—Ricardo no me creyó —dije con amargura—. Me corrió. Cree que yo lo tiré.
Elena negó con la cabeza, indignada.
—Esa mujer olía a una farmacia ambulante. Y vimos la bandeja que traía el paramédico, la que agarraron de la mesa de noche antes de que la otra señora, la ama de llaves, intentara esconderla. Había residuos. Cocaína, casi seguro, o algo peor.
—¿Lo reportaron?
—Lo pusimos en el informe médico —dijo Elena firmemente—. “Madre con signos visibles de intoxicación y comportamiento errático”. Pero Maya… tú sabes cómo funciona esto. El señor Harrington llegó con sus abogados hace una hora. Están hablando con el director del hospital. El dinero borra muchas cosas.
Sentí un frío en el estómago. Claro. Iban a comprar el silencio del hospital.
—Necesito pruebas, Elena. Pruebas que el dinero no pueda borrar.
—¿Qué vas a hacer?
—Hay un video —dije, recordando el domo negro en el techo—. Pero Lidia, la bruja del ama de llaves, quitó la tarjeta de memoria.
—Entonces estás jodida —dijo Elena con tristeza—. Esa gente no deja cabos sueltos.
—No —dije, y una idea cruzó mi mente como un relámpago—. El técnico. Mitchell. El tipo que instaló las cámaras la semana pasada. Me dijo que había un respaldo en la nube.
—¿Y tú crees que te lo va a dar? —preguntó Elena escéptica—. Ese tipo trabaja para ellos.
—Va a tener que dármelo. O le armo un escándalo que le cierra el changarro.
Elena me miró con una mezcla de sorpresa y respeto. Sacó un billete de doscientos pesos de su bolsillo y me lo puso en la mano.
—Para el taxi. Ve. Y Maya… cuídate la espalda. Esa mujer, Camila… tiene mirada de loca.
El local de Mitchell estaba en una plaza de tecnología en el centro, de esas que huelen a soldadura, plástico quemado y comida china barata. Eran las siete de la noche y ya estaban bajando las cortinas metálicas.
Lo vi justo cuando iba a cerrar su pequeño local de seguridad y vigilancia.
—¡Mitchell! —grité, corriendo hacia él antes de que bajara la cortina por completo.
El hombre, un tipo flaco con lentes y chaleco de fotógrafo, saltó del susto. Me miró, confundido por mi aspecto.
—¿Señorita Maya? —preguntó, reconociéndome—. ¿Qué le pasó? Parece que se peleó con un microbús.
—Necesito tu ayuda. Ahora.
—Ya cerré, güerita. Venga mañana.
—No tengo mañana. —Me metí por debajo de la cortina, obligándolo a entrar conmigo a su pequeño cubículo lleno de monitores y cables—. Necesito el video de la cámara del cuarto del niño Harrington. De hoy a las cuatro de la tarde.
Mitchell se puso pálido.
—Oiga, no. No, no, no. —Levantó las manos como si yo tuviera una pistola—. Me enteré de que hubo lío allá. La señora Lidia me llamó hace rato. Me dijo que borrara todo el servidor de hoy. “Mantenimiento”, le dijo.
—¿Y lo borraste? —Sentí que el mundo se me caía encima.
—Pues… ella paga las facturas. Bueno, el señor Ricardo paga, pero ella manda.
—Mitchell, escúchame bien. —Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal. Olía a miedo—. Esa mujer drogada casi mata a su hijo. Y me echaron la culpa a mí. Si ese niño hubiera muerto, tú serías cómplice por borrar evidencia de un crimen. ¿Quieres ir al reclusorio por encubrimiento de homicidio imprudencial?
—¡Yo no hice nada! —chillo él.
—¡Borrarlo es hacer algo! —Golpeé el mostrador—. Pero los servidores en la nube no se borran tan fácil, ¿verdad? Siempre hay una papelera de reciclaje, un respaldo de seguridad de 24 horas. Tú me lo explicaste, presumiendo tu sistema “infalible”.
Mitchell tragó saliva. Sudaba a chorros.
—Si se enteran… me demandan. Me arruinan.
—Si no me lo das, yo voy ahorita mismo a la policía y les digo que tú tienes la evidencia y la estás ocultando. Y créeme, Mitchell, no tengo nada que perder. Me quitaron mi trabajo, me golpearon y amenazaron a mi madre. Estoy muy, muy enojada. Y una mujer enojada es más peligrosa que los abogados de Harrington.
Me sostuvo la mirada unos segundos. Vio el moretón en mi pómulo, la sangre seca en mi labio y la desesperación en mis ojos. Suspiró, derrotado.
—Maldita sea. —Se giró hacia su computadora y empezó a teclear frenéticamente—. Si el señor Harrington pregunta, yo no le di nada. Usted me hackeó. Usted me robó.
—Lo que tú digas.
La barra de descarga avanzaba agónicamente lenta. 50%… 75%… 99%…
—Aquí está —dijo, pasándome una memoria USB barata—. Es el clip de diez minutos. Desde que empezó el llanto hasta que llegaron los paramédicos.
Apreté el USB en mi puño tan fuerte que me lastimé la palma.
—Gracias, Mitchell. Acabas de hacer lo correcto.
Salí de ahí corriendo, paré el primer taxi que vi y le di la dirección de Las Lomas. El taxista me miró por el retrovisor, dudando si yo tendría para pagarle. Le mostré el billete de Elena.
—Vuele, jefe. Es de vida o muerte.
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