—Por favor, ven aquí y trae la camisa que te di el año pasado —le pedí con voz temblorosa.
Una hora después, Marta llegó con su maletín. Lo abrió sobre la mesa y sacó algunas hojas.
La ira se reflejaba en sus ojos.
—Cariña, revisé tus cuentas. Mientras estabas en el hospital, todos tus ahorros desaparecieron. No son cantidades enormes comparadas con otras, pero representan toda tu vida. Dinero ahorrado peso a peso desde la muerte de Andrés.
Y mira esto: se transfirió a una empresa llamada Inversiones Domínguez. Está registrada a nombre de Sergio, el padre de Valeria.
Un nudo se me formó en la garganta. No solo me habían quitado la casa, sino también lo poco que tenía para sobrevivir. Cada peso ahorrado durante noches en vela en el taller de costura, cada moneda guardada renunciando a un pequeño placer para ahorrar un poco más.
Marta cerró su maletín con determinación.
—No podemos quedarnos de brazos cruzados. He investigado y parece que esta familia está comprando varias propiedades en el barrio Jacaranda. No eres la única víctima.
La ira comenzó a superar la tristeza. Recordé a Doña Rosa, mi vecina, que decía que quizás tendría que mudarse, y a Don Felipe, preocupado por perder su panadería.
Comprendí que no era solo un problema familiar. Era una red de abusos y engaños.
Esa noche, abrazando la foto de Andrés, escuché su voz en mi memoria:
—Clara, eres más fuerte de lo que crees. No dejes que nadie te derrote.
Cerrando el puño, murmuré:
—No me rendiré. Esta batalla apenas comienza.
A la mañana siguiente, Marta me acompañó a un notario en el centro de Querétaro.
Revisamos los documentos que había firmado en el hospital y confirmé lo que ya temía. Ese poder notarial estaba redactado, en cada detalle, en mi contra. Miré mi propia firma y sentí un escalofrío. Recordé la dulce sonrisa de Valeria cuando decía que solo eran simples formularios de seguro. Tomé una profunda respiración y murmuré con amargura:
—Siempre hay que leer la letra pequeña.
Ese había sido mi error: confiar en la familia y firmar sin precaución. Marta me tomó del brazo.
—Clara, todavía podemos actuar. Si conseguimos pruebas de que preparan otras estafas, podremos detenerlos.
Esa misma tarde me mostró un pequeño brazalete metálico.
A primera vista parecía una simple joya, pero ocultaba un micrófono.
—Vas a regresar a la casa. Haz como si buscaras un acuerdo y graba todo lo que digan. Si algo sale mal, presiona este botón y la señal llegará directamente a mí y a un agente de confianza.
El estómago se me hizo un nudo. Regresar a esa casa que había sido mi refugio, ahora ocupada por intrusos, me aterrorizaba, pero sabía que no tenía otra opción.
Esa noche, un chofer de confianza me dejó al final de la calle Jacaranda. El SUV negro de Sergio todavía estaba estacionado frente al portón azul, como una provocación. Caminé por el pasillo de servicio trasero, el mismo por donde Daniel se colaba de adolescente cuando olvidaba sus llaves. Me acerqué a la ventana de la cocina. Adentro, Sergio y Alicia, con una camisa llena de documentos sobre la mesa.
Escuché a Sergio decir:
—Con la firma de Clara, podremos obtener un préstamo de varios millones. El banco no sospechará nada.
Tragué con dificultad, el corazón latiéndome con fuerza. Presioné el botón del brazalete y recé para que la señal llegara a Marta. Entonces, el teléfono de Sergio sonó en altavoz. Era Valeria. Su voz fría me heló la sangre.
—Papá. Daniel aún tiene dudas. Le dije que no habría vuelta atrás, pero sigue repitiendo que no quiere hacerle daño a su madre.
Mi cuerpo tembló. ¿Era posible que mi hijo aún tuviera conciencia? Me apoyé en la pared, conteniendo la respiración mientras grababa cada palabra. Las palabras de Sergio y Valeria eran un cuchillo en el corazón, pero también eran la prueba que necesitaba.
