—¡Eres una mentirosa! ¡Sucia mentirosa! —Se lanzó sobre mí.
Sentí el impacto antes de verlo. Su mano, cargada de anillos pesados de oro y diamantes, cruzó mi rostro con una fuerza brutal. Crack. Sentí cómo se me rompía el labio. El sabor metálico de mi propia sangre llenó mi boca. El golpe fue tan fuerte que me fui de espaldas, chocando contra los barrotes de la cuna.
Me aferré a Noah como si fuera un salvavidas. Si lo soltaba, ella lo mataría. Lo sabía. En su locura, lo pisaría o lo dejaría caer de nuevo.
—¡Dámelo! —aulló Camila, jalándome del brazo con sus uñas de manicura perfecta clavándose en mi piel como garras—. ¡Es mi hijo!
—¡Lidia! —grité, buscando ayuda, aunque sabía que no la tendría—. ¡Ayúdeme! ¡Lo va a matar!
Lidia se acercó, pero no para quitarme a Camila de encima. Me agarró del otro brazo, inmovilizándome.
—Suéltelo, muchacha estúpida —siseó Lidia al oído—. ¿No ves lo que estás haciendo? Estás arruinando tu vida. El señor Ricardo te va a destruir.
—¡Me vale madre el señor Ricardo! —Jaloneé con todas mis fuerzas, soltándome del agarre de Lidia y empujando a Camila con el hombro. Ella, en su estado, perdió el equilibrio y cayó sentada sobre la alfombra, riendo y llorando al mismo tiempo, una escena grotesca de decadencia—. ¡El niño se está muriendo!
—¡Estás tratando de robarme a mi esposo! —balbuceaba Camila desde el suelo, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Lo veo! ¡Veo cómo lo miras, zorra trepadora! Quieres mi dinero. Quieres mi casa. ¡Pero siempre serás una gata! ¡Una gata negra y sucia!
Las sirenas.
Gracias a Dios, las sirenas.
El sonido aullante se acercaba por la avenida principal, cortando la atmósfera viciada de la casa. Los paramédicos no pidieron permiso. La puerta principal debía estar abierta o el guardia los dejó pasar al oír la emergencia. Escuché botas pesadas subiendo las escaleras a toda prisa.
—¡Aquí! —grité con lo que me quedaba de voz—. ¡Aquí arriba!
Dos paramédicos entraron a la habitación, seguidos por un policía. La escena que encontraron debió parecerles una pesadilla: una sirvienta sangrando del labio abrazando a un bebé inconsciente, una mujer de sociedad tirada en el suelo gritando incoherencias, y una ama de llaves tratando de esconder toallas manchadas.
—¡Demen al niño! —ordenó el primer paramédico, un hombre joven con cara seria.
Se lo entregué con manos que no dejaban de temblar. Al sentir mis brazos vacíos, me invadió un frío terrible.
—Revísenle las pupilas —jadeé—. Cayó fuerte. Y ella… —señalé a Camila— ella tiene una jeringa ahí tirada.
El policía miró a Camila, luego a la jeringa. Lidia intentó interponerse, poniendo su mejor cara de dignidad ofendida.
—Oficial, no es necesario todo esto. La señora Harrington tuvo una crisis nerviosa, se tomó un calmante y se mareó. La muchacha está exagerando, es nueva y muy dramática.
—¿Dramática? —El paramédico levantó la voz—. Señora, este niño tiene una contusión severa y posible fractura. Nos lo llevamos a urgencias ahora mismo. Y reportamos esto como posible violencia doméstica y negligencia.
—¡No! —gritó Camila, tratando de levantarse—. ¡Nadie se lleva a mi hijo! ¡Esa gata lo tiró! ¡Ella lo lastimó!
El policía me miró. Yo me limpié la sangre del labio con el dorso de la mano.
—Yo no fui —dije, sosteniéndole la mirada—. Hágale un toxicológico a ella. Vea lo que hay en esa mesa.
Lidia me lanzó una mirada que prometía muerte.
Se llevaron a Noah. Se llevaron a Camila en otra camilla, atada porque intentaba morder a los enfermeros, gritando que iba a hacer que me deportaran, que iba a hacer que me mataran.
Me quedé sola en el pasillo, con Lidia respirándome en la nuca.
