivieron en un silencioso tormento. Los medios lo llamaron «el empresario que puso a prueba el amor de sus padres». Lucía y Javier, humillados, se distanciaron de la familia.
Todas las tardes, Doña Isabel se sentaba en el balcón, susurrando entre lágrimas:
“Alejandro… hijo mío… perdóname por favor…”
Pero nunca regresó.
Desde su oficina en Madrid, Alejandro continuó financiando orfanatos y organizaciones benéficas para niños abandonados. A su personal le decía con frecuencia:
“La pobreza no destruye el amor.
Lo destruye el orgullo, aquellos que sólo saben amar cuando es fácil”.
Mensaje final:
Nunca juzgues a tu hijo por su apariencia,
ni a un corazón por su fragilidad.
Porque el momento en que les cierras la puerta
puede ser el mismo momento en que la vida te la cierre a ti.
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