DESCUBRÍ EL SECRETO OSCURO DE LA SEÑORA DE LA MANSIÓN Y AHORA MI VIDA Y LA DE SU HIJO DEPENDEN DE UNA GRABACIÓN QUE ELLA CREE HABER DESTRUIDO

—Está todo aquí. Lo que Lidia borró de la tarjeta. Lo que Mitchell “perdió”.

Ricardo miró a Lidia, quien se había quedado pálida bajo la luz del pórtico. Luego me miró a mí.

—Abre la reja —ordenó a Don Beto.

—Señor, la señora Camila dijo… —empezó Lidia, acercándose.

—¡Dije que abras la maldita reja! —rugió Ricardo.

Entré. No como sirvienta esta vez. Entré como verdugo.

Caminamos en silencio hasta su estudio. Lidia nos seguía a distancia, como una sombra nerviosa. Ricardo se sentó tras su escritorio y extendió la mano. Le di el USB.

Lo conectó a su laptop. El silencio en la habitación era absoluto, solo roto por el zumbido del ventilador de la computadora.

Dio click.

El video empezó a reproducirse. Yo no podía ver la pantalla, pero no necesitaba hacerlo. Lo viví. Escuché el audio, claro y brutal, saliendo de las bocinas.

El llanto de Noah. El golpe seco. La voz pastosa de Camila: “¡Cállate, mocoso!”. El sonido de la jeringa cayendo. Mi entrada corriendo. Camila gritando: “¡Gata igualada!”. Y luego… el sonido inconfundible de la bofetada. Y Camila tropezando y cayendo casi encima del bebé herido.

Ricardo veía la pantalla sin parpadear. Su rostro se fue transformando. La ira fría se desmoronó, reemplazada por un horror genuino y luego, por una vergüenza profunda. Vio a su esposa, la mujer con la que compartía la cama, convertida en un monstruo. Y me vio a mí, la empleada a la que había corrido como a un perro, protegiendo a su hijo con mi propio cuerpo mientras recibía golpes.

El video terminó.

Ricardo cerró la laptop lentamente. Se cubrió la cara con las manos.

—Dios mío… —susurró—. Noah…

—Le dije la verdad —dije, mi voz temblando por la adrenalina—. Nunca le mentí.

Ricardo levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos.

—Lidia —dijo, sin gritar, pero con un tono que hizo que el aire se congelara.

Lidia entró al estudio, con las manos entrelazadas, tratando de mantener la compostura.

—Señor, tiene que entender, yo solo trataba de proteger la privacidad de la familia… la señora estaba indispuesta…

—Sabías —dijo Ricardo—. Viste la sangre. Viste las drogas. Y la encubriste. Y dejaste que yo corriera a la única persona que ayudó a mi hijo.

—Señor, ella es solo la sirvienta…

—¡Ella salvó a mi hijo! —Ricardo golpeó el escritorio tan fuerte que una pluma de oro saltó al suelo—. ¡Tú eres cómplice de abuso infantil!

En ese momento, se escucharon tacones en el pasillo. Camila.

Había regresado del hospital, probablemente sedada y dada de alta bajo su propio riesgo, o quizás nunca la admitieron y solo le dieron algo para bajarle el “avión”. Entró al estudio, todavía con la ropa de hospital puesta, luciendo desorientada pero arrogante.

—Ricardo, cariño, ¿qué hace esta… cosa aquí? —Me señaló con desdén—. Te dije que la corrieras.

Ricardo se puso de pie. Fue un movimiento lento, cargado de amenaza.

—Vi el video, Camila.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.