La mansión estaba iluminada como un palacio cuando llegué. Había patrullas afuera, pero silenciosas, solo las luces girando. Los Harrington manejaban todo con discreción.
El guardia de la caseta, Don Beto, me vio llegar y salió de su cabina.
—Maya, hija, no puedes estar aquí —dijo con voz compasiva—. Tienen orden de no dejarte pasar. Dijeron que si venías, llamara a la patrulla para que te llevaran.
—Don Beto, por favor. —Me pegué a la reja—. Tengo que hablar con el señor Ricardo. Tengo pruebas. Él tiene que ver esto.
—No puedo, Maya. Lidia está ahí parada en la entrada, vigilando como halcón.
Miré hacia la casa. Efectivamente, Lidia estaba en el pórtico, hablando con un oficial. Me vio. Su sonrisa fue casi imperceptible, pero ahí estaba. La sonrisa de quien cree que ganó.
—Dígale que tengo el video —grité, sabiendo que no me escucharía, pero Don Beto sí—. Dígale al señor Ricardo que tengo el video de la nube. Que si no me recibe en cinco minutos, se lo mando a todos los noticieros de la ciudad. A ver cómo le gusta a su reputación que todo México vea a su esposa drogada pateando a su hijo.
Don Beto abrió los ojos como platos.
—¿Tienes eso?
—Y copia de seguridad.
Don Beto tomó su radio. Habló en voz baja. Vi a Lidia tensarse en el pórtico cuando el guardia le transmitió el mensaje. Ella intentó decir algo, negar el acceso, pero entonces la puerta principal se abrió de golpe.
Ricardo salió. Ya no llevaba el saco. Tenía la camisa arremangada y se veía diez años más viejo que esta mañana. Lidia intentó detenerlo, susurrándole algo al oído, pero él la apartó con un gesto brusco de la mano.
Caminó hasta la reja. La lluvia había parado, pero el suelo seguía mojado y reflejaba las luces de seguridad.
—¿Es cierto? —preguntó. Su voz era ronca.
Saqué el USB y lo levanté.
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