—Empaca tus chivas —dijo Lidia en voz baja. Ya no había furia, solo una sentencia fría—. Tienes diez minutos antes de que llegue el señor Ricardo. Y te juro por lo más sagrado, Maya, que si abres la boca, te vas a arrepentir. En este país, la cárcel es muy fría para las mentirosas pobres.
—No soy una mentirosa —repliqué, aunque sentía las piernas de gelatina.
—Eres nadie —dijo ella—. Y nadie le gana a los Harrington.
Bajé a mi cuarto de servicio, ese pequeño cubo sin ventanas en la parte trasera de la cocina. Mis manos temblaban tanto que no podía cerrar la maleta. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a pagar el hospital de mamá mañana? Pero no me arrepentía. La imagen de Noah sangrando me daba vueltas.
Apenas había metido mi uniforme en la bolsa cuando escuché el motor de un auto de lujo rugir en la entrada. Un frenazo. Portazos.
Ricardo Harrington había llegado.
Subí las escaleras, no porque quisiera verlo, sino porque la salida estaba por ahí. Me lo topé en el vestíbulo principal. Era un hombre imponente, siempre en trajes italianos a medida, con esa aura de poder que hace que la gente se haga pequeña a su alrededor. Pero ahora estaba pálido, despeinado.
—¿Dónde está mi hijo? —bramó, su voz rebotando en las paredes de doble altura.
—En el hospital San Esteban, señor —dije. Mi voz sonaba pequeña.
Él giró hacia mí. Sus ojos eran hielo azul.
—Lidia me llamó —dijo, avanzando hacia mí como un depredador—. Me dijo que tuviste un altercado con mi esposa. Que empujaste a Camila y que Noah se cayó en la confusión.
Sentí como si me hubieran dado una bofetada.
—¡Eso es mentira! —Grité, olvidando el protocolo—. ¡Su esposa estaba drogada, señor! ¡Había una jeringa! ¡El niño estaba en el suelo sangrando cuando yo entré! ¡Yo llamé a la ambulancia!
Ricardo se detuvo a un centímetro de mi cara. Podía oler su colonia cara y el miedo que emanaba de él.
—¿Estás acusando a mi esposa, la madre de mi hijo, de ser una drogadicta? —Su voz bajó a un susurro peligroso—. ¿Tú? ¿Una empleada que lleva aquí cuatro semanas?
—Le estoy diciendo la verdad. Vaya al cuarto. Vea la alfombra.
—Lidia ya limpió el desastre que tú causaste —cortó él—. Escúchame bien. No quiero volver a ver tu cara en mi propiedad. Si te acercas a mi familia, si dices una sola palabra a la prensa o a la policía sobre estas… calumnias, te juro que te destruyo. Tengo abogados que pueden hacer que pases el resto de tu vida en la cárcel por intento de secuestro.
—¿Secuestro? —Las lágrimas de impotencia me quemaban los ojos—. ¡Le salvé la vida!
—¡Lárgate! —gritó, señalando la puerta—. ¡Fuera!
Salí corriendo. La puerta pesada se cerró detrás de mí con un sonido definitivo.
Me encontré en la calle, bajo la lluvia que empezaba a caer, sin dinero para el taxi, con la cara golpeada y el corazón roto. Caminé hasta la parada del autobús, sintiendo cómo el agua mezclada con mis lágrimas me empapaba.
Me senté en la banca de metal frío, temblando. Se acabó, pensé. Perdí. Camila ganó. Lidia ganó. El dinero ganó.
Pero entonces, mientras revisaba mis bolsillos buscando monedas para el pasaje, mis dedos rozaron algo duro en el forro de mi suéter. Me detuve.
Mi mente viajó atrás, a dos días antes. Había estado limpiando el cuarto del niño. Había visto al técnico de seguridad instalando algo en el techo. “Una cámara nueva”, me dijo, guiñándome un ojo. “Conexión directa a la nube, pero también guarda respaldo local en esta tarjeta por si se va el internet”.
Me había mostrado la ranura.
Y esa noche… esa noche, cuando subí a buscar mis cosas… antes de que Lidia me corriera…
No. No lo tenía. Recordé que había subido corriendo a la habitación del bebé después de que se llevaron a Noah, buscando mi celular que se me había caído en el forcejeo. Había visto la cámara en el techo. Había visto la ranura abierta.
Lidia.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