Cuando intenté retroceder para huir, mi pie chocó contra una maceta en el patio. El ruido seco fue suficiente para delatarme.
—¿Quién está ahí? —gruñó Sergio levantándose de un salto.
Intenté correr, pero mis piernas, todavía débiles por la operación, me traicionaron.
En un instante, la enorme mano de Sergio agarró mi muñeca.
Su mirada, ardiente de odio, me atravesó.
—¿Te atreviste a volver, Clara? ¿Quieres morir? —gruñó, con aliento cargado de alcohol.
El dolor era insoportable, pero lo miré directamente a los ojos y dije con voz firme:
—Suéltame, no tienes derecho a tocarme.
Reuniendo mis últimas fuerzas, lo empujé con decisión. No era un arrebato de ira, era un acto de dignidad.
—No le permitiría que me humillara de nuevo.
Sergio dio un paso tambaleante, sorprendido de que no me quedara muda.
Alicia apareció detrás de mí, pálida, con la copa de vino temblando en la mano, pero no dijo nada. Me miraba como a un animal atrapado. Sergio apretó aún más su agarre, furioso. Sentí como si me aplastara los huesos de la muñeca.
En un esfuerzo desesperado, presioné de nuevo el botón escondido en el brazalete. Recé para que Marta y el agente recibieran la señal. Él levantó la mano, listo para golpearme. Cerré los ojos, esperando el impacto… pero un sonido agudo rompió la noche. Sirenas de policía, luces rojas y azules iluminando las ventanas. Alicia dejó caer su copa.
El vino se derramó sobre la alfombra. Sergio me soltó violentamente y retrocedió, buscando una salida. La puerta principal voló y el inspector entró, acompañado de dos agentes armados.
—¡No se muevan, manos arriba! —ordenó con voz firme.
El tiempo pareció detenerse. Temblaba, no de miedo, sino de alivio.
La señal había funcionado. Los agentes esposaron a Sergio y pusieron a salvo los documentos sobre la mesa. Cada hoja estaba cubierta de firmas falsas y contratos dudosos.
En ese momento, Daniel apareció en pijama en lo alto de las escaleras. Su rostro pálido y confundido se fijó en mí. Se me apretó la garganta.
Quise gritarle:
—¿Por qué me hiciste esto?
Pero me quedé callada. Me limité a devolverle la misma frialdad que él me había mostrado unos días antes, al cerrarme la puerta en la cara. Ya no era la mujer débil arrojada a la calle.
En los días siguientes, la investigación reveló toda la magnitud del fraude. Valeria, tan fría como siempre, fue arrestada frente a los vecinos mientras intentaba hacer pasar todo como un malentendido.
La gente miraba en silencio, algunos indignados, otros agradecidos de que finalmente alguien hubiera desenmascarado a esa familia. El día del juicio fue un torbellino de emociones. El juez habló con voz solemne:
—Valeria Domínguez, veinte años de prisión por fraude e intento de homicidio. Sergio Domínguez, dieciocho años por dirigir la organización. Alicia Morales, quince años por complicidad. Y la enfermera que falsificó mis medicamentos en el hospital: ocho años de prisión.
Un murmullo recorrió la sala. El caso estaba claro. Esa mujer había recibido dinero de Valeria para aumentar las dosis de sedantes. Podría haber detenido mi corazón durante la convalecencia. Este hecho me heló la sangre.
Esos días de somnolencia y debilidad no habían sido normales. Habían intentado matarme. Cada condena fue como una piedra que se retiraba de mi pecho. El tribunal escuchó no solo mis pruebas, sino también la voz de los vecinos, que confirmaron haber sido presionados y estafados.
Cuando se mencionó a Daniel, mi corazón se apretó. Obtuvo una pena reducida por haber cooperado como testigo. Bajó la cabeza y no tuvo el valor de mirarme. Lo observé en silencio, abrumada por sentimientos contradictorios: el amor de madre, el dolor de la traición y una distancia que ya nunca se llenaría.

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