—Los tiburones, güera. Esos que defienden narcos y políticos corruptos. Si contrató a esos, es porque no quiere dinero. Quiere sangre.
Esa noche, la guerra fría comenzó oficialmente.
Ricardo me mandó llamar a su estudio después de la cena. El hombre se veía desgastado. Las ojeras bajo sus ojos azules eran profundas, y había una botella de whisky medio vacía en su escritorio. Ya no me miraba con desprecio, pero tampoco con calidez. Me miraba con la resignación de un general que sabe que está perdiendo la guerra.
—Siéntate, Maya —dijo, señalando la silla de cuero frente a él. Era la primera vez que me invitaba a sentarme—. Tenemos problemas.
—¿Noah está bien? —pregunté de inmediato, lista para correr escaleras arriba.
—Noah está bien. El problema eres tú. Y yo. —Ricardo deslizó un sobre manila grueso sobre el escritorio hacia mí—. Llegó esta tarde. Un mensajero privado.
Tomé el sobre. Pesaba. Lo abrí con cuidado. Eran documentos legales, llenos de términos que apenas entendía, pero el encabezado estaba claro: DEMANDA CIVIL POR DAÑOS MORALES, DIFAMACIÓN, ALLANAMIENTO, ACOSO Y ALIENACIÓN PARENTAL.
DEMANDANTE: Camila Valentina De la Garza de Harrington. DEMANDADO: Maya Williams.
Se me cayó el alma a los pies.
—¿Me está… me está demandando? —balbuceé.
—A ti y a mí —dijo Ricardo, frotándose las sienes—. Alega que conspiramos. Dice que el video está manipulado, creado con inteligencia artificial. Dice que tú tienes un historial de manipulación y que has estado lavándole el cerebro a Noah y a mí para sacarla de la jugada y quedarte con su fortuna.
—¡Eso es una estupidez! —exclamé, aventando los papeles sobre la mesa—. ¡Yo salvé a su hijo! ¡Ella estaba drogada hasta las cejas!
—Lo sé. Tú lo sabes. Pero la verdad en un juzgado no importa tanto como lo que puedes probar o lo que puedes hacer creer al jurado. —Ricardo me miró fijamente—. Camila no está jugando limpio. En la demanda, cita “testigos” del servicio que afirman haberte visto maltratar a Noah en secreto.
—¿Qué testigos? —La indignación me quemaba la garganta—. ¡Si todos vieron cómo lo cuido!
—El dinero compra muchas memorias, Maya. Y el miedo, más. Lidia ha estado haciendo llamadas. Contactando al personal antiguo.
Me dejé caer en el respaldo de la silla, sintiéndome minúscula. Yo no tenía dinero para abogados. Apenas tenía para la medicina de mi mamá.
—¿Qué va a pasar? —pregunté, con la voz rota—. ¿Me va a despedir para protegerse?
Ricardo se sirvió otro trago. El líquido ámbar brilló bajo la luz de la lámpara.
—Hace una semana, lo habría hecho —admitió con brutal honestidad—. Te habría dado un cheque y te habría mandado lejos para apagar el fuego. Pero… —suspiró y miró una foto enmarcada de Noah en su escritorio—. Pero vi el video, Maya. Vi cómo te pusiste entre mi hijo y los golpes. Si te corro, ella gana. Y si ella gana, Noah vuelve con ella. Y la próxima vez, tal vez no haya nadie para cacharlo cuando lo deje caer.
Se inclinó hacia adelante, sus ojos clavados en los míos.
—No te voy a correr. Mis abogados te van a representar. Vamos a pelear esto. Pero necesito que entiendas algo: Camila va a intentar destruirte. Va a sacar cada trapo sucio de tu pasado, real o inventado. ¿Estás lista para eso?
Pensé en mi vida. En la pobreza, en las carencias, en los trabajos mal pagados. No tenía grandes secretos, solo la vergüenza de ser pobre en un país que castiga la pobreza.
—No tengo nada que esconder, señor —dije—. Y no le tengo miedo a ella.
—Deberías —dijo Ricardo sombríamente—. Porque una madre a la que le quitan a su hijo es peligrosa. Pero una narcisista a la que le quitan su estatus… esa es capaz de quemar el mundo entero con tal de no verse mal.
