DESCUBRÍ EL SECRETO OSCURO DE LA SEÑORA DE LA MANSIÓN Y AHORA MI VIDA Y LA DE SU HIJO DEPENDEN DE UNA GRABACIÓN QUE ELLA CREE HABER DESTRUIDO

Lidia se me había adelantado. Cuando me dijo “la señora Harrington pidió esto por privacidad”, tenía una pequeña funda de plástico en la mano.

Me llevé las manos a la cabeza, jalándome el pelo mojado. Tenían la evidencia. Tenían el video. Lo iban a borrar. Iban a borrar la única prueba de que yo no era la villana de esta historia.

—No —dije en voz alta, mi voz perdiéndose en el ruido de la lluvia y los truenos—. No, ni madres.

Pensé en mi mamá, conectada a esa máquina de diálisis, diciéndome siempre: “Maya, la verdad siempre flota, hija. Aunque le pongan piedras, flota”.

Camila me había dicho que yo era tierra bajo sus zapatos. Que era una rata.

Bueno, las ratas sobreviven. Y la tierra, cuando se moja, se convierte en lodo. Y el lodo te puede hacer resbalar y caer muy duro.

Saqué mi teléfono barato, con la pantalla estrellada. Tenía un mensaje de texto de un número desconocido. Lo abrí.

Era una foto. Una foto borrosa tomada desde lejos, de mi mamá en el hospital. Y un texto abajo: Cállate la boca o ella paga.

El miedo se transformó en algo más. Algo frío y duro en mi estómago.

Me levanté de la banca. No iba a tomar el autobús a mi casa. Iba a ir al Hospital San Esteban. Iba a buscar a las enfermeras que vieron a Camila. Iba a buscar al técnico de las cámaras.

Me habían declarado la guerra. Y yo no tenía nada que perder. Y eso… eso me hacía más peligrosa que cualquier millonaria drogada.

—Prepárate, Camila —susurré al viento—. Porque la “gata” acaba de sacar las uñas.

CAPÍTULO 2: LA PRUEBA OCULTA
La lluvia en la Ciudad de México tiene una forma cruel de limpiarte las lágrimas mientras te ensucia el alma con lodo y smog.

Caminé sin rumbo fijo durante lo que parecieron horas, pero probablemente fueron solo treinta minutos. Mis zapatos, esos que había comprado “buenos y cómodos” para el trabajo, chapoteaban en los charcos sucios de la banqueta. Mi uniforme estaba empapado, pegado al cuerpo como una segunda piel fría, y mi labio roto palpitaba al ritmo de mi corazón.

En mi cabeza, la voz de Ricardo Harrington se repetía en bucle: “Lárgate”. Y la de Camila: “Tierra bajo mis zapatos”.

Tenía dos opciones: subirme a un pesero, irme a mi casa, llorar en el hombro de mi vecina y empezar a buscar trabajo de lavaplatos mañana… o pelear.

Miré el celular. La foto de la amenaza seguía ahí. Cállate la boca o ella paga.

Esa amenaza fue su error. Si solo me hubieran despedido, tal vez, solo tal vez, me habría ido por miedo. Pero amenazar a mi madre… eso encendió una mecha que quemó todo mi miedo y dejó solo una rabia pura, blanca y caliente.

Me dirigí al Hospital San Esteban. No tenía dinero para un taxi, así que caminé hasta que mis piernas ardieron, colándome en el metro y aguantando las miradas de la gente que veía mi cara golpeada y mi ropa mojada de sirvienta.

Llegué al hospital tiritando. El aire acondicionado de la sala de espera era brutal. Me acerqué al mostrador de informes, tratando de parecer digna a pesar de parecer un perro callejero atropellado.

—Disculpe —dije a la recepcionista, que ni siquiera levantó la vista de su computadora—. Busco información sobre el niño Noah Harrington. Ingresó hace unas horas.

—Solo familiares directos —dijo ella, mascando chicle con desgano.

—Soy… soy su niñera. Estaba con él cuando pasó. Solo quiero saber si está vivo.

La mujer me miró con fastidio.

—Señorita, si no es familia, no puedo…

—¡Maya!

Una voz a mis espaldas me hizo girar. Era una enfermera joven, con el uniforme azul pálido y cara de cansancio. La reconocí de inmediato. Era la que había recibido a Noah en la ambulancia. Elena.

—Elena —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Cómo está?

Elena se acercó rápidamente, me tomó del brazo y me llevó a un rincón, lejos de los oídos curiosos.

—Está estable —susurró—. Tiene una contusión severa, pero los escáneres salieron limpios de hemorragia interna grave. Va a estar bien.

Solté un suspiro que pareció vaciarme los pulmones. Me recargué en la pared fría, cerrando los ojos.

—Gracias a Dios.

—Maya… —Elena bajó aún más la voz, mirando a los lados—. Escuchamos lo que pasó. Los paramédicos, el doctor de guardia… todos vieron en qué estado venía la señora Harrington.

Abrí los ojos.

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