DESCUBRÍ EL SECRETO OSCURO DE LA SEÑORA DE LA MANSIÓN Y AHORA MI VIDA Y LA DE SU HIJO DEPENDEN DE UNA GRABACIÓN QUE ELLA CREE HABER DESTRUIDO

Camila se detuvo en seco. Su rostro perdió el poco color que tenía. Miró a Lidia, buscando apoyo, pero Lidia estaba mirando al suelo, derrotada.

—Eso… eso está manipulado. Seguro ella lo editó. Esos indios saben trucos…

—¡Cállate! —La voz de Ricardo retumbó en las paredes—. ¡No hables más! ¡Me das asco!

—Ricardo, soy tu esposa…

—Ya no. —Ricardo caminó hacia ella—. Te quiero fuera de esta casa. Ahora.

—¿Qué? No puedes… Noah es mi hijo.

—Si intentas acercarte a Noah, si intentas entrar a esta casa, le entregaré este video a la fiscalía y te aseguro, Camila, que te pudres en la cárcel. Drogas, agresión, negligencia criminal. Pruébame.

Camila retrocedió, chocando contra el marco de la puerta. La realidad de su situación finalmente la golpeó. Se giró hacia mí, y la máscara de dama de sociedad se cayó por completo. Lo que quedó fue una bestia herida y venenosa.

—Esto es tu culpa —siseó, acercándose a mí. Ricardo hizo ademán de detenerla, pero ella solo se inclinó cerca de mi cara. Su aliento olía a mentas tratando de cubrir el vómito y el alcohol—. Maldita gata negra. Juro que vas a pagar por cada gota de sangre. Me quitaste mi casa. Me quitaste a mi hijo.

—Tú perdiste a tu hijo sola —le dije, mirándola a los ojos por primera vez como una igual—. Yo solo lo levanté del suelo donde tú lo dejaste tirado.

—Eres una rata rastrera —escupió—. Y las ratas mueren aplastadas. Esto no se queda así. Te voy a cazar, Maya. Voy a hacer que desees no haber nacido.

—¡Largo! —gritó Ricardo.

Camila salió del estudio como un torbellino de furia. Escuchamos sus gritos mientras subía las escaleras, probablemente para agarrar joyas antes de irse. Lidia se escabulló detrás de ella, sabiendo que su tiempo también se había acabado.

Me quedé sola con Ricardo. El silencio volvió, pero ahora era pesado, cargado de culpa.

—Maya… —Ricardo no sabía qué hacer con las manos—. Yo… no sé cómo disculparme. Fui un imbécil.

—Sí, lo fue —dije. No iba a sobarle el ego—. Casi me destruye la vida hoy. Y lo hizo sin dudar, solo porque ella es rica y blanca, y yo soy la sirvienta.

Ricardo asintió, aceptando el golpe.

—Tienes razón. Tienes toda la razón. Te pagaré lo que sea. Te daré una recomendación…

—No quiero su dinero —mentí, porque lo necesitaba desesperadamente, pero mi dignidad valía más en ese momento—. Quiero mi trabajo. Quiero cuidar a Noah. Porque está claro que en esta casa llena de gente, soy la única que realmente lo ve.

Ricardo me miró sorprendido.

—¿Te quedarías? ¿Después de todo esto?

Pensé en Noah, solo en ese hospital frío. Pensé en la amenaza de Camila. Si me iba, ella ganaba. Si me iba, Noah quedaba desprotegido.

—Me quedo —dije firmemente—. Pero las cosas van a cambiar, señor Harrington. Nadie me vuelve a poner una mano encima. Y Lidia se va.

—Hecho —dijo él sin dudar—. Lidia se va esta noche.

Salí del estudio. Mi cuerpo dolía, estaba cansada hasta el hueso, pero cuando caminé por el pasillo de mármol esta vez, mis pasos sonaron diferentes. Ya no eran los pasos de un fantasma. Eran los pasos de alguien que acaba de ganar una batalla.

Pero mientras veía las luces de la patrulla afuera, escoltando a Camila fuera de la propiedad, sentí un escalofrío. Su amenaza resonaba en mi cabeza.

“Te voy a cazar, Maya”.

Sabía que esto no era el fin. Era solo el comienzo de una guerra mucho más oscura.

CAPÍTULO 3: LA GUERRA FRÍA
La semana siguiente a la expulsión de Camila, la mansión Harrington se sintió menos como un hogar y más como un campo de batalla donde acababan de recoger los cadáveres, pero el olor a pólvora seguía flotando en el aire.

Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero en Las Lomas, la calma es una mentira cara. Es un silencio comprado. Los pisos de mármol brillaban más que nunca porque el nuevo personal de limpieza, contratado de urgencia tras el despido fulminante de Lidia, se esmeraba en tallar hasta su propia sombra por miedo a ser los siguientes en la calle.

Yo ya no era invisible. Antes, era “la muchacha”, “la nueva”, un mueble más con uniforme gris. Ahora, cuando entraba a la cocina por un vaso de agua, las conversaciones se cortaban de golpe. Las cocineras bajaban la mirada, el chofer carraspeaba y se iba. Me había convertido en una leyenda urbana dentro de esas paredes: la sirvienta que tumbó a la patrona. Para algunos era una heroína; para otros, una bruja trepadora que le había hecho vudú al señor Ricardo.

Noah había vuelto del hospital dos días después del incidente. Tenía un vendaje en la cabecita y estaba más mimoso que de costumbre, aferrándose a mí como un monito cada vez que me veía. Ricardo cumplió su palabra: Lidia se había ido esa misma noche, arrastrando su maleta y su dignidad por el camino de grava, escoltada por seguridad. Pero su fantasma seguía ahí, en el orden obsesivo de la despensa, en el miedo que le tenían los jardineros.

La ausencia de Camila no era un vacío; era una presencia oscura. Era como saber que hay una víbora de cascabel en el cuarto, pero no saber debajo de qué mueble se metió.

—Se ve muy tranquilo el patrón, ¿no? —me dijo Jaime, el jardinero más joven, mientras yo sacaba a Noah a tomar un poco de sol al jardín trasero. Jaime era el único que me hablaba sin miedo. Era un chavo de Iztapalapa, leal y sin pelos en la lengua.

—Demasiado —respondí, ajustándole el gorrito a Noah—. Y eso me da mala espina.

—Aguas, Maya. —Jaime bajó la voz, recargándose en su rastrillo—. En el cuarto de choferes se dicen cosas. Dicen que la señora Camila no se fue a chillar a un rincón. Dicen que se instaló en un pent-house en Polanco y que contrató al bufete de abogados “Garrido & Asociados”.

Sentí un escalofrío, y no era por el viento de otoño.

—¿Garrido? —pregunté.

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