Los días siguientes fueron una tortura psicológica. La casa se sentía vigilada. Cada vez que salía al jardín con Noah, sentía ojos en mi nuca. Un coche negro con vidrios polarizados pasaba lento por la reja principal a horas extrañas. El teléfono de la casa sonaba y colgaban.
Pero yo tenía una misión. Ricardo dijo que Camila alegaba que el video era falso, “Inteligencia Artificial”. Necesitaba blindar esa prueba.
Aproveché mi tarde libre para volver al centro, a la plaza de tecnología. Mitchell, el técnico, casi se infarta cuando me vio entrar de nuevo a su local.
—¡Ya le di todo! —chilló, escondiéndose detrás de una torre de computadoras viejas—. ¡No me meta en más broncas, señorita! ¡Lidia me ha estado llamando amenazándome!
—Tranquilo, Mitchell —le dije, poniendo las manos sobre el mostrador—. No vengo a pedirte nada ilegal. Al contrario. Vengo a protegerte.
—¿Protegerme? —Me miró con desconfianza.
—La señora Camila dice que el video que me diste es falso. Que lo hicimos con computadora. Si eso procede, van a venir a investigar tu equipo, tus servidores, todo. Y van a decir que tú eres un falsificador.
Mitchell se puso pálido. Su reputación era lo único que tenía.
—¡Eso es original! ¡Salió directo del servidor de respaldo! Tienen los metadatos, la hora, el IP…
—Exacto. Eso es lo que necesito. —Saqué una hoja que el abogado de Ricardo me había preparado—. Necesito que firmes esto. Es una declaración jurada técnica. Certificas que el video es auténtico, sin ediciones, y que proviene del sistema de circuito cerrado de la casa Harrington.
Mitchell dudó. Tomó la pluma, le temblaba la mano.
—Si firmo esto… Lidia me va a matar.
—Si no lo firmas, te vas a la cárcel por fraude cuando los peritos analicen tus servidores y vean que manipulaste o borraste cosas bajo presión —le recordé suavemente—. Pero si firmas, tienes a los abogados de Harrington de tu lado. Tú eliges: ¿el equipo ganador o la señora que está demandada por maltrato infantil?
Mitchell firmó. Me dio la hoja y un USB adicional con los registros del sistema (“logs”) que demostraban que nadie había alterado el archivo.
—Váyase, por favor —me suplicó—. Y no vuelva.
Salí de ahí con el documento apretado contra mi pecho como un escudo. Tenía la verdad blindada. Ahora solo faltaba sobrevivir a la tormenta.
Regresé a la mansión al anochecer. El ambiente estaba pesado, esa electricidad estática que te eriza los vellos de los brazos. Ricardo había salido a una cena de negocios obligatoria —aparentar normalidad ante la sociedad— y me había dejado a cargo de cerrar la casa.
Hice mi ronda habitual. Cerré las cortinas de terciopelo, apagué las luces de los pasillos, revisé que la alarma perimetral estuviera activada. Todo estaba en silencio.
Subí a ver a Noah. Dormía como un ángel, ajeno al huracán que llevaba su apellido. Le di un beso en la frente y salí al pasillo.
Fue entonces cuando lo olí.
No era el olor a lavanda de los productos de limpieza. Era algo más pesado. Dulce, caro y químico. Chanel No. 5 mezclado con el olor agrio de un cigarrillo mentolado.
El perfume de Camila.
Me detuve en seco. Mi corazón dio un vuelco doloroso. Imposible, pensé. Tienen órdenes de restricción. Los guardias no la dejarían pasar.
Pero el olor estaba ahí, flotando en el pasillo del segundo piso, cerca de la escalera de servicio. Esa escalera que Lidia usaba. Esa escalera que daba al patio trasero, donde había una puerta que a veces, solo a veces, los del servicio olvidaban ponerle el cerrojo doble.
—¿Hola? —susurré. Qué estupidez. Como en las películas de terror.
Nadie respondió. Solo el crujido de la madera vieja de la casa.
Bajé las escaleras de servicio despacio, con el celular en la mano listo para marcar al 911. Llegué a la cocina. Estaba vacía, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por el ventanal que daba al jardín trasero.
Y ahí la vi.
No estaba adentro, gracias a Dios. Estaba afuera. De pie en la terraza de piedra, pegada al cristal del ventanal.
Camila.
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